Huéspedes Capítulo 1
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Huéspedes

Huéspedes

Por Dave Sparks

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Capítulo 1

TARIFA DE LA NOCHE

T engo una cicatriz en la cadera izquierda que no me hice yo. Tres centímetros, recta, ya blanca de vieja. La primera vez que la vi pensé que me la había hecho durmiendo. La segunda vez dejé de contarlo como accidente.

Nadie te avisa de eso en el contrato. Que un cuerpo alquilado, cuando vuelve, a veces vuelve con intereses.

—Warren. Sala tres.

La enfermera no levantó la vista del listado. En la Casa de Descanso Meridian Sur nadie levanta la vista de nada; es la primera regla, aunque no esté escrita: mirar demasiado a un anfitrión antes de una sesión es mirar demasiado a alguien que en un rato dejará de estar del todo en casa.

—Todavía no —dijo Yoli, sentada dos sillas más allá, sin abrir los ojos—. Antes tienen que llamarme a mí. Llevo aquí desde las siete.

Yolanda Prat llevaba en esto más años que nadie que yo conociera todavía de pie.

Setenta y pico sesiones, decía ella, aunque hacía tiempo que había dejado de contarlas con precisión, «porque a partir de cierto número ya no cambia nada saberlo exacto».

Tenía el pelo teñido de un rojo que se había puesto de moda tres temporadas atrás en la Zona Alta y que a ella, en la Baja, le quedaba como una broma privada.

—Te toca antes porque tu cuerpo vale más despierto que el mío a esta hora del día —le dije.

—Mi cuerpo vale lo mismo a cualquier hora. Lo que pasa es que tú tienes cara de no discutir con la enfermera, y eso, aquí dentro, se paga con turnos más rápidos.

Sonreí. Era la única sonrisa fácil que me quedaba antes de una sesión: la de alguien que todavía no ha entrado en la sala.

Entré. Me senté. Dejé que la silla me tragara los omóplatos con esa familiaridad de vinilo frío que ya no distinguía del cuero de verdad.

Cuarenta y una sesiones. Cuarenta y una veces había firmado el mismo formulario, había dejado que me pusieran el mismo parche detrás de la oreja, había cerrado los ojos sabiendo que otra persona iba a abrirlos por mí.

Se pagaba bien. Se pagaba, sobre todo, a tiempo, y en Meridian eso vale más que cualquier otra cosa que puedan prometerte.

—Constantes normales —dijo el técnico sin nombre, el de siempre, el que olía a antiséptico y a tabaco de contrabando—. Barrido previo. Ciento veinte segundos.

Cerré los ojos. No por el barrido —eso no duele, es solo una peineta de electrodos leyéndote como quien hojea un libro sin abrirlo del todo— sino porque cerrar los ojos era el único ritual que me quedaba antes de dejar de estar al mando de mi propio cuerpo.

Pensé en Dante, mi hermano, como siempre. Pensé en la factura del Instituto Priem pegada con un imán de plástico a la nevera, en el número de la esquina inferior derecha, en cómo ese número bajaba cada mes que yo alquilaba y subía cada mes que no.

Pensé en mi madre, que llevaba ocho años siendo una casilla vacía en un formulario de desaparecidos, y aparté el pensamiento antes de que echara raíces. A los pensamientos sobre mi madre, si los dejas quietos un segundo de más, les crece raíz.

—Limpio —dijo el técnico—. Puedes vestirte. Castillo te espera fuera.

Eso no era protocolo. Ren nunca me esperaba fuera; Ren me llamaba, tres días antes, con la hora y el precio, y después colgaba antes de que pudiera preguntar nada.

Que estuviera allí, apoyada en la pared del pasillo C con una carpeta física —de papel, en un mundo que llevaba más de treinta años sin necesitarlas— apretada contra el pecho, fue la primera grieta del día.

—Tenemos que hablar de esta noche —dijo, y echó a andar sin esperar a que terminara de abrocharme la chaqueta.

La seguí. Siempre la seguía. Era más fácil que discutir con alguien que llevaba el pelo tan tirante que parecía sujetarle también las opiniones.

Ren Castillo tenía treinta y cuatro años, dos hijos que yo nunca había visto pero de los que algunas veces se le escapaba una anécdota entre cláusula y cláusula, y una comisión que dependía de cuántas anfitrionas de su cartera aceptaran los contratos que le bajaban desde más arriba sin margen de negociación.

Nunca me lo había dicho con esas palabras.

No hacía falta. Se le notaba en cómo revisaba el teléfono móvil antes de cada frase importante, como quien comprueba que nadie más escucha la llamada.

