Capítulo 11
LA CAJA DE LATÓN
D ante había sacado la caja del altillo sin pedirme ayuda, lo cual ya debería haberme avisado de que llevaba días planeándolo. Cuando llegué la encontré abierta sobre la mesa de la cocina, con el polvo de ocho años todavía flotando en el aire bajo la luz de la lámpara.
—No deberías haber subido a la silla tú solo —le dije, en lugar de preguntarle por qué había bajado la caja.
—No deberías tratarme como si fuera de cristal.
Tenía razón, y los dos lo sabíamos, y ninguno de los dos iba a decirlo en voz alta esa noche.
Nos quedamos mirando la caja los dos, como si fuera ella la que tuviera que decidir quién ganaba esa discusión.
Era una caja de latón, de un modelo que ya no se veía en ninguna tienda, con las esquinas abolladas de tantas mudanzas.
La habíamos guardado sin abrir después de que mi madre desapareciera, en ese acuerdo tácito que se hace entre hermanos cuando ninguno de los dos se siente con derecho a decidir por el otro qué hacer con lo que queda de alguien.
—Tenía que hacer un trabajo para el Instituto —dijo Dante, sin mirarme, pasando el dedo por el borde de una fotografía—. Sobre la memoria. Sobre qué guardamos y por qué. Y pensé que ya iba siendo hora.
No le pregunté qué tenía que ver un trabajo sobre la memoria con la enfermedad que le estaba robando la suya poco a poco. No hacía falta. Los dos sabíamos exactamente qué tenía que ver.
Me senté a su lado. Dentro había lo que suele haber en las cajas de latón de las madres que se van sin avisar: fotos sin ordenar, una pulsera de bisutería barata, un cuaderno con la mitad de las páginas en blanco, un pañuelo que todavía olía, o que yo quería creer que todavía olía, a un perfume que ya no se fabricaba.
—¿Cómo era? —preguntó Dante, con una fotografía en la mano donde Elena tendría más o menos mi edad ahora—. Tú la recuerdas. Yo casi no.
Dante tenía seis años menos que yo, y las cosas se le habían borrado con la facilidad con la que se borran los recuerdos de alguien que se va antes de que termines de conocerlo del todo.
—Tenía tu mismo silbido —dije—. El que crees que es tuyo. Se lo copiaste a ella, no a papá. A él ni lo conociste como para copiarle nada.
Dante se quedó quieto, sorprendido, como si le hubiera devuelto algo que no sabía que le faltaba.
—Nunca me habías dicho eso.
—Nunca me lo habías preguntado.
—¿Y papá? —preguntó, con la cautela de quien toca un tema que sabe cerrado desde hace años—. Nunca hablas de él. Ni siquiera sé cómo murió de verdad. Solo sé que murió.
—Accidente laboral. En una planta de reciclaje de componentes, antes de que tú nacieras. Eso es lo único que sé yo también. Mamá no hablaba de ello, y cuando yo tenía edad de preguntar, ya no había nadie a quien preguntarle.
—¿Tienes fotos suyas?
Rebusqué en la caja, pero no encontré ninguna donde se le viera la cara entera.
En dos, alguien había recortado con tijeras la parte donde debería estar él, con un cuidado que no parecía accidental.
No se lo dije a Dante. Algunas preguntas, decidí esa noche, debían quedarse sin responder un poco más de tiempo.
Seguimos mirando fotos. Elena joven, antes de nosotros, en un parque que ya no existía. Elena con un bebé que debía de ser yo, con la cara de agotamiento feliz de alguien que todavía no sabe lo que le espera.
Había una tercera foto que Dante se quedó mirando más tiempo del necesario: Elena de espaldas, junto a una ventana, con la mano apoyada en un vientre que solo podía ser el suyo antes de que él naciera.
No se veía la cara. Solo la postura, cansada y quieta, de alguien que esperaba algo sin saber todavía si iba a llegar bien.
