Capítulo 33
SALA DOCE
R en consiguió colarme dentro con una identificación prestada y un pretexto de auditoría interna que, según ella, no resistiría ni cinco minutos de escrutinio real pero que bastaba para cruzar un vestíbulo sin que nadie hiciera preguntas.
Me había cambiado de ropa esa misma mañana, con un traje con chaqueta que Lena había conseguido de algún armario del taller, sintiéndome disfrazada de una versión de mí misma que no reconocía del todo pero que necesitaba interpretar durante los próximos minutos.
—Tienes cuarenta minutos —dijo, antes de dejarme en la puerta—. Después, empiezo a hacer ruido para sacarte de ahí, con o sin tu permiso.
El pasillo hacia la sala doce era exactamente como lo recordaba: blanco, silencioso, con ese tipo de limpieza que resulta más inquietante que reconfortante.
La puerta estaba entreabierta. La empujé despacio, con el pulso martilleándome en las sienes, y me encontré con una mujer de pie junto a la ventana falsa, de espaldas a mí, con una bata blanca que no llevaba ninguna identificación visible.
—Cierra la puerta —dijo, sin girarse—. Y no hables alto. Estas paredes no son tan sordas como Synapsis quiere que la gente crea.
Cerré la puerta con cuidado. Cuando por fin se dio la vuelta, reconocí la cara de la foto que había estudiado la noche anterior, aunque diez años más cansada, con arrugas nuevas alrededor de los ojos que ninguna fotografía de perfil profesional se molestaba en mostrar.
—Doctora Prieto.
—Alma, si no te importa. Llevo demasiado tiempo siendo solo un título en un documento como para que me llames así en persona.
—¿Por qué nos ha estado ayudando?
Fui directa, sin margen para rodeos con los cuarenta minutos de Ren contándose ya en mi cabeza como un reloj de arena imposible de detener.
Alma suspiró, y por primera vez desde que había entrado en la sala, algo en su expresión pareció ceder un poco de esa fachada profesional que llevaba puesta como una segunda bata.
—¿Sabes cuántos traslados como el de tu madre he firmado en veinte años trabajando aquí? —preguntó, sin esperar respuesta—. Perdí la cuenta hace mucho. Firmaba, archivaba, y me decía a mí misma que no era mi decisión, que solo era la mano que sostenía el bolígrafo.
Se frotó las manos mientras lo decía, despacio, una palma contra la otra, como quien se las lava sin agua ni jabón. No pareció darse cuenta de que lo hacía.
—¿Y qué cambió?
—Tu madre cambió. O más bien, lo que le pasó a tu madre.
Fue el primer caso en el que el residuo neuronal sobrevivió tanto tiempo, con tanta claridad.
Empecé a preguntarme si todos los demás también habían tardado tanto en desaparecer del todo, o si simplemente nadie se había quedado el tiempo suficiente para comprobarlo.
Noté que todas mis certezas se reordenaban de golpe, entendiendo de pronto que mi madre no había sido solo una víctima más de este sistema. Había sido, sin saberlo, la grieta que había empezado a resquebrajar la conciencia de la única persona con autoridad suficiente para hacer algo al respecto.
—¿Puede ayudarla? —pregunté, sin más rodeos, sintiendo que cada minuto que pasaba en esa sala me acercaba más al límite de Ren—. A mi madre. De verdad, no solo con papeleo o alarmas retrasadas.
—Puedo. No sé si puedo garantizar el resultado, pero puedo intentar lo que ningún otro neurólogo de esta ciudad se atrevería siquiera a proponer sin la autorización oficial que yo todavía tengo.
—¿Qué necesita a cambio?
Alma se quedó callada un momento, sopesando la pregunta con el cuidado de alguien que ya sabía exactamente lo que iba a pedir y solo necesitaba encontrar el orden correcto de las palabras.
—Necesito que cuando todo esto termine, mi nombre aparezca en tu lista junto al de Kade, no separado de él. No merezco protección solo porque al final decidí hacer lo correcto.
Me quedé mirándola, sorprendida por una petición que no esperaba de alguien que llevaba meses ayudándonos en secreto exactamente para evitar ese destino.
—¿Está segura? Podríamos protegerla si quisiera. Ren podría gestionarlo.
—No quiero que me protejan. Quiero que las setecientas catorce familias sepan exactamente quién firmó cada uno de esos papeles. Es la única forma de que esto signifique algo de verdad.
Acepté, aunque la decisión me dejó un sabor extraño en la boca, algo a medio camino entre el respeto y la incomodidad de negociar el destino de una mujer que apenas conocía.
—¿Cómo funcionaría? Lo de mi madre.
—Necesito acceso a ella durante al menos tres sesiones, con equipo especializado que no puedo sacar de aquí sin levantar sospechas de inmediato.
Va a requerir moverla, aunque sea temporalmente, a una instalación con el equipo adecuado.
El rechazo que provoqué hace ocho años fue específico contra un proceso de transferencia forzada, contra una conciencia ajena entrando a la fuerza.
Su propia mente regresando a su propio cuerpo es, biológicamente, un proceso completamente distinto.
Con el equipo correcto, no hay motivo para que el mismo rechazo se repita.
—¿Qué instalación?
—Hay una clínica privada en las afueras, financiada de forma indirecta por Synapsis a través de tres empresas fachada distintas. Kade no sabe que existe, o al menos no sabe que yo tengo acceso a ella. La usábamos para casos que preferíamos mantener fuera del radar oficial.
Algo en la forma en que lo dijo, con esa mezcla de vergüenza y resignación profesional, me hizo entender que esa clínica había servido, probablemente, para encubrir cosas mucho peores que la ayuda que ahora me estaba ofreciendo.
