Huéspedes Capítulo 10
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Capítulo 10

LA GRIETA

L a dirección resultó ser un taller de reparación de electrodomésticos que llevaba un cartel de cerrado desde antes de que yo naciera, en una calle de la Zona Baja tan al fondo que el autobús dejaba de pasar dos manzanas antes.

Llamé a la puerta trasera. Me abrió una mujer de mi edad, quizá un poco mayor, con el pelo rapado casi al cero y unos ojos que me repasaron entera antes de decidir si podía dejarme pasar.

Antes de cerrar la puerta detrás de mí, echó un vistazo rápido a la calle en las dos direcciones, un gesto tan automático que dudé que ella misma lo notara: contar salidas antes de contar personas.

Sería la primera de muchas veces que la vería hacerlo, siempre en el mismo orden, siempre antes de decir nada importante.

—Lena —dijo, sin tenderme la mano—. Viniste sola. Bien.

Dentro no había electrodomésticos. Había pantallas, cables, tres personas más que ni me miraron, y un mapa de Meridian en una pared entera con marcas rojas concentradas alrededor de la Casa de Descanso Meridian Sur.

Uno de los tres, un chico algo más mayor que Dante, con una quemadura vieja subiéndole por el cuello desde algún accidente que nadie me explicó, levantó la vista el tiempo justo para calcular si yo era una amenaza.

Debió de decidir que no, porque volvió a la pantalla sin decir nada.

En la pared, junto al mapa, había fotografías pequeñas, pegadas con celo, de gente que no reconocí.

Conté once. Me pregunté cuántas de esas once seguían con vida en algún sitio, y cuántas eran ya solo una fotografía pegada con celo.

—¿Cómo sabéis lo mío? —pregunté.

—Llevamos dos años vigilando el patrón de sesiones extendidas de Synapsis.

Un cliente confidencial, pagos que triplican la tarifa normal, la misma agente gestionando todo el contrato.

Tú eres la tercera anfitriona con ese patrón exacto que identificamos.

Solo que a ti todavía no te han hecho desaparecer.

Lo dijo sin dramatismo, como quien lee una lista de la compra, y eso fue peor que si lo hubiera dicho gritando.

Lena me llevó hasta el mapa de la pared y señaló, una a una, las marcas rojas.

No eran solo alrededor de la Casa de Descanso Meridian Sur, como me había parecido al entrar: había otras, más pequeñas, repartidas por dos hospitales de la Zona Media y un edificio de oficinas cerca del puerto que yo no sabía que existía.

—Ahí es donde hemos rastreado transferencias de fondos que no aparecen en ningún informe público de Synapsis —dijo—.

Cantidades que solo tienen sentido si están pagando algo por fuera del sistema normal de contratos.

Llevamos meses intentando conseguir un nombre que ponerle a esas cantidades.

Tenemos gente dentro de la agencia que nos avisó en cuanto vio tu patrón de horas crecientes.

El nombre del cliente todavía nos faltaba a nosotros. A ti, según parece, ya no.

No supe si sentirme orgullosa o utilizada. Las dos cosas, probablemente, cabían en la misma frase.

— Se llama Augustin Kade —dije, sin miramientos — pero ¿qué queréis de mí exactamente?

—La verdad. —Lena se cruzó de brazos. Hablaba así siempre, lo descubrí con el tiempo: en órdenes disfrazadas de frases, sin margen para la réplica—.

Tienes acceso a algo que llevamos dos años sin conseguir: pruebas desde dentro.

Con lo que ya tengas, más lo que consigas la próxima vez que entres, podemos sacar todo esto a la luz. Nombre de Kade incluido.

Pensé en el grabador, en la voz de Kade hablando de ritmos de fusión como quien habla de cosechas. Pensé en enseñárselo ahí mismo y no supe por qué no lo hice.

—¿Y luego qué? —pregunté—. ¿Publicáis un archivo y Synapsis desaparece? Financian dos de los tres hospitales de esta ciudad, Lena. Financian el tratamiento de mi hermano.