—¿Tú crees que ella también tenía miedo? —preguntó Dante, sin apartar los ojos de la foto—. Antes de que yo naciera, quiero decir. De si iba a salir bien o no.
No sabía si me estaba preguntando por Elena o por sí mismo, por el miedo concreto y actual que le tocaba a él ahora, así que le contesté las dos preguntas a la vez.
—Seguro que sí. Y seguro que salió bien igual, aunque tuviera miedo.
El teléfono de Dante vibró sobre la mesa antes de que pudiera decir nada más. Lo cogió, leyó la pantalla, y se le cambió la cara.
—¿Qué pasa?
—Es la madre de Bruno. Dice que lo han subido a planta de cuidados intensivos esta tarde. Que la dosis nueva le ha dado una reacción rara.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, con el gesto de alguien que necesita no seguir mirando la pantalla para poder seguir respirando con normalidad.
—¿Reacción rara cómo?
—No lo dice. Solo dice que está estable ahora.
—Se quedó callado un momento, jugueteando con el borde de la foto que todavía tenía en la mano—.
Bruno tiene la misma enfermedad que yo, Mara.
Exactamente la misma. Si a él la medicación le hace esto, ¿qué me va a hacer a mí cuando me toque subir de dosis?
No tenía una respuesta que no sonara a mentira piadosa, así que no le di ninguna. Le puse la mano en la nuca, como cuando era pequeño y las pesadillas todavía se curaban con ese gesto, y nos quedamos así un rato, los dos mirando la misma fotografía de Elena embarazada y asustada.
Cuando por fin soltó el aire que llevaba rato conteniendo, volvió a la caja casi con alivio, como si terminar de vaciarla fuera la única forma que tenía esa noche de dejar de pensar en Bruno.
Hacia el fondo, debajo del cuaderno, algo que no encajaba con el resto: una tarjeta plastificada, del tamaño de una tarjeta de crédito, con una foto pequeña de Elena mucho más seria que en cualquiera de las otras fotos, y un logotipo en la esquina que reconocí antes de leer las letras.
Las siglas SC, plateadas, diminutas. Las mismas que llevaba la supervisora de cumplimiento en la bata, la noche de la primera sesión extendida.
Se me secó la boca de golpe, con la misma sequedad exacta de después de una sesión larga, aunque llevaba días sin pisar la Casa de Descanso. El cuerpo, al parecer, tenía su propia forma de reconocer el peligro, y no distinguía entre uno nuevo y uno viejo si los dos llevaban el mismo logotipo.
—¿Qué es eso? —preguntó Dante.
Le di la vuelta a la tarjeta. Detrás había un código de empleado, una fecha de caducidad borrosa, y un campo que decía DEPARTAMENTO, con una palabra mecanografiada encima que no significaba nada para mí y que, aun así, se me quedó grabada como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza todavía no había alcanzado: INVESTIGACIÓN NEURAL — NIVEL 2.
—Mamá trabajaba en una lavandería industrial —dije, más para mí misma que para Dante—. Eso es lo que siempre nos dijeron. Eso es lo que yo recordaba.
—¿Y esto qué es entonces?
La pregunta se me quedó atravesada en la garganta. Le di vueltas a la tarjeta entre los dedos, buscando algo más, una fecha que cuadrara, algo que desmintiera lo que ya estaba empezando a formarse, denso y helado, en algún sitio detrás del esternón.
Ocho años. Elena desapareció hace ocho años.
Yo llevaba cuarenta y cuatro sesiones trabajando para la empresa que fabricaba la tecnología que ahora mismo se estaba comiendo mi cuerpo por dentro, sin saber que mi madre había llevado, alguna vez, una tarjeta plastificada con las mismas siglas colgada del cuello.
—A lo mejor es un error —dijo Dante, aunque no sonaba muy convencido ni él mismo—. A lo mejor trabajó allí de limpiadora o algo así antes de la lavandería.
—Las de limpieza no llevan tarjetas que dicen investigación neural, Dante.
