Capítulo 2
DOCE HORAS
D ante estaba despierto cuando llegué, lo cual ya era una victoria en sí misma.
Tenía el libro de siempre abierto sobre el pecho —el mismo libro, el mismo capítulo, porque desde hacía semanas le costaba pasar de la página ciento diez— y una sonrisa que se le encendió al verme como si yo trajera algo mejor que cansancio.
—¿Cuánto? —preguntó, porque en esta casa el saludo había dejado de ser hola y se había convertido en eso.
—Cuarenta.
Silbó, flojo, entre dientes, con ese silbido que le había copiado a nuestro padre sin haberlo conocido lo suficiente como para saber que era suyo. Lo hacía sin darse cuenta. Yo nunca se lo dije.
—¿Qué vas a hacer esta vez? ¿Escalar una montaña con el cuerpo de otro? ¿Cenar en un sitio con manteles de verdad?
—No lo sé, Dante. No me lo cuentan.
—Algún día te lo van a contar y vas a descubrir que has estado bailando claqué en la torre más alta de la Zona Alta durante seis horas.
Me senté al borde de su cama. Tenía las manos frías —siempre las tenía frías desde el diagnóstico, como si el cuerpo hubiera decidido empezar a ahorrar calor desde las puntas de los dedos.
En la mesilla, junto al vaso de agua que yo le rellenaba cada noche sin que le hiciera falta pedírmelo, había un dibujo nuevo: una nave espacial de líneas torpes, hecha con el pulso tembloroso de alguien a quien la medicación le quitaba firmeza en los dedos antes que en cualquier otro sitio.
Se lo había regalado un chico del Instituto Priem, un compañero de la sala de espera con el que Dante había hecho una amistad rápida y feroz, de esas que solo se dan entre gente que sabe que el tiempo juntos puede no ser demasiado.
—¿Cómo está Bruno? —le pregunté, señalando el dibujo.
—Le subieron la dosis la semana pasada. Dice que ahora ve los colores más apagados, como si alguien le hubiera bajado el brillo a la pantalla del mundo.
—Lo dijo sin dramatismo, con la ligereza práctica de quien lleva meses aprendiendo el vocabulario de otra enfermedad para poder hablar con su único amigo de verdad—.
Yo le dije que a mí me pasó algo parecido el mes pasado. Que se le pasará.
—¿Se te pasó a ti?
—Un poco.
No insistí. Había aprendido, a base de preguntar en el momento equivocado, que Dante medía sus propias respuestas con una precisión que no quería que yo le desmontara.
—Doce horas esta vez.
Dejó de sonreír. No del todo —Dante no dejaba de sonreír del todo por nada, era su forma de plantarle cara a un instituto de tratamiento que llevaba dos años prometiéndonos una plaza que nunca llegaba— pero se le apagó algo detrás de los ojos.
—Eso es mucho tiempo, Mara.
—Está dentro del límite legal.
—Eso es irrelevante, sigue siendo mucho tiempo.
No supe qué responder, así que hice lo que hago siempre que no sé qué responder: le acomodé la manta, aunque no la necesitara, y le prometí traerle algo de la Zona Alta si el cuerpo que me tocara llevar pasaba cerca de una pastelería de verdad.
Me rió la broma. O fingió reirmela, que en nuestra familia es casi lo mismo.
Se quedó mirando el dibujo de la nave apoyado contra el vaso de agua, y salí de su cuarto dejando la luz encendida a propósito, porque desde el diagnóstico ninguno de los dos soportaba bien la oscuridad total antes de dormir, aunque nunca lo habíamos hablado en voz alta.
•
A las veintiuna cuarenta volví a la Casa de Descanso Meridian Sur, y por primera vez en cuarenta y una sesiones no me llevaron a la sala tres.
Me llevaron a un ascensor que no sabía que existía, con un lector de huellas propio y ningún botón visible salvo uno, sin número, que la enfermera pulsó con suavidad, como quien acaricia a un animal que podría morder.
Bajamos. En la Casa de Descanso Meridian Sur no hay sótanos en los planos que se enseñan al público.
El trayecto duró más de lo que un edificio de esa altura debería permitir.
Conté los segundos por costumbre de anfitriona —una manía que Yoli me había enseñado hacía años: «cuenta siempre lo que puedas, porque un día vas a necesitar saber cuánto duró algo que nadie más te va a confirmar»— y llegué a noventa y tres antes de que las puertas volvieran a abrirse.
Noventa y tres segundos son muchos pisos, o son muy poca velocidad, y ninguna de las dos posibilidades resultaba tranquilizadora.
El pasillo al otro lado no tenía cartel, ni flecha, ni el zumbido de fondo de los sistemas de ventilación que llevaba oyendo toda mi vida en cualquier edificio de Meridian. Solo silencio, y una temperatura tan medida que parecía diseñada para un servidor, no para una persona a punto de tumbarse.
La sala a la que llegamos no se parecía a la tres en nada salvo en la camilla.
