Capítulo 12
LA VOZ SIN SALA
S alí de casa sin despertar a Dante, con la tarjeta de Elena que volví a coger y metí en el bolsillo del abrigo, porque en ese momento me pareció más peligroso dejarla en el cajón que llevarla encima.
Meridian a las dos y media de la madrugada no se parece a Meridian de día.
La Zona Baja se queda a oscuras de verdad, sin el brillo prestado que le llega de la Alta durante la tarde, y las pocas luces que quedan encendidas son las de los locales que no cierran nunca porque no cerrar nunca es el único negocio que les queda.
Teo me abrió la puerta antes de que llegara a llamar, lo cual significaba que llevaba un buen rato mirando por la mirilla, esperando. Tenía el pelo de cualquier manera y la pantalla del salón encendida detrás de él, llena de gráficos que no supe leer.
—¿Qué pasa? —pregunté, sin quitarme el abrigo.
—Estuve revisando los datos del barrido previo de tu última sesión. Los que registran el estado neuronal antes de empezar, para comparar. Es rutina, se supone que no debería encontrar nada.
—¿Y encontraste algo?
Giró la pantalla hacia mí. Una línea de actividad que subía y bajaba como cualquier otra, salvo por un tramo, hacia el final, donde el patrón se volvía extrañamente regular, casi rítmico, como si alguien deliberadamente hubiera dejado sonando la misma nota una y otra vez.
—¿Qué es? —pregunté, aunque una parte de mí ya sabía que no iba a gustarme la respuesta.
Teo se frotó los ojos antes de contestar, como si llevara horas exigiéndole a la misma pantalla que le dijera algo distinto de lo que ya le había dicho varias veces.
—Esto no es un eco normal —dijo—. Un eco se filtra. Esto se repite. Algo se grabó deliberadamente en tu patrón neuronal durante la última sesión, con una estructura pensada para activarse más tarde, fuera de la sala.
—¿Cómo es posible eso?
—Lo vi una vez, hace años, en el historial de otro paciente del programa especial.
Un hombre con Alzheimer avanzado, cuya familia pagaba sesiones para preservar recuerdos que ya se le estaban borrando.
Lo que la familia no sabía era que el técnico jefe estaba usando esas sesiones para experimentar con algo más ambicioso: grabar mensajes directamente en el patrón neuronal del anfitrión, programados para activarse después, sin que nadie del otro lado tuviera que estar presente para decirlos.
En su momento lo llamaron una aberración. Lo prohibieron.
—Pero funciona.
—Funciona. Y si Kade lo está usando contigo, significa que no le importa saltarse una prohibición que él mismo firmó hace quince años.
—¿Y cuándo se activa?
—No lo sé. Podría ser un disparador temporal.
Podría ser algo que se activa con un estímulo concreto, una palabra, una imagen.
—Se pasó la mano por la cara, cansado de un cansancio que no era solo físico—.
Es la primera vez que lo veo fuera de un archivo cerrado desde que prohibieron la técnica.
Nadie debería saber todavía cómo hacer esto.
—¿Y ahora qué hago?
—Nada. Esperar. Y avisarme en el segundo exacto en que notes algo raro, por pequeño que sea.
No tuve que esperar mucho.
Volví a casa cerca de las cuatro, con la ciudad todavía a oscuras y la Zona Baja en ese silencio raro que solo tiene antes de que empiecen los primeros turnos. Me tumbé vestida, sin fuerzas para nada más, y el sueño me cayó encima antes de que pudiera pensarlo.
Tuve un sueño. Bueno, no fue un sueño. Al menos no como los anteriores.
Estoy en el salón de techos altos otra vez, pero esta vez no miro por un cristal desde dentro de un cuerpo ajeno. Esta vez estoy sola, de pie en medio de la habitación, y sé, con la certeza extraña de los sueños, que soy yo del todo, con mi propia cara y mis propias manos.
—Me alegra que hayas venido —dice una voz detrás de mí.
