Huéspedes Capítulo 3
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Capítulo 3

LAS HORAS QUE FALTAN

A bro los ojos y no sé cuántas veces he parpadeado ya.

El techo está donde debería estar, pero tarda en llegar, como si la luz necesitara más tiempo del normal para cruzar la habitación.

Tengo la boca llena de un sabor que no es mío —metálico, denso, con un fondo dulce que no reconozco— y la garganta tan seca que tragar duele, como si hubiera tragado algo de verdad y no solo saliva.

Alguien me habla. Tarda en convertirse en palabras.

—...en. Warren. ¿Puede oírme?

Sí. Puedo. Lo que no puedo, todavía, es demostrarlo con la boca.

Volví. Ese es siempre el primer pensamiento entero que consigo armar, cada vez, después de cada sesión: volví. Como si fuera un logro y no solo lo que se supone que tiene que pasar.

Tardé casi un minuto en recordar que esta vez ese pensamiento debía ir acompañado de otro: doce horas.

—¿Qué hora es? —conseguí decir, con una voz que sonaba a alguien que llevaba un año sin usarla.

—Las once y veinte de la mañana. Tranquila, todo ha ido bien.

Tenía la mano derecha cerrada en un puño. Tardé un momento en recordar por qué, y cuando lo recordé, la apreté más fuerte todavía, con miedo a que se me hubiera vaciado durante la noche igual que se me había vaciado todo lo demás.

No se había vaciado. Cuando por fin conseguí quedarme un momento a solas, mientras la enfermera salía a buscar la bandeja, abrí los dedos despacio y encontré la nota, muy arrugada, pero entera.

La desdoblé con las manos todavía torpes. Cuatro palabras, en una letra pequeña y apretada:

Cuenta las horas siempre.

Las mismas palabras de Yoli, casi exactas, como si el chico del parche y la anfitriona más vieja de la agencia hubieran aprendido a temer lo mismo por caminos distintos.

La volví a doblar y me la guardé en el sujetador, contra la piel, en el único sitio de mi cuerpo que en ese momento todavía sentía completamente mío.

Hice la cuenta con la parte de mi cerebro que ya volvía a funcionar a la velocidad normal. Entré a las veintidós. Once y veinte de la mañana. Eso no eran doce horas.

Eran trece. Trece y veinte minutos.

—Ha sido más tiempo —dije, y ya no sonaba a alguien sin voz. Sonaba a alguien que empezaba a asustarse en serio.

La enfermera —no la de la sala de abajo, otra, con la misma bata pero sin el logo plateado de Synapsis, señal de que la gente importante ya se había ido a otra parte— me revisó las pupilas con una luz que molestaba más de lo que debería molestar una luz tan pequeña.

—El protocolo incluye un margen de reintegración. Es normal.

—¿Un margen de cuánto?

—No tengo esa información, Warren. Yo solo hago la revisión de constantes.

Todo el mundo, en esa sala, en esa Casa de Descanso, en esa corporación entera probablemente, tenía exactamente la información necesaria para no tener que dármela.

Me incorporé demasiado rápido y el mundo hizo ese gesto que hacen las salas cuando llevas trece horas y veinte minutos tumbada en la misma postura: se inclinó, se enderezó, me devolvió el estómago a su sitio con una náusea corta y sucia.

Tenía hambre. No mi hambre —llevo cuarenta y una sesiones conociendo mi hambre de después, ese vacío templado que se cura con caldo y pan y ya está— sino un hambre concreta, específica, casi violenta, con una forma que no supe nombrar hasta que la enfermera me trajo una bandeja y sentí una decepción física, real, al ver que era la misma sopa de siempre.

Quería otra cosa. No sabía qué. Sabía, con una certeza absurda, que no era eso.

—Necesito hablar con Castillo —dije.

—La agente Castillo ha sido informada. Vendrá en cuanto pueda.

En cuanto pueda resultaron ser cuarenta minutos, que pasé vestida a medias, sentada en el borde de la camilla, contando y recontando la diferencia entre lo que había firmado y lo que mi cuerpo insistía en decirme que había pasado.

Ren llegó con la cara de alguien que ha ensayado la explicación en el ascensor.

—Ha habido un desfase de sincronización —dijo, antes incluso de sentarse—. El reloj de la sala extendida corre en un sistema distinto al de la agencia. Cuando se concilian los dos, siempre hay un margen. Una hora, hora y media. No es nada.

—Han sido trece horas y veinte minutos, Ren. Contratamos doce.

—Dentro de un margen razonable de desfase —repitió, con las mismas palabras exactas, como si las hubiera memorizado en lugar de pensado—. Firmaste una cláusula de tolerancia estándar. Está en el contrato que leíste, Warren.