—Creía que hoy no tenía sesión.

—No la tenías. Ha entrado algo esta mañana. Alto valor.

Se detuvo junto a la máquina de café que llevaba dos años estropeada y abrió la carpeta como si cerca hubiera alguien capaz de oírnos.

Cuarenta mil.

No lo dijo. Lo escribió en el margen de la primera hoja y me la giró para que yo la viera. En Meridian hay cifras que da miedo decir en voz alta incluso en un pasillo vacío.

—¿Cuarenta mil por qué? —pregunté, sabiendo que esa no era la pregunta correcta.

—Doce horas. Cliente prioritario. Pago por adelantado, no reembolsable, no negociable.

Doce horas. Yo llevaba cuarenta y una sesiones y ninguna había pasado de las seis. Seis horas ya eran un dolor de cabeza al despertar y un día entero con la boca como si hubiera masticado la lengua de otra persona.

—¿Doce horas seguidas es legal?

—Es legal si tú firmas que lo sabes. —Ren no me miraba a mí.

Miraba la carpeta, y eso, en alguien que llevaba diez años mirando a la gente el tiempo justo para calcular cuánto podía sacarle, fue la segunda grieta del día—.

Está dentro del límite, Warren. Setenta y dos horas es el techo legal. Doce no es nada.

Doce no era nada, en el papel. En el cuerpo era otra cosa: había oído historias de anfitriones que llegaban a las diez, a las once horas, y volvían con gustos que no eran suyos.

Un compañero de la agencia pasó un mes entero pidiendo café solo sin azúcar cuando llevaba toda la vida bebiéndolo con dos de azúcar y nata.

Nunca volvió a beberlo de otra manera. Nadie le preguntó por qué; en este trabajo no se pregunta.

—¿Quién es el cliente?

Ahí Ren cerró la carpeta un segundo antes de lo que le habría llevado responder con la verdad.

—Confidencial. Nivel superior. Ni yo lo sé, Mara.

Fue la segunda vez en cuarenta y una sesiones que me llamaba por mi nombre y no por el apellido, como si el apellido fuera lo que le vendía a la agencia y el nombre lo que le quedaba a ella cuando quería que le creyera.

La creí. Ese fue mi primer error, aunque entonces no lo supe: pensé que Ren no lo sabía. La verdad es que Ren sabía justo lo suficiente como para no querer saber más, y tenía sus propias facturas pegadas a algún imán de plástico en algún piso de la Zona Media que yo nunca vería.

Caminamos hasta la sala de contratos, un cubículo con una mesa, dos sillas y un lector de huellas anclado a la pared.

Nos sentamos, abrió el documento de verdad —el digital; el de la carpeta era solo para la cifra que no debía quedar en ningún servidor— y giró la pantalla hacia mí  para que lo leyera.

Empecé a leer como me habían enseñado a leer los contratos de renta: de abajo hacia arriba, buscando primero las cláusulas de penalización, después las de exclusión de responsabilidad, y solo al final, si quedaba paciencia, el resto.

Cláusula 19: exención de Segunda Piel ante daño físico reversible.

Cláusula 16: el anfitrión renuncia a reclamar por pérdida de memoria dentro de la ventana legal.

Cláusula 14.

La cláusula 14 estaba tapada. No en blanco —en blanco habría sido un error de maquetación, algo que arreglar con una llamada— sino cubierta con una barra negra sólida, deliberada, del tipo que solo había visto antes en documentos gubernamentales y nunca en un contrato de renta de cuerpo.

—¿Y esto?

Ren se inclinó a mirar la pantalla como si fuera la primera vez que la veía, y hasta ese momento casi la creí.

—Cláusula de continuidad de cliente prioritario —dijo, leyendo el titular, no el contenido—. Es estándar en contratos de alto valor. No te afecta a ti; afecta a la relación entre el cliente y la corporación.

—¿Y por qué está tapada si no me afecta?

—Porque no necesitas leerla para firmar, Warren. Solo necesitas saber que existe.

El apellido había vuelto. La grieta se había cerrado, o Ren había decidido cerrarla ella misma antes de que yo metiera los dedos dentro.

Podría haberme levantado. Lo pensé, el tiempo que se tarda en respirar hondo una vez: podría haberme levantado, haber dicho que doce horas y una cláusula tapada eran demasiado incluso por cuarenta mil, haber vuelto a casa a explicarle a Dante que esta noche no había cena especial, que seguíamos esperando a que el Instituto Priem nos llamara con una lista de espera que no bajaba nunca.

