Capítulo 6
EL HOMbrE QUE NO ENVEJECE
N o dormí. Me senté en la mesa de la cocina con la tablet vieja de Dante —la mía llevaba meses con la pantalla partida por una esquina— y escribí un nombre en el buscador público como quien deja caer una piedra por un pozo sin saber cuánto tarda en tocar fondo.
Augustin Kade.
Salieron catorce mil resultados en menos de un segundo, y los catorce mil contaban la misma historia oficial, pulida, repetida con las mismas fotos de hacía veinte años: fundador de Synapsis Corp, pionero de la interfaz neuronal, filántropo, dueño de media Zona Alta y de algunos edificios de la Baja que nunca se molestaba en mencionar en las entrevistas.
No había fotos recientes. La última databa de seis años atrás: un hombre delgado con traje demasiado grande para lo que quedaba de él dentro, sonriendo ligeramente en la inauguración de un ala hospitalaria que llevaba su nombre.
Reconocí el edificio de la foto. Era el Hospital General de la Zona Media, el mismo al que habíamos llevado a Dante dos veces antes de que lo aceptaran en el Instituto Priem, cuando todavía no sabíamos que existía una lista de espera peor que la de cualquier otro sitio.
Recordaba todavía el vestíbulo: mármol de verdad, una placa dorada con el nombre completo de Kade —el cual no me moleste en memorizar en aquel momento— y una cita suya grabada debajo sobre el compromiso de la corporación con «prolongar lo que de verdad importa».
En su momento me había parecido una frase bonita y vacía, del tipo que se cuelga en las paredes para que nadie piense demasiado en ella. Ahora sonaba a otra cosa.
Después de esa foto, silencio. Ninguna aparición pública, ninguna entrevista, ninguna filtración salvo un rumor repetido en tres foros distintos: que Kade llevaba años enfermo, algo degenerativo, algo que ni siquiera el dinero de media ciudad había conseguido curar.
Un hombre que fabrica la tecnología para meter una mente en un cuerpo ajeno, y que se está quedando sin cuerpo propio. No hacía falta ser Teo Ostrow para unir esos dos puntos.
Le mandé un mensaje a las seis de la mañana. Contestó a las seis y un minuto, como si hubiera dormido con el teléfono en la mano esperando exactamente ese mensaje.
Quedamos en un local de la Zona Baja que vendía café de verdad a precio de café de mentira, el tipo de sitio donde nadie pregunta nombres porque a nadie le importa quién eres, solo si pagas.
—Está enfermo —le dije, en cuanto se sentó, sin saludar—. Lo he leído en tres sitios distintos.
—Lleva enfermo más de lo que ha salido en ningún sitio —dijo Teo—. Yo trabajé cuatro años en el programa de transferencias especiales. Lo vi entrar dos veces a sesiones que oficialmente no existían en ningún registro.
—¿Sesiones para qué?
Teo apartó la taza de café a un lado sin bebérselo y, sin darse cuenta, la dejó exactamente paralela al borde de la mesa, alineada con el azucarero y con el móvil que ya tenía delante.
Sería la primera vez que se lo viera hacer, aunque no la última: ordenar lo pequeño que tenía a mano cuando lo grande se le escapaba de las manos.
—Hay una palabra que se usa dentro, entre los técnicos del programa. Nunca en los contratos, nunca donde pueda quedar registrada. Anclaje.
—¿Qué significa?
—Significa quedarse. Para siempre. La consciencia del huésped no vuelve a su cuerpo original porque el original ya no le sirve, y en vez de eso se queda en el cuerpo alquilado y empuja a la anfitriona hacia abajo, poco a poco, hasta que no queda sitio para las dos.
Un escalofrío localizado, casi quirúrgico, me recorrió el mismo punto exacto donde llevaba el óvalo del antebrazo. No tenía nada que ver con la temperatura del local.
—Eso es ilegal.
—Es lo más ilegal que existe. Setenta y dos horas es el límite porque a partir de ahí el cuerpo deja de resistirse del todo. Kade te ha comprado doce horas, que luego resultaron ser trece, luego dieciocho. Cada vez más cerca del límite. Cada vez pagando más para acercarse un poco más.
