Huéspedes Capítulo 8
19%

Capítulo 8

LO QUE TRAJE DE VUELTA

T res días. Eso fue lo que nos dio el protocolo reforzado esta vez, cuando se suponía que debían ser al menos cinco.

—No hay tiempo para nada complicado —dijo Teo, en la trastienda del mismo local de café donde nos habíamos sentado la semana anterior—. Así que vamos a lo simple. Lo simple es lo que funciona cuando no hay tiempo.

Sacó una cajita del bolsillo. Dentro, sobre algodón, había algo del tamaño de un grano de arroz, de un gris tan neutro que costaba fijar la vista en él más de un segundo.

—¿Qué es?

—Un registrador pasivo. No emite nada, no se detecta en el barrido previo porque no tiene ninguna pieza que un escáner reconozca como electrónica. Se activa por temperatura corporal y guarda sonido ambiente. Doce horas de memoria.

—¿Y cómo se supone que lo llevo dentro sin que nadie lo note?

Teo no contestó con palabras. Señaló mi propia cicatriz, la de la cadera, la que llevaba desde antes de conocerlo, la que ya ni siquiera me molestaba en mirar.

—Hay sitios del cuerpo que ya nadie revisa dos veces —dijo—. Porque ya tienen una historia.

Entendí lo que me estaba proponiendo antes de que lo dijera del todo, y entendí también que aceptar significaba cruzar una línea que hasta ese momento solo había cruzado otra gente, en salas donde a mí nunca me preguntaban nada.

—¿Y si lo encuentran? —pregunté—. En un escáner, en una revisión de rutina, en cualquier sitio.

—No lo van a encontrar. Pero si algún día lo encuentran, tienes que negarlo todo. Decir que no sabes qué es, que debe de ser un resto de alguna sesión antigua, un error médico. Lo que sea. Nunca digas mi nombre.

—¿Y si te preguntan a ti?

Teo tardó en contestar lo suficiente como para que la respuesta ya no necesitara palabras.

—Entonces habrá merecido la pena de todas formas, si lo que grabamos sirve para algo.

No me gustó esa respuesta. Me gustó todavía menos darme cuenta de que, en su lugar, yo habría dicho lo mismo.

Lo hicimos esa misma tarde, en su piso, con más alcohol desinfectante que anestesia real.

El piso de Teo tenía menos muebles de los que yo esperaba y más libros de papel de los que nadie en la Zona Baja podía permitirse ya.

Reconocí, en una balda, una fotografía pequeña, sin marco, de un grupo de gente joven en batas blancas idénticas, todos sonriendo con la incomodidad de quien no está acostumbrado a que le hagan fotos.

No pregunté quién era quién. Sospeché que ya sabía la respuesta.

—¿Duele mucho? —le pregunté, mientras me marcaba el punto exacto con un rotulador quirúrgico.

—Menos que lo que va a doler si esto no funciona.

No fue un chiste, aunque sonara a chiste. Fue lo más parecido que Teo tenía a rezar.

Dolió menos que muchas de las cosas que ya me habían hecho sin preguntar.

—Cuando despiertes —dijo Teo, mientras me cerraba el corte diminuto con dos puntos que él mismo se disculpó por no saber dar mejor—, esto habrá grabado todo lo que se haya dicho cerca de ti. Es la primera prueba real que vamos a tener.

Fui a la sesión con eso latiendo, literalmente, bajo la piel de la cadera, y con la lista de Teo repitiéndose en un rincón de la cabeza: el cilantro, el lado izquierdo de la cama, el total de mi madre. Cosas mías. Anclas pequeñas para no soltarme del todo.

La supervisora leyó el protocolo más rápido que las otras veces, como si también a ella la hubieran apurado desde arriba.

El técnico joven —Teo tenía razón, ya no me hacía falta pensar en él como el técnico joven, pero esa noche tocaba fingir que no nos conocíamos— me puso el parche con las manos firmes de siempre.

Esta vez el cristal fue más fino desde el principio.

Lo noto en cuanto entro: hay menos distancia entre lo que veo y lo que soy.

Sigo sin poder mover mis propios dedos por decisión propia, pero esta vez, cuando algo pasa cerca de mí, lo siento con una nitidez que antes no tenía.

No solo veo el salón de techos altos. Lo reconozco como un lugar donde ya he estado, aunque nunca haya estado, con una familiaridad que no es mía y que de algún modo también lo es un poco.

Y siento algo más, algo que no había sentido las otras veces: miedo. No el mío. El de él.

Es un miedo viejo, cansado, de alguien que lleva mucho tiempo teniéndolo y ya casi no le queda energía para que se note por fuera.

Se cuela por el cristal como se cuela el frío por una ventana mal cerrada, y durante un instante entero soy yo quien tiene miedo de morirse, aunque el cuerpo que está a punto de morirse no sea el mío.

Con el miedo llega, sin que lo pida, una imagen: una sala de hospital distinta a cualquiera que yo conozca, más antigua, con máquinas que ya no se fabrican, y una mano —la suya, la de él, más joven— sosteniendo otra mano que se enfría demasiado rápido para que nadie llegue a tiempo.

No sé de quién es esa segunda mano. Sé que él tampoco lo ha olvidado en todos los años que lleva intentando no morirse él también de la misma manera.

—Todavía puedo sentir el reloj —dice mi propia boca, con su voz por dentro de la mía, dirigiéndose a alguien que no veo—. Cada sesión me devuelve algo, pero el reloj sigue corriendo del otro lado. Necesito que esto vaya más rápido.

Una voz más joven responde algo que no entiendo, y entonces pasa lo que Teo me había dicho que casi nunca pasa: durante medio segundo, mi mano —su mano, dentro de la mía— duda antes de coger algo de una mesa cercana.

Esa duda no es de él. Es mía, colándose hacia fuera, igual que su miedo se había colado hacia dentro.

Aprovecho esa duda con todo lo que tengo, que no es casi nada, que es solo una palabra repetida por dentro con la fuerza entera de mi cuerpo: mío, mío, mío.

Mis dedos —los recupero solo un segundo, solo un segundo entero, pero es mío— cierran el puño alrededor de algo pequeño y frío que había sobre esa mesa, y lo deslizo dentro de la manga antes de que el cristal vuelva a espesarse y el control vuelva a ser suyo del todo.

Después, otra vez, el blanco.

Desperté con la mano derecha cerrada en un puño tan apretado que la enfermera tuvo que pedirme dos veces que la abriera para revisarme el pulso.

No la abrí hasta que estuve sola, vestida, fuera de aquella sala, sentada en el borde de mi propia cama en mi apartamento con la luz de la calle entrando por la ventana.

Dentro del puño había un anillo. Pequeño, de un metal oscuro que no supe nombrar, con un grabado en el sello: una espiral cerrada sobre sí misma, sin principio ni final visible.

No era mío. Nunca había visto ese anillo en mi vida.

Y sin embargo, cuando lo giré entre los dedos para verlo mejor, mi pulgar encontró solo, sin que yo se lo pidiera, el hueco exacto donde ese anillo encajaba, como si llevara toda la vida sabiendo dónde iba puesto un objeto que jamás había tocado hasta esa noche.