Huéspedes Capítulo 5
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Capítulo 5

UN NOMbrE DETRÁS DEL CRISTAL

F irmé a las cinco y media de la tarde, con Dante dormido y una nota en la nevera que decía que había ido a hacer un turno largo, que no me esperara despierto, que había caldo en la olla si le entraba hambre antes de que yo volviera.

No le mentí del todo. Solo le ahorré la parte del número dieciocho.

Antes de salir me quedé un momento de más en el marco de su puerta, mirándolo dormir con el dibujo de la nave  apoyado contra el vaso de agua.

Pensé que si esa noche algo salía mal de verdad, esa imagen —Dante dormido, a salvo, sin saber nada— sería lo último que me llevaría conmigo a esa sala.

Me pareció una idea más reconfortante de lo que debería.

En la Casa de Descanso Meridian Sur el ascensor sin botones ya me reconoció la palma antes de que la enfermera tuviera que acercarse a pasar su palma.

Eso también era nuevo. Empezaba a preguntarme cuántas cosas de esa sala habían cambiado ya para acomodarse a mí, y cuántas de esas cosas no eran un privilegio sino una medida.

La supervisora de cumplimiento me esperaba con la misma tablet y una frase distinta.

—Esta noche aplicamos protocolo de continuidad reforzado —dijo, sin mirarme, igual que la vez anterior—. Es habitual en sesiones consecutivas con el mismo cliente. Monitorización neuronal ampliada.

—¿Qué significa ampliada?

—Significa que esta vez vamos a poder confirmar que todo transcurre dentro de los parámetros normales.

No contestó a mi pregunta. Contestó a la pregunta que le convenía que yo hubiera hecho.

El técnico joven —el de la vez pasada, el de las manos firmes y la voz que temblaba— me colocó el parche con la misma lentitud de disculpa. Esta vez, antes de retirarse, me sostuvo la mirada un segundo entero.

—Si algo se siente raro —dijo, muy bajo, para que no lo oyera la supervisora—, no luches contra ello. Empeora si luchas.

—¿Raro cómo?

No llegó a responder. Ya llegaba el inyector frío contra el cuello, y la sala empezaba a doblarse otra vez por los bordes, y solo me dio tiempo a pensar que aquel chico sabía cosas que no debería saber alguien que se supone que solo ajusta parches.

Lo que pasa después, otra vez, lo cuento en presente. Pero esta vez es distinto. Esta vez no hay un blanco que se lo trague todo. Hay un cristal.

Estoy detrás de mis propios ojos y a la vez no estoy.

Es como mirar por una ventana sucia desde dentro de una habitación oscura: veo lo que ve mi cara, oigo lo que oyen mis oídos, pero no puedo mover un dedo, no puedo decidir hacia dónde giro la cabeza, y cuando intento gritar el sonido se queda del lado de dentro del cristal, sin salir.

Mis manos —mis manos, con mis cicatrices, con el óvalo todavía en el antebrazo— cogen una copa. La reconozco. Es la copa fina del sueño.

Hay un salón. Techos altos, madera de verdad, un cuadro que parece antiguo y que probablemente cuesta más que diez años de tratamiento para Dante. Y hay una voz, cerca, la de un hombre mayor que habla despacio, como quien está acostumbrado a que nadie lo interrumpa nunca.

Por un instante, antes de que la voz diga nada, algo se cuela por el cristal que no es sonido ni imagen: es un recuerdo que no es mío, corto como un fogonazo.

Unas manos jóvenes —las suyas, hace décadas— sosteniendo a un bebé envuelto en una manta demasiado blanca.

Una risa de mujer, fuera de campo, que se corta de golpe, como una grabación a la que le faltara el final.

No sé quién es. Solo sé que ese recuerdo pesa tanto que casi lo siento propio, y que quien lo carga lleva sosteniéndolo tanto tiempo que ya no sabe hacer otra cosa con él.

—Todavía no está lista la extracción completa —dice esa voz, dirigiéndose a alguien que no veo, porque mis propios ojos —los ojos que no controlo— no giran hacia allí—. Necesito más tiempo de continuidad antes de forzar nada. El cuerpo se resiste cada vez menos. Es una buena señal.

Otra voz, más joven, más nerviosa, responde algo que no entiendo del todo —el sonido llega distorsionado, como si mi propio oído estuviera decidiendo qué merece la pena que yo oiga — salvo dos palabras que llegan limpias, enteras, imposibles de confundir.

—Entendido, señor Kade.

Algo dentro de mí, del lado de dentro del cristal, grita ese nombre con todas las fuerzas que no tengo.

Kade. Kade. Kade.

