Huéspedes Capítulo 7
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Capítulo 7

LO QUE ES MÍO

T eo tenía una libreta de papel de verdad, de las que ya casi nadie usa, con las esquinas gastadas de habérsela metido demasiadas veces en el bolsillo interior de una chaqueta.

—Antes de volver a esa sala —dijo, dejándola sobre la mesa de mi cocina, entre las dos tazas de café que ninguno de los dos se estaba bebiendo— necesitas saber exactamente quién eres. No en plan filosófico. En plan de lista.

—¿Una lista de qué?

—De ti. Gustos, manías, palabras que usas, palabras que no usarías nunca. Cuanto más aburrida y más concreta, mejor. Es lo único que te va a servir para notar, la próxima vez, qué es tuyo y qué se ha colado.

Me pareció un ejercicio ridículo hasta que empecé a hacerlo y descubrí que no sabía tantas cosas de mí misma como creía.

Escribí que odiaba el cilantro. Que dormía siempre del lado izquierdo de la cama, aunque durmiera sola y la cama entera fuera mía. Que decía «total» al final de las frases cuando estaba nerviosa, una muletilla heredada de mi madre que nunca había admitido en voz alta que era suya.

—Bien —dijo Teo, leyendo por encima de mi hombro—. Ahora la parte incómoda. ¿Qué cosas has notado en las últimas semanas que no encajan en esa lista?

Tardé en contestar, porque contestar significaba admitir cuánto había estado ignorando.

—El hambre. Después de la primera sesión larga, quería algo que no supe nombrar. Nunca me había pasado antes de una sesión normal.

—¿Y ahora? ¿Sigues queriéndolo?

Lo pensé de verdad, con los ojos cerrados, intentando diferenciar el hambre de después de aquella noche del hambre de todos los días.

Había una diferencia. Era pequeña, casi nada, pero estaba ahí: un antojo muy concreto de algo salado y ahumado que yo, hasta donde recordaba, jamás había pedido en mi vida.

—Sí. Todavía un poco.

Teo anotó algo en su propia libreta, la profesional, la que sí llevaba membrete de un departamento que ya no le pagaba.

—Eso es un eco de apetito. Es de los más comunes y de los más difíciles de notar, porque no se siente ajeno. Se siente como un gusto nuevo, como si hubieras cambiado tú sola. La gente rara vez sospecha de sus propios antojos.

—¿Y el idioma del sueño?

—Ese es de los raros. La mayoría de las anfitrionas no llegan a un eco lingüístico completo; se quedan en fragmentos, sonidos sueltos. Que tú soñaras una conversación entera, fluida, dice dos cosas.

—¿Cuáles?

—Que la fusión va más avanzada de lo que debería a estas alturas. Y que tienes una compatibilidad neuronal con Kade mucho más alta de lo normal. Eso no es casualidad, Mara. Nadie te eligió al azar para un contrato de alto valor.

La frase se me quedó pegada, incómoda, en algún sitio de la cabeza donde ya tenía aparcadas otras cosas que no podía resolver esa misma tarde.

Pasamos las tres horas siguientes con un ejercicio que Teo llamaba «inventario de cuerpo»: cerrar los ojos, recorrer mentalmente cada parte de mí de los pies a la cabeza, y decir en voz alta si lo que sentía tenía una historia mía detrás o si simplemente estaba ahí, sin dueño claro.

En las manos no encontré nada raro. En la mandíbula, sí: una tensión que apretaba hacia la izquierda, un gesto que no era mío.

—Eso podría ser suyo —dijo Teo—. Un gesto físico. Son de los ecos más fáciles de esconder, porque la gente cree que son solo cansancio.

Seguimos bajando. En la garganta encontré una costumbre de tragar saliva antes de hablar en voz alta, como quien se prepara para decir algo que no está seguro de que le vaya a salir bien.

En los pies, nada. En el pecho, una opresión que al principio atribuí a los nervios del día.

Teo me pidió que la describiera mejor. Cuando lo hice, admití que no era ansiedad.

Era más parecida a una nostalgia sin origen, la clase de nostalgia que se siente por un sitio en el que nunca has estado.

—Eso anótalo aparte —dijo Teo, muy serio—. La nostalgia sin origen es de las señales más fiables que existen.

—¿Cómo hago para que no se quede?