Todo lo demás —las paredes, el silencio, un frío más propio para una máquina que para un cuerpo humano— pertenecía a otro edificio, a otro presupuesto, a otra clase de gente de la que yo formaba parte solo durante los minutos que tardaba en tumbarme.
Había tres personas esperando, no una. Eso tampoco era protocolo.
—Warren —dijo la que llevaba la bata más oscura, la única que no llevaba el logo de la agencia sino uno más pequeño, plateado, con las siglas SC que yo había visto un millón de veces en anuncios y nunca tan de cerca—.
Soy la supervisora de cumplimiento de Synapsis para esta sesión.
Voy a leerle el protocolo extendido antes de empezar. Es un requisito legal, no una opción.
Asentí. Tenía la boca seca y no era por el ayuno.
—Sesión de continuidad prioritaria, ventana de doce horas, dentro del límite legal de setenta y dos.
Monitorización continua de constantes vitales.
Interrupción automática si se detecta riesgo fisiológico superior al cuatro por ciento.
—Hablaba sin mirarme, leyendo de una tablet, con la voz de quien ha dicho esas mismas palabras tantas veces que ya no las oye—. ¿Entiende y acepta los términos?
—Sí.
—¿Alguna pregunta antes de empezar?
Tenía como mínimo diez preguntas. Le hice la única que sabía que me contestarían.
—¿Va a dolerme?
—No debería.
No debería no es lo mismo que no, pero para entonces ya me estaban tumbando, y el no debería fue lo más sincero que obtuve de nadie en aquella sala.
Pregunté por Ren. Nadie me contestó la primera vez.
A la segunda, la supervisora dijo, sin levantar la vista de la tablet, que la agente Castillo no tenía autorización de nivel suficiente para presenciar sesiones del protocolo extendido —lo dijo con la misma voz neutra con la que había leído lo del cuatro por ciento de riesgo fisiológico, como si Ren fuera una cláusula más y no la única persona de aquel edificio que a veces, a su manera torpe y comprada, se parecía a alguien de mi lado.
Uno de los otros dos —joven, con las manos demasiado firmes para los nervios que le temblaban en la voz cuando hablaba con la supervisora— me colocó el parche detrás de la oreja izquierda con un cuidado distinto al de los técnicos de arriba. Más lento. Casi disculpándose por adelantado.
—¿Es tu primera extendida? —le pregunté, porque necesitaba oír a alguien decir algo que no fuera un párrafo legal.
Se quedó mirándome un segundo antes de responder, como si la pregunta llevara dentro otra que no me había atrevido a hacer.
—No —dijo—. Pero es la primera con usted.
Me quedé con esa frase, dándole vueltas, hasta que la supervisora carraspeó y el chico apartó la mirada hacia el instrumental, como si acabara de decir más de lo que tenía permitido.
La supervisora se acercó con una aguja que no era una aguja de verdad —un inyector sin punta visible, frío, contra la piel del cuello— y me habló por última vez antes de dejar de ser la protagonista de mi propia voz.
—Cuando despierte, habrán pasado doce horas. No va a recordar nada de lo transcurrido. Es normal sentir desorientación, sed y, en ocasiones, una sensibilidad alterada en zonas de contacto prolongado. Todo eso se resuelve en veinticuatro horas o menos.
—¿Y si no se resuelve?
No me contestó. Me dio el silencio exacto que se usa cuando la respuesta verdadera no está en el guion que le han dado.
Antes de retirarse del todo, el chico del parche se inclinó un centímetro de más para ajustarme el cuello de la bata, y en ese centímetro me dejó, apretada contra la palma de la mano, una nota de papel doblada tantas veces que a duras penas ocupaba una uña.
No la leí entonces. No podía: ya tenía el inyector puesto y las luces del techo empezaban a portarse de manera rara. La cerré dentro del puño, en la mano contraria a la mano donde miraba la supervisora, y decidí que si salía de esas doce horas con la mano todavía cerrada, la leería.
Lo que pasa después no lo cuento como me lo contaron a mí. Lo cuento como pasó. Es lo único fiel que puedo hacerle a esas doce horas: no tengo memoria de ellas, pero tengo esto, el instante exacto en que dejo de ser yo, y ese instante no admite pasado. Solo admite presente.
Siento frío entrando por la nuca, un frío que no baja, que se queda ahí, extendiéndose como tinta en agua quieta.
Las luces del techo se doblan. No parpadean: se doblan, como si el aire entre ellas y mis ojos se hubiera vuelto líquido.
Alguien dice mi apellido. Lo oigo dos veces, con medio segundo de diferencia, como un eco que llega por dos caminos distintos y de dos longitudes distintas.
Intento mover los dedos de la mano derecha y no sé si se mueven. Ya no sé si la mano derecha es mía o es una idea antigua de lo que era tener una mano derecha.
El techo desaparece detrás de un blanco que no es luz: es ausencia de todo lo demás.
Y entonces, justo antes de que el blanco se lo trague todo, oigo —o creo oír, o mi cerebro la fabrica— una voz que no pertenece a nadie de esa sala.
No dice mi nombre. Dice otro.
Y entonces no hay nada.