Y entonces mi propia mano —su mano, dentro de mi— deja la copa sobre una mesa con un cuidado que no es mío, y mis propios labios sonríen una sonrisa que reconozco por fuera y no reconozco por dentro, y el cristal se vuelve más grueso, y dejo de oír, y dejo de ver, y esta vez el blanco sí llega, tarde, pero llega.

Desperté gritando un nombre que la enfermera de turno no supo qué hacer con él.

—Kade —repetí, ya sentada, ya con la aguja fuera del cuello, agarrando la sábana con las dos manos como si pudiera arrancarle la verdad a la tela—. Se llama Kade. Decídselo a Castillo. Decídselo a quien haga falta. Sé su nombre.

La supervisora de cumplimiento apareció antes de lo que tardan normalmente en avisarla.

—Eso no es posible —dijo, con la calma exacta de quien ha dicho esa frase muchas veces y en muchas salas distintas—.

El protocolo impide cualquier percepción consciente durante la transferencia.

Lo que usted cree haber oído es una confabulación neuronal común en sesiones extendidas. El cerebro rellena huecos.

—No he rellenado un nombre completo por accidente.

—Sucede más de lo que imagina.

No la creí. No me hizo falta creerla: la había visto dudar, medio segundo, antes de decir imagina, y ese medio segundo valía más que cualquier párrafo de su protocolo.

—Entonces enséñeme los casos. Enséñeme un solo informe donde otra anfitriona haya rellenado, por accidente, el apellido exacto de un hombre.

Eso la paró. No mucho, medio segundo otra vez, pero ese segundo fue suficiente para que yo supiera que había tocado algo real por debajo del guion.

Exigí ver a Ren. Me dijeron que Ren no estaba disponible esa noche. Exigí una copia de mi registro neuronal de la sesión. Entonces me dijeron que ese registro era propiedad de Synapsis y que yo, como anfitriona, no tenía derecho de acceso, solo derecho de consentimiento.

Consentimiento. Llevaba cuarenta y tres sesiones firmando esa palabra sin pensar demasiado en lo poco que significaba cuando la otra parte se guardaba todo lo demás.

Me fui de la sala principal más furiosa que asustada, lo cual, en retrospectiva, fue lo que me hizo bajar la guardia el tiempo suficiente para que alguien me alcanzara en el pasillo sin que lo oyera acercarse.

—Espera.

Era el técnico joven. Sin bata ya, con una chaqueta encima que no era de la Casa de Descanso, como si llevara rato esperando el momento exacto en que nadie más estuviera mirando.

—Me llamo Teo —dijo, muy rápido, como quien suelta algo antes de arrepentirse—. Teo Ostrow. Trabajé en el programa de transferencias especiales antes de que me bajaran aquí, y he oído ese nombre antes. Kade.

Algo se me heló en el pecho. No tenía nada que ver con el frío de la sala.

—¿Quién es?

Teo miró hacia el pasillo, hacia la cámara del techo, hacia todo lo que no éramos nosotros dos.

—Aquí no —dijo—. Aquí no puedo. Pero necesito que sepas una cosa antes de que decidas si vuelves a esa sala otra vez.

—¿Qué cosa?

—Que Augustin Kade lleva treinta años financiando cada avance importante que ha hecho esta corporación. Y que la gente como él —dijo, bajando la voz hasta un punto en que tuve que acercarme para oírlo— no paga noventa mil créditos por dieciocho horas de compañía.

—¿Entonces por qué paga?

Teo no contestó enseguida. Cuando lo hizo, fue mirándome el antebrazo derecho, exactamente donde yo llevaba el óvalo, como si sus ojos supieran encontrarlo sin que yo se lo señalara.

—Eso —dijo— es lo que todavía no sé del todo. Y es lo que más miedo me da. Toma mi numero de teléfono, lo necesitarás.

Apunté el número en mi teléfono rápidamente. Se oyó una puerta al fondo del pasillo. Teo se apartó de mí de un paso, rápido, con el reflejo entrenado de quien lleva tiempo practicando cómo dejar de estar cerca de alguien en el momento exacto en que conviene.

—Necesito verte fuera de aquí —dijo, ya alejándose—. En algún sitio sin cámaras con logo de Synapsis. Mañana, si puedes.

Asentí, aunque no estaba seguro de que me hubiera visto asentir.

Me quedé sola en el pasillo, con el nombre de un hombre que no había visto en mi vida instalado detrás de los ojos con la misma solidez que la letra K llevaba días ocupando, y con la certeza nueva y fría de que ya no era solo mi cuerpo lo que estaba en juego en esa sala.