Capítulo 13
EL NOMbrE EN EL MARGEN
T eo abrió la puerta con la misma rapidez de esa misma madrugada, unas horas antes, como si no hubiera llegado a moverse de detrás de esa puerta en todo el día.
Fuera, en Meridian ya era de día, con esa luz plana de mediodía que no perdona nada, ni las ojeras ni las decisiones tomadas a las cuatro de la madrugada que a esta hora ya empezaban a parecer menos sensatas.
—¿Has dormido? —le pregunté, aunque la respuesta estaba escrita en las ojeras que se le habían puesto del color exacto de las mías.
—Lo mismo que tú, imagino.
Le puse la tarjeta en la mano sin decir nada. Le dejé que la leyera él solo, que llegara a las mismas siglas plateadas a las que había llegado yo, para no tener que ser la que dijera en voz alta lo que significaban.
—¿De dónde has sacado esto?
Me lo preguntó sin rodeos, sin darse tiempo a preparar la pregunta, como si necesitara oír la respuesta antes de que yo tuviera ocasión de pulirla.
—De una caja de latón que llevaba ocho años cerrada. Era de mi madre.
Algo le cambió en la cara, un movimiento pequeño que intentó disimular y no consiguió del todo.
Llevaba varias semanas aprendiendo a leer esa clase de movimientos en la gente que me rodeaba, así que lo reconocí enseguida: era la cara de alguien que acaba de entender que el trabajo de esa tarde iba a ser mucho más personal de lo que había imaginado al abrir la puerta.
Teo se dejó caer en la silla con la tarjeta todavía sujeta entre dos dedos, como si pesara más de lo que pesaba.
—Investigación Neural, Nivel dos —leyó, en voz alta, aunque los dos ya sabíamos lo que decía—. Esto no es un departamento de cara al público, Mara. Esto es de los pisos de abajo. De los que yo conocía.
—¿La conociste a ella?
—No. O no lo creo. Pero conozco el formato del código de empleado.
Si me dejas la tarjeta un par de horas, puedo cruzarlo con algo que todavía tengo: una copia vieja, incompleta, de los registros del programa especial.
La saqué el día que me fui del programa especial, por si algún día necesitaba defenderme de algo.
Nunca pensé que la iba a necesitar para esto.
Se la dejé. No tenía muchas más opciones: entre elegir un archivo sellado por Synapsis y la memoria robada de un exempleado, la memoria robada era, con diferencia, la opción más interesante de las dos.
Las dos horas que tardó en llamarme fueron de las más largas que recuerdo.
Volví a casa, hice como que ordenaba cosas que ya estaban ordenadas, contesté dos mensajes de Dante sobre Bruno sin leerlos del todo, y revisé el teléfono cada pocos minutos con la misma ansiedad concreta con la que había revisado, semanas atrás, si el óvalo del antebrazo seguía teniendo el mismo tamaño.
•
Volvió a llamarme dos horas después, tal como había dicho, y la voz con la que habló no se parecía a ninguna de las voces que le había oído hasta entonces.
—Tienes que venir.
Cuando llegué, tenía dos pantallas encendidas y una expresión que reconocí porque yo misma la había tenido, semanas atrás, mirando una barra negra sobre una cláusula catorce.
—El código de tu madre aparece en un registro de bajas del programa, de hace ocho años. La fecha coincide, casi al día, con la que me dijiste que desapareció.
—¿Qué tipo de baja?
—Ahí está la parte rara. No dice despido.
No dice renuncia. Dice transferencia interna, sin departamento de destino especificado.
—Volvió la pantalla hacia mí, con el dedo ya señalando la línea exacta—.
Y hay un campo más, uno que casi nunca se rellena en estos registros, porque casi nunca hace falta: referido por.
Había también un tercer campo, más pequeño, casi escondido entre las columnas de fechas: motivo. Una sola palabra, en mayúsculas, sin explicación: COMPATIBILIDAD.
—¿Compatibilidad con qué?
—El archivo no lo dice. Pero es la misma palabra que aparece en tu propio historial, Mara. La usan para explicar por qué te seleccionaron a ti entre todas las candidatas disponibles.
Miré donde señalaba su dedo. Un código corto, cuatro letras y tres números, con un formato que ya había visto antes, aunque no en un archivo de hacía ocho años.
Lo había visto en la firma electrónica de cada contrato que había firmado en la Casa de Descanso Meridian Sur en los últimos dos años.
Lo había visto tantas veces que ya ni lo leía, de la misma forma que uno deja de leer su propio nombre en un cartel después de haber pasado mil veces por el mismo sitio.
—Ese es el código de Ren.
Lo dije en voz baja, casi esperando que decirlo bajo lo hiciera menos verdad.
Asintió con la cabeza, sin prisa, como si llevara ya un rato esperando a que yo lo dijera en voz alta para no tener que ser él quien lo hiciera.
—Hace ocho años, Ren Castillo todavía no era agente de anfitrionas de alto valor. Era auxiliar de contratación, nivel más bajo que el que tiene ahora. Y aun así, su código aparece como referencia directa en el traslado de tu madre a un departamento que no existe en ningún organigrama público.
El suelo de la cocina de Teo hizo ese mismo gesto que ya me era familiar, el de inclinarse un poco sin moverse en realidad, el gesto que hace el cuerpo cuando la cabeza recibe más de lo que puede procesar de golpe.
—Eso no puede ser casualidad —dije—. Que la misma mujer que trasladó a mi madre a un sitio del que nunca volvió sea la misma que lleva dos años gestionando mis contratos.
—No creo que lo sea.
—¿Puede ser un error del sistema? ¿Un código reciclado, alguien que usó las mismas siglas unos años antes?