—No hay manera de que no se quede del todo. Pero puedes evitar que se instale sin que lo notes. Nómbralo. Cada vez que lo sientas, dilo en tu cabeza: esto no es mío. Suena tonto.

—Suena a lo único que tengo.

Se quedó callado un momento, mirando la libreta. Cuando volvió a hablar, la voz le salió distinta. Más baja.

—Dejé el programa especial por una de las dos anfitrionas de las que te hablé. La que ahora está sedada. Fue paciente mía antes de que la trasladaran.

—¿La conocías?

—Le puse yo el primer parche. Le dije que todo iba a salir bien. Las mismas palabras que te dije a ti la primera noche.

No dije nada. Había cosas que se rompían si uno decidía  interrumpírlas a mitad de camino.

—Se llamaba Iris —siguió—. Tenía veintitrés años. Su familia todavía cree que sigue de baja médica en un centro privado, porque eso es lo que dice el papel que firmaron sin leerlo del todo, igual que tú firmaste el tuyo.

—¿Cómo era?

La pregunta pareció sorprenderlo más que cualquier otra cosa que le hubiera preguntado hasta entonces.

—Terca. Se reía de todo, hasta de las cosas que daba miedo reírse.

La última vez que hablé con ella, la de verdad, antes de que dejara de ser ella del todo, me dijo que en cuanto cobrara el contrato entero iba a comprarse una bicicleta y salir de Meridian pedaleando, aunque tardara un mes.

—Se le quebró algo en la voz, pequeño, casi nada—. Nunca llegó a comprarla.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque necesitas saber que no te estoy ayudando por curiosidad científica.

—Me miró, esta vez sin apartar los ojos hacia la libreta ni hacia la ventana—.

Y porque si dentro de unos días vuelves a esa sala y algo sale mal, quiero que sepas que alguien fuera va a estar buscándote de verdad. No solo rellenando un informe.

Cerré la libreta con mi lista dentro: el cilantro, el lado izquierdo de la cama, el «total» de mi madre. Cosas pequeñas, tontas, mías. Las únicas pruebas que tenía de que, por ahora, seguía siendo yo quien decidía guardarlas.

—¿Y tú qué harías? —le pregunté, antes de que se levantara de la mesa—. Si estuvieras en mi lugar.

Teo se quedó pensando más tiempo del que esperaba, como si la pregunta mereciera algo mejor que una respuesta rápida.

—No lo sé. Nunca he tenido que decidir cuánto vale mi propio cuerpo. Solo he visto lo que pasa cuando otros deciden por el de otra persona.

No fue un consuelo. Pero fue lo más honesto que me habían dicho en semanas, y a veces eso pesa más que un consuelo.

Teo se fue poco después, con la promesa de tener lista, para el día de la tercera sesión, alguna manera de sacarme algo más que un nombre.

Me quedé sola en la cocina, con la libreta todavía abierta, cuando Dante entró arrastrando los pies y el vaso de agua vacío que venía a rellenar por su cuenta, algo que solo hacía cuando llevaba un rato despierto sin llamarme.

—¿Quién era? —preguntó, con la ligereza fingida de quien ya sospecha la respuesta y prefiere que se la den envuelta en broma.

—Un compañero de la agencia.

—No sabía que tenías compañeros que vinieran a casa.

Estuve a punto de contárselo todo. Tuve la frase entera formada en la boca —Dante, hay un hombre que paga por quedarse dentro de mí para siempre y no sé cuánto tiempo me queda siendo yo del todo— y la sentí subir hasta la garganta con la misma fuerza con la que había subido el idioma extraño la noche del sueño.

No la dejé salir.

—Es solo trabajo —dije en su lugar—. Cosas aburridas de contratos.

Dante me miró un segundo de más, con esa capacidad suya, entrenada a base de médicos y diagnósticos, para saber cuándo alguien le está dando la versión resumida de algo.

No insistió. Volvió a su cuarto con el vaso lleno, y yo me quedé pensando que protegerlo de la verdad y mentirle eran, cada vez más, la misma cosa disfrazada con nombres distintos.

El teléfono sonó esa misma noche, antes de lo que ninguno de los dos esperaba.

Era Ren. La tercera sesión ya tenía fecha, y era mucho más pronto de lo que el protocolo debería haber permitido.