Me giro. Augustin Kade es más pequeño de lo que había imaginado, con una bata de estar por casa que le queda como le quedaría a cualquier hombre que ha dejado de fingir que el cuerpo todavía le pertenece del todo.
Tiene los ojos hundidos y la piel con ese color amarillento de quien lleva demasiado tiempo tomando demasiadas medicinas.
—Esto no es real —digo, aunque no estoy segura de creérmelo.
—Es tan real como cualquier otra cosa que ha pasado entre nosotros. Solo que esta vez no hace falta ningún contrato para que ocurra.
Se sienta, despacio, con el cuidado de alguien a quien sentarse le cuesta un cálculo. Señala la silla de enfrente, y aunque no quiero, me siento, porque en los sueños el cuerpo obedece a una lógica que no es la mía.
—Sé que has estado investigándome —dice—. Sé lo del técnico. Sé lo de la grabadora, aunque le pido que no se lo eches en cara al chico: es bueno en lo que hace, y lo que hace es difícil de ocultar del todo cuando alguien busca con suficiente empeño.
El estómago se me revuelve dentro del sueño, y sé, con una certeza extraña, que voy a sentirlo también al despertar.
—¿Qué quiere de mí?
—Lo que ya sabes que quiero. Pero quiero que entiendas por qué, porque creo que te lo mereces, y porque nadie más te lo va a explicar con honestidad.
Habla despacio, como en la grabación, con esa calma de quien ha dejado de tener prisa por convencer a nadie porque ya se ha convencido a sí mismo hace mucho tiempo.
—Llevo once años muriéndome, señorita Warren. Once años viendo cómo mi propio cuerpo decide, célula a célula, dejar de ser habitable. Construí Synapsis para curar a otros. Al final resultó que el que de verdad la necesitaba era yo.
—Eso no le da derecho a quedarse con mi cuerpo.
—¿Sabe algo, señorita Warren? Iris me dijo exactamente la misma frase, la primera vez que hablamos así.
—Al decir el nombre no hay burla en su voz, ni siquiera crueldad.
Hay algo peor: hay ternura, la ternura fría de quien recuerda con cariño una herramienta que le sirvió bien—.
Ella también pensó que esto era un robo.
Yo prefiero pensar en ello como una sucesión.
Todo lo que construyo se hereda a alguien tarde o temprano.
Solo estoy eligiendo con más cuidado que la mayoría.
—Iris está sedada en una cama, incapaz de reconocer su propio nombre. Eso no es una sucesión. Es un cadáver que todavía respira.
Algo cruza su cara, por fin, que no es calma. Dura menos de un segundo, pero lo veo: es culpa, mal disimulada, la misma culpa que llevaba once años sin dejarle dormir del todo.
—Iris fue un error de cálculo —dice, y la voz se le quiebra un poco, algo que no le había oído hacer hasta ahora—. Forcé el proceso demasiado rápido porque el tiempo se me acababa. No voy a cometer el mismo error contigo.
—¿Eso se supone que debería tranquilizarme?
—Se supone que debería decirle que voy a tener cuidado.
Es lo único que le puedo ofrecer que no sea mentira.
No me estoy quedando con nada que no vaya a devolver, a mi manera.
Todo lo que sé, todo lo que he construido en más de treinta años, todo eso puede seguir existiendo.
Solo necesita un sitio donde seguir existiendo.
Tú tienes ese sitio, y tienes, además, algo que no había visto en ninguna otra candidata: una compatibilidad que no se explica solo por química neuronal.
—¿Qué se supone que significa eso?
Sonríe, y por primera vez en toda la conversación hay algo en esa sonrisa que no es cansancio.
—Significa que no eres la primera Warren dispuesta a sentarse conmigo. Tu madre lo entendió, al final, mejor de lo que tú lo entiendes ahora.
El sueño se rompe ahí, de golpe, como una cuerda que llevaba tensándose toda la conversación y por fin cede.
Me despierto sentada en la cama, sin recordar haberme incorporado, con el corazón latiéndome en la garganta y el nombre de mi madre resonando en el cuarto como si alguien lo hubiera dicho de verdad, en voz alta, hacía menos de un segundo.