Teo ya estaba negando con la cabeza antes de que yo terminara de formular la pregunta entera.
—Los códigos de referencia no se reciclan. Es lo único de todo este sistema podrido que sí funciona bien: nadie quiere que dos personas distintas puedan confundirse en un registro de responsabilidad. Ren Castillo firmó el traslado de tu madre. No hay otra lectura posible.
Quise que hubiera otra lectura posible. Quise, durante unos segundos ridículos, que Teo se hubiera equivocado, que el archivo estuviera corrupto, que existiera una versión de esta tarde en la que Ren siguiera siendo solo la mujer que me conseguía contratos y me decía Warren cuando quería vender algo y Mara cuando quería que le creyera.
No existía esa versión. Solo existía esta, la real, la que llevaba ocho años esperando a que alguien abriera una caja de latón en el momento equivocado para el silencio de todos y el momento correcto para la verdad.
Pensé en todas las veces que Ren me había llamado por mi nombre y no por el apellido, y en aquella primera mañana en la sala de contratos, con el pulgar sobre el lector de huellas, cuando me dijo que no necesitaba leer la cláusula catorce, solo saber que existía.
En ese momento pensé que era una agente cualquiera protegiendo a un cliente cualquiera.
Ahora entendía que quizás me estaba protegiendo a mí, a su manera torpe y tardía, de algo que ella ya sabía desde mucho antes de conocerme.
—Necesito hablar con ella.
—Necesitas tener cuidado con cómo lo haces —dijo Teo—.
Si Ren lleva ocho años sabiendo esto y no ha dicho nada, hay dos explicaciones.
O la obligaron a callarse. O decidió callarse ella sola.
Y hasta que sepas cuál de las dos es, no sabes si vas a hablar con una aliada o con alguien que lleva ocho años trabajando, sin que tú lo supieras, para la gente que se llevó a tu madre.
—¿Y si es de las dos cosas un poco? —pregunté—. ¿Y si la obligaron al principio y luego decidió quedarse callada porque ya era más fácil que empezar a contarlo?
Teo en este caso no tuvo una respuesta rápida para eso, lo cual, viniendo de él, era casi una respuesta en sí misma.
—Eso sería lo más humano —dijo, al final—. Y lo más humano, en Meridian, no siempre es lo más seguro.
No dije nada, porque no había nada que decir que no sonara ingenuo por un lado o paranoico por el otro, y llevaba semanas sin poder distinguir con certeza cuál de los dos estaba siendo en cada momento.
•
Pasé por casa antes de llamar a Ren. Dante estaba en la mesa de la cocina, con los deberes que ya casi nunca terminaba desplegados sin ningún orden, y la caja de latón otra vez abierta a su lado.
—¿Has encontrado algo? —preguntó, sin levantar la vista, con esa capacidad suya de hacer la pregunta más difícil con el tono más ligero.
—Sí.
—¿Es malo?
—Todavía no lo sé. Puede que haya una persona que nos pueda decir qué pasó de verdad.
Dante cerró la caja, despacio, y me miró con una seriedad que no le había visto usar nunca conmigo, solo con los médicos que le daban malas noticias con demasiada delicadeza.
—Prométeme que si es peligroso, no vas a ir sola.
No pude prometérselo, porque ya había decidido, sin decírselo, que iba a ir exactamente así: sola.
Le prometí, en cambio, que le llamaría en cuanto saliera, cada media hora si hacía falta, y él aceptó ese trato a medias con la misma resignación con la que aceptaba todos los tratos a medias que le ofrecía nuestra familia últimamente.
Antes de salir, guardé en el bolsillo el pequeño registrador que Teo me había devuelto ya vacío y cargado, el mismo que había llevado escondido en la cadera durante la tercera sesión. Si Ren iba a contarme por fin la verdad, no pensaba confiar solo en mi memoria para guardarla.
•
Llamé a Ren esa misma tarde, con una excusa preparada de antemano —dudas sobre el calendario de la próxima sesión— porque no quería que notara, por el tono, que ya sabía lo que sabía.
—¿Puedo verte? —pregunté, cuando ya llevábamos un minuto hablando de cosas sin importancia—. En persona. No en la agencia.
Hubo un silencio al otro lado, largo y raro, del tipo que Ren jamás se habría permitido con cualquier otra anfitriona de su cartera.
—¿Es por lo de las horas? —preguntó, y algo en su voz sonaba a quien lleva mucho tiempo esperando una pregunta y por fin la ve llegar por el lado equivocado.
—Es por mi madre.
El silencio, esta vez, duró tanto que llegué a mirar la pantalla del teléfono para comprobar que seguíamos conectadas.
—Elena —dijo, al final, no como pregunta sino como quien por fin suelta un nombre que llevaba años sujetando con las dos manos—. Llevas su apellido desde el primer día que entraste por esa puerta, Mara. Siempre supe que este día iba a llegar. Solo no sabía si lo iba a ver venir a tiempo.
—Mañana —dijo, por fin, con una voz que ya no intentaba sonar a agente de nada—. Te mando la dirección. No es mi despacho.
Colgó antes de que pudiera preguntarle nada más, y me quedé con el teléfono en la mano, pensando que en dos años trabajando con ella nunca la había oído sonar tan parecida a mí misma la primera noche que firmé un contrato sin leer la cláusula catorce: como alguien que ya sabe que va a decir que sí a algo que llevaba tiempo temiendo.
Llamé a Dante para cumplir mi promesa. Le conté que la reunión iba a ser al día siguiente, que tenía tiempo de sobra para prepararme, que no se preocupara.
No le dije la parte que de verdad importaba: que en menos de veinticuatro horas iba a sentarme frente a la única persona viva que sabía, con certeza, qué le había pasado a nuestra madre.