—No firmé ninguna cláusula de tolerancia. Firmé doce horas.

—Firmaste el contrato completo. —Por primera vez sonó menos a agente y más a persona, y no supe si eso me tranquilizaba o me asustaba todavía más—. Incluida la letra pequeña que no leíste.

No pude discutirle eso. Yo misma había decidido no leer la cláusula 14, y ahora una hora y veinte minutos de mi vida vivían dentro de esa decisión, en algún lugar que ya nunca iba a poder visitar.

—¿Al menos puedes decirme si todo salió bien? ¿Si el cliente quedó satisfecho?

Ren dudó. Fue una duda pequeña, de medio segundo, pero llevaba dos días viéndola dudar por razones que nunca eran del todo profesionales, y esta se sintió distinta a todas las anteriores.

—El cliente ha solicitado una segunda sesión.

—¿Cuándo?

—Todavía no hay fecha. Te avisaré.

Me dieron el alta con una advertencia sobre hidratarme y una tarjeta con un número de emergencias que ya sabía que no iba a usar nunca. Yoli me esperaba en la sala de espera, sin turno ese día, solo sentada entre dos sillas vacías con un café que no era suyo comprado para mí.

—Trece horas y veinte —le dije, sin saludar, porque ya no me quedaban fuerzas para el saludo.

Yoli no puso cara de sorpresa. Puso la cara de quien confirma algo que llevaba esperando confirmar desde hacía tiempo.

—¿Encontraste algo raro en tu cuerpo?

No le había contado a nadie que había visto una pequeña marca en el brazo de refilón, al levantarme, así que la pregunta me paró en seco.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque a la chica de la que te hablé, antes de que dejara de venir, la vi una vez enseñándole a otra un moratón que no sabía explicar. Se rió cuando se lo pregunté. Dijo que seguro que se lo había hecho ella misma sin darse cuenta.

Bebí el café que me había comprado sin decirle que sí lo había encontrado. No porque no confiara en Yoli, sino porque decirlo en voz alta, en una sala de espera, delante de una cámara del techo que grababa continuamente sin ningún logo visible, se sentía como firmar otra cláusula 14.

—Cuenta las horas —me dijo al despedirse, y esta vez no sonó a la frase de siempre. Sonó a alguien que sabía algo más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Salí de la Casa de Descanso Meridian Sur en la hora más luminosa y más falsa del día, esa en la que Meridian se disfraza de ciudad normal antes de que caiga la tarde y la Zona Alta encienda las luces que la Zona Baja nunca puede ni podrá pagar.

En casa, Dante dormía. Mejor: no tuve que explicarle la diferencia entre trece horas y veinte minutos y doce, ni el hambre que todavía no se me había pasado y que seguía sin ser el hambre de siempre.

Me metí en la ducha con la idea simple de quitarme más de trece horas de encima con agua caliente, y fue allí, con el vapor empañando el espejo a medias, donde vi la marca con más detalle.

En la cara interna del antebrazo derecho, justo debajo del codo, había una marca que no estaba la última vez que me había mirado ese brazo —y me había mirado ese brazo con atención cuarenta y una veces, después de cuarenta y una sesiones, buscando exactamente eso.

No era un moratón. Un moratón tiene bordes que dudan, que se difuminan hacia el amarillo antes de desaparecer. Esto no dudaba. Era un óvalo pequeño, perfecto, del tamaño de una huella dactilar, con una línea recta cruzándolo por la mitad, como quien tacha algo en un documento.

No dolía. Eso era lo peor: no dolía nada, como si llevara allí mucho más tiempo del que yo llevaba fuera de esa sala, como si mi piel ya se hubiera acostumbrado a una marca que mi memoria todavía no conocía.

La toqué con dos dedos, despacio, esperando dolor, esperando calor, esperando cualquier cosa que confirmara que aquello era reciente y era mío y tenía una explicación aburrida.

Lo que sentí, en cambio, fue el mismo escalofrío que me había subido por el brazo hasta la nuca justo antes de que las luces del techo se doblaran.

Aparté los dedos como si la marca quemara, aunque no quemaba. Me quedé mirándola en el espejo empañado, con el agua todavía cayendo, pensando que llevaba cuarenta y dos sesiones creyendo que lo peor que podía pasarme era no recordar.

Pensé, sin querer, en mi madre. En que la última vez que la vi tampoco supe que era la última vez, y en que a veces las cosas que más nos cambian no llegan con aviso ni con dolor: se instalan calladas mientras miramos hacia otro lado, y ya están ahí cuando por fin las buscamos.

Ahora sabía que había algo peor que no recordar: empezar a llevar encima pruebas de un tiempo que no era mío, dejadas por alguien que sabía exactamente dónde ponerlas para que yo las viera.