—Y seguirá financiándolo mientras a ti y a otras como tú os sigan vaciando en salas sin ventanas.

—No me estás escuchando. Si esto sale ahora, sin control, lo primero que hace Synapsis es cortar cualquier tratamiento vinculado a mi nombre por represalia administrativa. No tienen ni que decir por qué. Solo tienen que decir reestructuración de recursos.

—Y yo te estoy diciendo que ese cálculo lo llevo haciendo dos años, y que cada vez que alguien lo hace, gana Synapsis. Siempre hay un hermano, una madre, una deuda que hace que ir despacio parezca lo responsable. Es el cálculo perfecto para que nada cambie nunca.

—No es un cálculo. Es mi vida.

—También lo era la de mi hermana.

Nos quedamos calladas un momento, las dos con razón, las dos sin ella del todo, que es como suelen quedar las discusiones que de verdad importan.

Lena no bajó la mirada.

—Y mientras tanto, ¿cuántas Iris más va a haber?

Eso me detuvo un segundo entero.

—¿Sabéis lo de Iris?

—Sabemos más de lo que crees. Sabemos que Synapsis le paga religiosamente a su familia una compensación mensual disfrazada de seguro médico privado, para que nunca les entren ganas de indagar más de la cuenta.

—La voz de Lena tembló, solo un instante, solo lo suficiente para que yo entendiera que aquello no era solo estrategia para ella—.

Mi hermana trabajó dos años como anfitriona antes de que yo supiera lo que era esto de verdad.

Dejó de contestar al teléfono hace catorce meses.

—¿La buscaste?

—Durante seis meses, cada día. La agencia me dijo que había roto contrato y se había mudado a otra ciudad.

La policía me dijo que una adulta tiene derecho a desaparecer si quiere.

—Lena hablaba ahora sin mirarme, con la vista fija en el mapa de la pared, en las marcas rojas alrededor de la Casa de Descanso—.

Monté La Grieta con el dinero que había ahorrado para su boda.

Le gustaba organizarlo todo con demasiada antelación.

Nunca llegó a necesitar ese dinero para lo que lo había ahorrado.

No dije nada. Había cosas que no se rellenan con palabras de consuelo sin faltarle el respeto a quien las cuenta.

—Por eso no voy a esperar a que tú decidas ir despacio —siguió Lena—. He esperado dos años. No tengo más tiempo.

—¿Y qué es exactamente lo que me estás pidiendo?

—Que la próxima vez que entres, consigas algo que podamos usar de verdad: una fecha, un lugar físico fuera de la Casa de Descanso, cualquier cosa que conecte a Kade con el programa de forma que ni su dinero pueda enterrar. Y que cuando lo tengamos, no dudes.

—¿Y si dudo?

Lena se acercó un paso, no amenazante, solo cerca, como quien quiere que la próxima frase no se pierda en la distancia de la sala.

—Entonces esto sale de todas formas, con o sin ti, en cuanto tengamos suficiente por nuestra cuenta. Y tú, en ese archivo, aparecerás como la anfitriona que lo sabía todo y prefirió proteger un contrato antes que a las posibles personas afectadas que vengan después.

No era una amenaza a mi cuerpo. Era algo peor: era una amenaza a la única versión de mí misma que todavía podía elegir cómo contar.

—Dame dos semanas —dije.

—Tienes diez días.

El chico de la quemadura en el cuello me acompañó hasta la puerta trasera, en silencio, hasta que puso la mano en el cerrojo y me miró por primera vez de frente.

—Lena no siempre tiene razón —dijo, muy bajo, para que no lo oyera nadie más—. Pero tampoco se equivoca en lo importante. Ten cuidado ahí dentro.

No supe si aquello era una advertencia sobre Kade o sobre la propia Lena, y no tuve tiempo de preguntarlo antes de que la puerta se cerrara detrás de mí.

Salí de aquel taller sin saber muy bien si había hecho una alianza o había firmado, otra vez, un contrato cuya letra pequeña tampoco me había parado a leer del todo.