Se hizo un silencio raro entre los dos, cada uno mirando la tarjeta por su lado, como si mirarla juntos pudiera hacer que dijera algo distinto.
—¿Se lo vas a contar a alguien? —preguntó, al fin—. A ese Teo del que hablas por teléfono cuando crees que estoy dormido.
Así que sí me había oído. Claro que me había oído; llevaba semanas fingiendo dormir mejor de lo que dormía, con la misma facilidad con la que yo llevaba semanas fingiendo que todo iba bien.
—Sí —dije—. Se lo voy a contar.
—¿Y a mí? ¿Me vas a contar a mí lo que de verdad está pasando, o solo lo que crees que puedo soportar oír?
La pregunta se quedó en el aire de la cocina más tiempo del que ninguno de los dos imaginaba. Guardé la tarjeta en el bolsillo, no en la caja, porque de repente me pareció que dejarla ahí dentro era casi tan peligroso como llevarla encima.
—Te voy a contar lo que pueda —dije, que era la única promesa honesta que tenía para ofrecerle esa noche.
—Eso es lo que dicen todos los médicos de Priem antes de darme una noticia mala envuelta en una buena. Ya sé reconocer la frase, Mara.
No supe qué decir a eso, porque tenía razón, y porque no había una versión de esa promesa que no sonara exactamente igual de hueca dicha por mí.
Dante no pareció satisfecho. Pero asintió, guardó la fotografía de Elena joven en el bolsillo de su pijama, como si fuera él quien necesitara quedarse con algo pequeño y manejable de todo aquello, y cerró la caja de latón sin decir nada más.
Esa noche, ya en mi cuarto, saqué la tablet vieja de Dante y escribí en el buscador el código de empleado de la tarjeta, letra por letra, con la misma sensación que había tenido semanas atrás con el nombre de Kade.
No salió nada. Ni un resultado, ni un error del sistema, ni siquiera la página en blanco genérica que sale cuando algo simplemente no existe. Salió un mensaje breve, administrativo: registro no disponible por reestructuración de archivo histórico.
Probé con el nombre completo de mi madre.
Lo mismo. Probé con investigación neural nivel dos, sin comillas, con comillas, de todas las formas que se me ocurrieron antes de que fueran las dos de la madrugada.
Cada búsqueda volvía con la misma frase amable y cerrada, como una puerta que alguien hubiera pintado para que pareciera parte de la pared.
Apagué la tablet. No porque hubiera terminado de buscar lo que quería, sino porque entendí que ese tipo de silencio administrativo no se rompe a las dos de la madrugada con una búsqueda desde una tablet vieja. Se rompe con algo más, algo que todavía no tenía.
Cogí la tarjeta y la puse bajo la luz del techo, girándola una y otra vez, buscando en la foto de mi madre algo que no había sabido ver antes: el mismo gesto tenso en la mandíbula que Teo me había enseñado a reconocer como ajeno.
Parecido de familia, o alguna otra clase de herencia, más antigua y más fría de lo que nunca había imaginado que pudiera dejarme mi madre. No supe distinguir cuál de las dos cosas estaba mirando.
El teléfono vibró una vez, breve, sobre la mesilla. Un mensaje de Teo, tres palabras, sin previo aviso ni explicación:
¿Estás despierta? Necesito verte.
Miré la hora. Las dos y catorce de la madrugada. Teo nunca escribía tan tarde, y menos sin decir antes de qué se trataba.
Guardé la tarjeta de Elena en el mismo cajón donde guardaba la nota que me había dejado Teo la primera noche, como si las dos cosas necesitaran, por alguna razón que todavía no sabía nombrar, compartir el mismo escondite.
Antes de apagar la luz para irme, volví a pensar en la foto que Dante se había quedado en el bolsillo del pijama sin que yo se lo impidiera: Elena de espaldas, junto a la ventana, con la mano en el vientre.
Pensé que quizás esa era la última versión de nuestra madre que ninguna corporación, ningún archivo sellado, había conseguido todavía quitarnos del todo.