Pero pensé en la factura. Pensé en el número de la esquina inferior derecha, y en que cuarenta mil no era solo la cena especial. Era, quizá, la diferencia entre que mi hermano llegara a los veinte años o no llegara.

Y entonces, tras un par de minutos, hice lo que llevaba cuarenta y una veces haciendo: decidí que el cuerpo era mío, y que lo que otros hicieran con él durante esas horas no era asunto mío, siempre que volviera.

Siempre volvía.

Apoyé el pulgar en el lector. La pantalla parpadeó —un parpadeo de más, el tipo de parpadeo que hace un sistema cuando procesa algo que no debería procesar en el tiempo que tarda una huella en registrarse— y durante una fracción de segundo, antes de que la barra negra volviera a cubrirlo todo, alcancé a ver algo debajo de la cláusula 14.

No fue una palabra completa. Fue una letra, quizá dos, del tamaño exacto de un nombre que alguien había olvidado tapar del todo: una K, y algo después que podría haber sido una A o podría haber sido cualquier cosa que mi cerebro, ya entrenado en cuarenta y una sesiones para ver amenazas donde solo hay cansancio, decidiera rellenar.

—Listo —dijo Ren, y cerró la pantalla rápidamente, antes de que pudiera pedirle que me lo enseñara de nuevo—. Sesión a las veintidós. Ven con el estómago vacío.

Le pregunté si había visto el parpadeo. Me dijo que no había ningún parpadeo, que llevaba media hora de pie en un pasillo sin ventanas y que probablemente necesitaba comer algo antes de imaginarme cosas en una pantalla.

Puede que tuviera razón. Llevaba cuarenta y una sesiones aprendiendo a no confiar del todo en lo que mi cuerpo decía que había sentido. No tenía por qué empezar a confiar, de repente, en lo que mis ojos decían que habían visto.

Yoli me esperaba fuera, ya vestida, con su turno ya terminado y el gesto de quien lleva un rato apoyada en la misma pared fingiendo que no espera a nadie.

—¿Cuánto? —preguntó, porque entre anfitrionas esa era la primera palabra que salía de la boca.

—Doce horas. Cliente prioritario. Pago por adelantado. No reembolsable. No negociable.

Cinco frases cortas, sin una palabra de más. Así hablaba Ren cuando lo que tenía que decir no le gustaba: en bloques, como quien reparte cartas boca abajo.

Yoli dejó de sonreír de la manera concreta en que dejaba de sonreír cuando algo le parecía mala idea de verdad, y no solo mala suerte.

—Esa combinación no me gusta —dijo—. Confidencial, más horas largas, más pago triplicado. Hace unos dos años hubo una chica, no la conocí, trabajaba en la sede del centro, que entró en algo parecido. Se rumoreaba que dejó de presentarse a los turnos siguientes.

—¿Se fue de la ciudad?

—Eso fue lo que dijo la agencia. —Yoli se encogió de hombros, un gesto entrenado para no significar nada delante de las cámaras del pasillo—.

Hazme caso: cógelo, porque cuarenta mil es cuarenta mil y ninguna de las dos tiene el lujo de decir que no.

Pero cuenta las horas. Cuenta las horas siempre, aunque duela contarlas.

Salí de la Casa de Descanso con cuarenta mil créditos camino de mi cuenta, una cifra grabada detrás de los párpados como una quemadura pequeña, y la advertencia de Yoli metida en el mismo bolsillo donde llevaba el teléfono, chocando contra él a cada paso.

El autobús hacia la Zona Baja cruzaba, si te sentabas del lado derecho, un tramo elevado desde el que se veía Meridian entera partida en dos por una avenida de doce carriles: a un lado, torres de cristal que cambiaban de color con la hora del día, sedes de corporaciones que ni se molestaban en poner su nombre en la fachada porque todo el mundo ya sabía cuál era cuál; al otro, los bloques bajos y las azoteas llenas de antenas caseras de la Baja, donde vivíamos los que hacíamos que las torres siguieran funcionando sin llegar nunca a entrar en ellas.

A las veintidós volvería a esa misma sala tres.

Me tumbaría, dejaría que el parche me buscara el punto exacto detrás de la oreja, y durante doce horas mi cuerpo pertenecería a otra persona cuyo nombre alguien, en algún despacho ejecutivo por encima de todos los despachos que yo conocería jamás, había decidido que no me correspondía saber.

Lo único que yo sabía, mientras cruzaba la Zona Baja hacia casa con la promesa del dinero calentándome más que la chaqueta, era que empezaba con K.