Capítulo 9
LA ESPIRAL
T eo se quedó mirando el anillo tanto tiempo que empecé a preguntarme si había dejado de respirar.
—¿Lo reconoces? —le pregunté.
—El grabado, sí. —Le dio la vuelta entre los dedos, despacio—. Lo vi una vez, hace años, tatuado en la muñeca de alguien que salía de una sesión que oficialmente nunca ocurrió.
—¿Tatuado?
—En la piel de la anfitriona. No en la del cliente.
El suelo de la cocina de Teo se volvió, de golpe, un poco menos sólido bajo mis pies.
—¿Era Iris?
Teo no dijo nada. Asintió una sola vez.
—Es una marca de continuidad —dijo por fin—. Dentro del programa la llamábamos así, cuando la llamábamos de algún modo. Se usa para identificar a una anfitriona ya preparada para una extracción futura. No es decorativa, Mara. Es un inventario.
Me toqué, sin darme cuenta, el óvalo del antebrazo, el que llevaba semanas ahí, sin dolor, sin explicación.
—El mío no tiene ese dibujo.
—Déjame ver.
Se lo enseñé. Lo miró con la misma atención con la que había mirado el anillo. Después me apartó el pelo de detrás de la oreja izquierda, el lado exacto donde llevaba semanas sintiendo el parche antes de cada sesión.
—Mara.
Algo en su voz me hizo ir directa al espejo del baño.
Ahí estaba. Pequeña, casi escondida bajo el pelo, con un halo rosado todavía fresco alrededor: una espiral cerrada sobre sí misma, idéntica al sello del anillo, grabada en la piel justo detrás de mi oreja izquierda.
No recordaba que nadie me la hubiera hecho. No dolía. Era nueva y era vieja a la vez, igual que el óvalo del brazo.
Me quedé mirándola en el espejo del baño de Teo, con él detrás de mí, sin tocarme, dándome el espacio exacto que alguien da cuando entiende que lo que está viendo no le pertenece a él.
Pensé, sin poder evitarlo, en Iris enseñándole el moratón a Yoli y riéndose de su propio miedo.
Pensé que quizás ella también se había quedado así, mirando un espejo, decidiendo si asustarse o no.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —pregunté, sin apartar los ojos del espejo.
—No lo sé. Pero si es lo que creo que es, no la puso un técnico distraído. La puso alguien que sabía exactamente lo que estaba marcando.
—Quiero verla —dije—. A Iris. Quiero ver el centro donde está.
Teo negó con la cabeza antes de que terminara la frase.
—No.
—Teo.
—Ese centro tiene su propio personal de seguridad, propio de Synapsis, no de la agencia. Si te registran entrando a visitar a una anfitriona sedada con un historial como el suyo, el sistema va a preguntarse el motivo, y la respuesta a esa pregunta nos delata a los dos.
—Entonces ve tú.
—Ya lo intenté, hace meses. Me dejaron verla cinco minutos, con una enfermera de pie a mi lado todo el tiempo.
—Se le puso la voz rara, la misma voz rara de cuando había dicho su nombre por primera vez—.
No hay nada que ver, Mara. Está ahí, respira, la alimentan por sonda algunos días y otros come sola si se lo ponen delante.
No reconoce a nadie. No sé si reconoce ni su propio nombre.
Dejé de insistir, no porque hubiera dejado de querer verla, sino porque entendí que Teo llevaba ese peso solo desde hacía demasiado tiempo, y pedirle que lo compartiera conmigo así, de golpe, era pedirle algo que todavía no me correspondía pedir.
Volvimos a la mesa de la cocina y pusimos, por fin, el grabador.
Doce horas de sonido ambiente son, en su mayoría, silencio. Pasos. Una puerta. El roce de una tela cara contra otra tela cara. Saltamos casi todo hasta un tramo, hacia la mitad de la grabación, donde una voz distinta a las que ya conocíamos —una mujer, seca, profesional— hablaba de números.
—Los marcadores biométricos siguen dentro de la curva esperada —decía—. Compatibilidad neuronal al noventa y dos por ciento. Nunca habíamos visto un noventa y dos.
—¿Qué porcentaje tenía Iris? —preguntaba la voz joven, la que llamaba señor Kade al hombre mayor.
—Setenta y ocho, en su mejor sesión —contestaba la mujer—. Esta anfitriona es distinta. Es casi como si el cuerpo ya estuviera esperando a alguien.
Teo pausó ahí un segundo, me miró, y volvió a darle al play sin decir nada, como si necesitara que yo también asimilara la conversación sin que él lo suavizara primero.
Tuvimos que saltar casi todo lo demás hasta encontrar, hacia el final, las dos voces que ya conocíamos, la mayor y la joven.
—El ritmo de fusión es mejor que con la anterior —decía la voz mayor, la de Kade, con la misma calma cansada de siempre—. A este paso, la extracción completa podría estar lista en dos sesiones más. Tres como máximo.
—¿Y si el cuerpo empieza a rechazar antes? —preguntaba la voz joven.
—No lo hará. Con Iris tardamos ocho sesiones en llegar a este punto. Con esta llevamos tres.
Teo detuvo la grabación, antes de que yo llegara a pedírselo.
—Dos sesiones más —repetí, en voz baja—. Tres como máximo.
—Eso es lo que dice él. No lo que va a pasar.
—Es exactamente lo que va a pasar si sigo firmando, Teo.
No supo qué contestar a eso, y por primera vez desde que nos conocíamos no intentó buscar una frase técnica para llenar el silencio.
Me quedé mirando el anillo sobre la mesa, junto al grabador ya apagado, pensando en Iris. Ocho sesiones, había dicho Kade. Ocho sesiones para llegar a un punto al que yo había llegado en tres. Nadie me había preguntado si quería ser mejor en esto que nadie.
—Tengo que ir a casa —dije—. Dante lleva toda la tarde solo y mañana tiene revisión en el Instituto Priem.
Teo asintió, pero antes de que llegara a la puerta me sujetó del brazo, con más cuidado del que hacía falta.
—Prométeme que si notas algo raro, cualquier cosa, me llamas antes de decidir nada tú sola.
Se lo prometí. Fue una promesa que duró menos de una hora.
Mi teléfono vibró en el autobús de vuelta, con la ciudad pasando gris y mojada al otro lado de la ventanilla. Un número que no tenía guardado. Sin remitente. Una sola línea:
Sabemos lo que te está pasando. No estás sola. Ven sola, sin Castillo, a la dirección adjunta, esta noche.
Leí el mensaje tres veces, buscando algo que me dijera quién lo había mandado.
No había firma, ni logo, ni ningún error de los que suelen delatar un timo barato.
Quien fuera que lo había escrito sabía exactamente cuánto tenía que decir para asustarme y exactamente cuánto tenía que callarse para no parecer una amenaza.
Miré alrededor del autobús, algo que no había hecho en años, contando caras, preguntándome cuántas de ellas llevaban tanto tiempo mirándome como yo llevaba sin darme cuenta.
Miré la promesa que le acababa de hacer a Teo, todavía caliente, y miré la dirección adjunta, en una calle de la Zona Baja que ni siquiera sabía que existía.
Y guardé el mensaje sin contestar a nadie.