Capítulo 4
UN IDIOMA QUE NO APRENDÍ
E l primer sueño llegó la ´segunda noche.
No fue una pesadilla. Eso fue lo raro. Llevaba años teniendo pesadillas después de una sesión larga —caídas, puertas que no abren, mi propia voz gritando desde el otro lado de un cristal— y sabía reconocerlas, sabía despertarme de ellas con el corazón acelerado y el alivio inmediato de volver a estar otra vez en mi cuarto, en mi cama, siendo yo.
Esto no fue nada de eso.
Estoy de pie frente a una ventana que no es la ventana de nadie que yo conozca. El cristal sube tres pisos enteros, sin marco, y abajo Meridian se extiende como una placa de circuitos encendida, con la Zona Baja tan lejos que ni siquiera parece parte de la misma ciudad.
Hay música detrás de mí, baja, de la que suena en sitios donde nadie necesita subirle el volumen para sentirla.
Reconozco el instrumento —algo de cuerda, algo caro— y no reconozco la canción, y esa mezcla exacta, lo familiar y lo ajeno pisándose los talones, es lo que más me revuelve el estómago cuando lo recuerdo despierta.
Tengo una copa en la mano que no reconozco por el peso —demasiado fina, demasiado cara— y digo algo, en voz alta, a alguien que está detrás de mí y que no llego a ver.
No lo digo en español.
No sé qué idioma es. Sé que las palabras me salen de la boca sin esfuerzo, con una fluidez que no tengo despierta en ningún idioma salvo el mío, y sé que la persona detrás de mí se ríe de lo que he dicho, y sé que esa risa me produce una satisfacción pequeña y ajena, como llevar puesta la ropa de otra persona y que te quede bien.
Me desperté hablando todavía.
No una frase entera —dos, tres sílabas que se deshicieron en cuanto se toparon con el aire de mi cuarto— pero suficiente para que Dante, que había venido a despertarme para el desayuno porque llevaba media hora llamando a la puerta sin respuesta, se quedara plantado en el marco con una expresión que no le había visto nunca.
—¿Qué has dicho? —preguntó.
—No lo sé.
—Sonaba a ruso. O a algo con muchas consonantes juntas.
—Dante, yo no hablo ruso.
—Ya lo sé. Por eso te lo pregunto.
No le conté lo de la ventana de tres pisos, ni la copa fina, ni la risa que no era mía pero que había disfrutado como si lo fuera.
Le dije que había sido un sueño raro y ya está, y él dejó de insistir porque en esta casa habíamos aprendido los dos a no empujar las puertas que el otro cerraba con ese tono concreto.
Fue a buscar el desayuno y volvió con dos tazas y el dibujo de la nave de Bruno metido bajo el brazo, como si necesitara tener cerca algo que no tuviera nada que ver con idiomas que yo no hablaba.
—Bruno dice que a veces, con la dosis alta, también sueña cosas que no son suyas —dijo, sin mirarme, concentrado en remover el azúcar más de lo necesario—. Dice que sueña con un patio que no es el de su casa. Con un perro que no ha tenido nunca.
Algo, que no era solo por el café, me heló por dentro.
—¿Se lo has contado a algún médico?
—Dice que se lo contó, y que le dijeron que era normal. Un efecto secundario de la medicación. Que el cerebro rellena huecos.
Rellena huecos. En ese momento, sentada en mi cocina con el café enfriándose, todavía no sabía que esa frase iba a perseguirme. Solo supe que no me gustaba lo fácil que salía de la boca de la gente que no quería seguir investigando.
Saqué la nota del chico del parche del cajón donde la había guardado, la desdoblé otra vez sobre la mesa, y la volví a leer como si las cuatro palabras fueran a decir algo distinto esta segunda vez.
Cuenta las horas siempre. No decían nada distinto.
Pero yo ya no era la misma que las había leído la primera vez.
Me pasé la mañana con la lengua rara, como si todavía tuviera la forma de esas sílabas dentro de la boca y le costara volver a la forma de las mías. Me miré el óvalo del antebrazo dos veces antes de las diez, sin motivo, solo para comprobar que seguía teniendo el mismo tamaño exacto y que no dolía.
Ren llamó a las once y cuarto.
Eso ya era la primera anomalía: Ren no llamaba nunca antes de mediodía, y nunca me llamaba a mí primero cuando había una sesión nueva; me citaba, con tres días de margen y sin espacio para preguntas.
—Necesito que vengas hoy.
—¿Hoy? Ren, han pasado dos días de la última.
—Lo sé.
—El protocolo dice setenta y dos horas mínimo entre sesiones de alto valor. Lo dijiste tú.
—Lo sé, Warren. —Su voz tenía un filo que no le había oído antes, algo más cerca del miedo que de la autoridad—.
El cliente ha pedido una excepción para ello.
La ha pedido directamente a los de arriba, por encima de mí.
Yo no puedo negarme y tú, legalmente, tampoco, salvo que invoques cláusula de rechazo por causa médica.
—¿Y si la invoco?
Silencio. Un silencio de los que cuestan dinero, de los que Ren nunca se permitía porque cada segundo callada era un segundo sin vender nada.
—Entonces pierdes el contrato entero. El de los cuarenta. Y todos los que vengan después con este cliente.
—¿Y tú qué pierdes, Ren?
No esperaba que me contestara. Llevaba más de dos años haciéndole preguntas parecidas y llevaba más de dos años recibiendo silencio a cambio, así que la respuesta que me dio esta vez me sorprendió más que si hubiera decidido callarse.
—Pierdo la cartera de clientes de nivel superior si esto no sale bien.
Y si pierdo eso, dejo de poder pagar lo que pago para que mis hijos sigan en la escuela de la Zona Media en vez de en una de la Baja.
—Lo dijo rápido, de un tirón, como quien confiesa algo que lleva tiempo necesitando decir en voz alta a alguien que no lo vaya a usar en su contra—.
Así que no, Warren. No estoy mejor que tú en esto.
Solo estoy más arriba en una escalera que se cae igual para las dos.
Pensé en el Instituto Priem. Pensé en la lista de espera que no bajaba. Pensé en la copa fina que no era mía y en la risa que sí había disfrutado, y por primera vez desde que había empezado a alquilar mi cuerpo entendí que el miedo y las ganas de decir que sí pesaban exactamente lo mismo.
—¿Mismas condiciones? —pregunté—. ¿Doce horas?
—No.
—¿Menos?
—Dieciocho.
Me reí, un sonido corto y sin humor que se me escapó antes de poder pensarlo.
—Ren, la última vez fueron más de trece horas cuando habíamos firmado doce. ¿Qué va a pasar con dieciocho?
—No lo sé —dijo, y esa fue la frase más sincera que le había oído en más de dos años trabajando juntas—. Pero el pago es de noventa mil, y tienes hasta las seis de la tarde para decidir, porque la sesión es esta noche a las veintidós, en la misma sala, con la misma supervisora.
Colgó antes de que yo pudiera preguntarle lo único que de verdad quería saber: si alguna vez, en algún momento de esos dos días, había averiguado quién era el cliente que empezaba con K.
Me quedé con el teléfono todavía caliente contra la oreja, mirando el óvalo de mi antebrazo, pensando en una ventana de tres pisos que no conocía y en noventa mil créditos que sí eran exactamente lo que necesitaba, y en que tenía menos de siete horas para decidir si volvía a esa sala sabiendo, esta vez, que algo dentro de mí ya no iba a volver del todo entera.