—Dijo que el cuerpo se resiste menos cada vez —recordé, y me oí decirlo con una voz que apenas reconocí como mía—. Lo dijo dentro de la sesión. Lo oí yo.
Teo cerró los ojos un segundo, como quien confirma algo que llevaba tiempo temiendo y prefería seguir sin confirmar.
—Entonces ya ha empezado —dijo—. Y tú eres la prueba de que contigo está funcionando mejor que con nadie antes.
Le pregunté si había habido otras. Otras anfitrionas, antes que yo, con el mismo cliente confidencial y el mismo patrón de horas crecientes.
—Dos que yo sepa. —Teo tardó en decir el resto, y cuando lo dijo lo hizo mirando la mesa, no a mí—. Una dejó de presentarse a trabajar hace tres años. Su familia denunció la desaparición. La agencia dijo que había roto el contrato y se había ido de Meridian. Nadie volvió a verla.
—¿Y la otra?
—La otra sigue en un centro de reposo de Synapsis. Sedada permanentemente. Según su historial padece trastorno disociativo severo de origen desconocido.
Pensé en denunciar. Lo pensé en serio, durante casi todo el trayecto de vuelta a casa: presentarme directamente en una comisaría, contar lo del cristal, lo de la voz que decía señor Kade, lo del óvalo en el antebrazo, y dejar que alguien con placa y autoridad real se encargara de un hombre que fabricaba la tecnología que la propia policía de Meridian usaba para sus investigaciones encubiertas.
Pero Synapsis no era una empresa con contactos en el ayuntamiento.
Synapsis era, en la práctica, buena parte del ayuntamiento.
Financiaba la academia de policía. Financiaba dos de los tres hospitales que Dante necesitaba seguir visitando.
Una denuncia contra Augustin Kade no iba a parar en un juzgado: iba a parar, en el mejor de los casos, en un archivo cerrado, y en el peor, en la cancelación inmediata del tratamiento de mi hermano por algún motivo administrativo que nadie se molestaría en explicarme.
—No puedo ir a la policía —le dije a Teo, que quiso acompañarme en mi camino de vuelta a casa—. Y no puedo dejar de presentarme a la próxima sesión, porque si rompo el contrato, según Ren, pierdo también el de los cuarenta.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
Lo pensé de verdad esta vez, con la parte fría de la cabeza, la que llevaba cuarenta y tres sesiones aprendiendo poco a poco a separar el miedo de la estrategia.
—Voy a volver a esa sala. Otra vez. Pero esta vez no voy a ir a ciegas.
Teo me miró como si acabara de proponerle algo mucho más peligroso que negarme, que seguramente era exactamente lo que acababa de hacer.
—Si vuelvo con los ojos abiertos, sabiendo lo que tengo que buscar, quizás la próxima vez el cristal no sea tan grueso. Quizás pueda ver algo más que un nombre. Y tú vas a estar dentro, ajustando parches, con acceso a lo que ninguna anfitriona ha tenido nunca.
—Eso es una locura, Mara.
Fue la primera vez que me llamó por mi nombre. Me gustó menos de lo que esperaba, porque significaba que ya no me veía solo como un caso, y eso, en un sitio como Meridian, era la clase de cariño que ponía a la gente en peligro.
—Sí —dije—. Pero es la única opción que tengo.
Nos despedimos en el portal.
Se lo conté a Yoli esa misma tarde, en la cola de la farmacia donde recogía los analgésicos de Dante. No le di todos los detalles. Le di los suficientes.
—Vas a volver a meterte ahí a propósito —dijo, sin levantar la voz, con esa calma suya que asustaba más que un grito—. Sabiendo lo que sabes ahora.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Alguien no. Tú. Y a ti todavía te queda un hermano esperándote en casa.
No supe qué contestarle, porque tenía razón y porque, al mismo tiempo, no pensaba echarme atrás.
—Yo llevo veinte años sobreviviendo a esto sin hacerme preguntas —siguió Yoli—. Y sigo aquí. Las que se hacen preguntas, Mara, no siempre siguen.
Fue lo más cerca que la vi nunca de suplicarme algo.