Tenía la boca seca. Otra vez esa sequedad concreta que ya empezaba a reconocer como huella suya, como si su sola presencia, aunque fuera dentro de un sueño, dejara siempre el mismo tipo de marca en el cuerpo que la recibía.
Me miré las manos y los brazos, esperando encontrar algo —otro óvalo, otra espiral— pero esta vez la piel estaba limpia.
Lo que se había quedado grabado, esta vez, no estaba en la piel.
Estaba en otro sitio, más difícil de revisar con una linterna.
Llamé a Teo antes de que amaneciera del todo. Contestó al primer tono, como si tampoco él hubiera llegado a dormirse.
—Ha pasado —dije, sin saludar—. El eco. Se activó.
—¿Qué viste?
Se lo conté todo, palabra por palabra, hasta donde mi memoria del sueño me lo permitió, que resultó ser una memoria mucho más completa y mucho más nítida que la de cualquier sueño normal que hubiera tenido en mi vida.
Cuando llegué a la parte de mi madre, Teo se quedó tan callado que por un momento pensé que se había cortado la llamada.
—¿Teo?
—Estoy aquí. —Su voz sonaba distinta, más pequeña—. Mara, si Kade conocía a tu madre, si de verdad hay una Warren antes que tú en todo esto, necesitamos averiguar qué fue de ella antes de que decidas volver a esa sala una sola vez más.
—¿Y si no queda tiempo para averiguarlo con calma?
—Entonces lo averiguamos sin calma. Pero lo averiguamos.
No le dije que ya lo estaba intentando, que llevaba una tarjeta con las siglas de Synapsis quemándome el bolsillo del abrigo desde la noche anterior.
Se lo iba a decir. Pero antes necesitaba un segundo, solo uno, para dejar de sentir que el suelo de mi propia vida se había convertido en algo tan poco fiable como cualquiera de mis sueños.
—Hay algo que tengo que enseñarte —dije, por fin—. Pero no por teléfono.
Colgué antes de que pudiera insistir en que se lo explicara ahí mismo. Necesitaba ver su cara cuando le enseñara la tarjeta, no solo oír su reacción por un altavoz.
Dante ya estaba despierto cuando salí de mi cuarto, sentado en la cocina con el teléfono en la mano y una expresión que no me gustó nada.
—Bruno ha empeorado —dijo, sin que se lo preguntara—. Su madre dice que los médicos hablan de parar el tratamiento nuevo y volver al antiguo, aunque el antiguo ya no le funcionaba tan bien.
Me senté frente a él. Tenía los ojos hinchados, de los que no se hinchan por sueño sino por todo lo contrario.
—¿Has dormido algo?
—No mucho. Estuve pensando en lo que pregunté yo ayer con la caja. Si mamá tenía miedo antes de que yo naciera. —Se quedó mirando la mesa, no a mí—. Creo que yo también tengo miedo, Mara. Todos los días un poco más.
No supe qué decirle que no sonara a la misma mentira piadosa de siempre, así que esta vez no le dije nada piadoso.
—Yo también tengo miedo —admití—. Casi todos los días.
Fue la primera vez que se lo decía así, sin envolverlo en una broma sobre pasteles de la Zona Alta ni en una promesa de que todo iba a salir bien. Dante me miró como si esa frase, esa simple frase honesta, pesara más que meses enteros de todo lo que le había dicho antes.
—¿Miedo de qué exactamente?
Pensé en la respuesta fácil —de que te pase algo, de perderte— y decidí, por una vez, darle la respuesta completa.
—De que la próxima vez que cierre los ojos en esa sala, no sea yo quien los vuelva a abrir.
Dante no dijo nada. Alargó la mano por encima de la mesa y me agarró los dedos con la fuerza justa, ni mucho ni poco, la fuerza exacta que se usa quien también tiene miedo y aun así decide sostener a alguien.
Me despedí de Dante, con una conversación más profunda pendiente, y me dirigí a casa de Teo.