—¿Cuándo podríamos hacerlo?
—Necesito al menos tres días para preparar el equipo. Después, habría que coordinar el traslado con el mismo cuidado que usasteis para sacarla de aquí la primera vez. No podemos permitirnos errores.
—¿Kade sabe que usted me está ayudando?
Alma negó con la cabeza, aunque algo en su expresión sugería que la pregunta le rondaba la cabeza más de lo que quería admitir.
—No, y necesito que siga siendo así. Si él supiera que yo formo parte de esto, no dudaría en usarme para llegar a ti, de la misma forma en que intentó usar a tu madre para llegar a él mismo.
—¿A qué se refiere?
—Kade lleva años buscando un cuerpo compatible para completar su propio Anclaje. Tu madre nunca fue solo una víctima al azar, Mara. Fue estudiada, elegida, seguida durante meses antes de que decidieran actuar. Igual que tú lo fuiste después.
Sentí que todo el aire se me quedaba atascado en algún punto entre el pecho y la garganta. Las fotos que estaban en el expediente. La sensación constante, durante toda mi vida, de que alguien me observaba desde algún sitio que nunca conseguía identificar del todo.
—¿Por qué yo? De entre toda la gente que podrían haber seguido, ¿por qué mi familia?
—Compatibilidad genética con tu madre, para empezar.
Pero también algo más difícil de cuantificar en un informe médico: resistencia psicológica.
Kade no solo necesita un cuerpo compatible.
Necesita a alguien capaz de sobrevivir al proceso sin romperse del todo.
Vio eso en tu madre primero. Y después, cuando ella resultó no ser suficiente, lo empezó a ver en ti.
—¿Por qué no fue suficiente? Mi madre, quiero decir.
Alma dudó antes de contestar, y por primera vez desde que había empezado a hablar, algo parecido a la culpa cruzó su cara sin disimulo.
—Porque yo la salvé, a mi manera. Retrasé el proceso lo suficiente como para que su cuerpo original entrara en un estado de rechazo antes de que la transferencia se completara del todo.
No fue un accidente médico, Mara. Fue lo único que se me ocurrió hacer aquella noche sin que nadie notara que había sido deliberado.
Me quedé completamente inmóvil, incapaz de decidir si lo que sentía era gratitud o una furia fría dirigida hacia una mujer que llevaba ocho años sabiendo exactamente por qué el cuerpo de mi madre estaba marcado como no viable, sin decírselo nunca a nadie que pudiera haberlo arreglado antes.
—¿Por qué no me lo dijo antes? Podríamos haber actuado hace años, si hubiéramos sabido la verdad completa.
—Porque decírtelo habría significado confesar mi propia participación en todo esto, y durante mucho tiempo, el miedo pudo más que la culpa. No estoy orgullosa de eso. Pero es la verdad, y creo que ya llevas suficiente tiempo recibiendo mentiras bonitas de gente que dice quererte.
Un golpe suave en la puerta nos interrumpió antes de que pudiera contestar. La voz de Ren, apenas un susurro al otro lado, con una urgencia que reconocí de inmediato.
—Mara. Cinco minutos. Alguien está haciendo una ronda de seguridad que no estaba en el horario habitual.
Alma y yo intercambiamos una mirada rápida, midiendo en silencio cuánto de lo importante todavía quedaba por decir.
—Necesito una respuesta —dijo ella—. ¿Aceptas mis condiciones?
Pensé en las setecientas catorce familias. Pensé en mi madre, sola en una habitación verde, esperando una decisión que no sabía que estaba a punto de tomar por ella. Pensé en Dante, preguntándome esta misma mañana si algún día iba a poder conocerla de verdad.
—Acepto.
—Entonces necesito tu número de contacto seguro. Te escribiré en cuanto tenga una fecha exacta para el traslado.
•
Salí de la sala doce con el corazón todavía acelerado, siguiendo a Ren por el mismo pasillo blanco que había cruzado minutos antes, aunque esta vez el edificio entero parecía distinto, cargado con un peso que la arquitectura por sí sola no podía explicar.
Cruzamos el vestíbulo sin que nadie nos detuviera, un guardia distraído con el teléfono como única presencia entre nosotras y la puerta principal. Fuera, respiré hondo por primera vez en unos cuantos minutos, dejando que el frío de la tarde me devolviera algo parecido a la calma.
—¿Ha ido bien? —preguntó Ren, ya dentro del coche, con las manos todavía tensas sobre el volante.
Pensé en cómo resumir esa conversación que había cambiado, de una forma u otra, todo lo que creía saber sobre por qué mi familia había sido la elegida entre miles de otras posibles.
—Ha ido mejor de lo que esperaba. Y peor de lo que estaba preparada para escuchar. Las dos cosas a la vez.
Ren no insistió en preguntar más, quizás reconociendo en mi voz la clase de peso que necesita tiempo antes de poder compartirse con palabras completas. Condujo en silencio durante varios minutos, dejándome espacio para ordenar, aunque fuera un poco, todo lo que acababa de descubrir.
Miré el edificio de Meridian Norte encogerse en el espejo retrovisor, ese lugar que había estado guardando a mi madre durante ocho años y que ahora, de alguna forma extraña, también guardaba la explicación de por qué mi vida entera había sido observada desde las sombras.
Le escribí un mensaje a Lena, breve, lo justo para que supiera que estaba bien y que había merecido la pena el riesgo: Reunión de equipo esta noche. Tengo mucho que contar, y no todo es bueno.
Su respuesta llegó antes de que hubiera terminado de guardar el teléfono en el bolsillo: Ahí estaremos. Todos.
Sonreí, a pesar del peso que todavía sentía en el pecho, ante esa última palabra. Todos. Después de vivir tantas semanas de secretos fragmentados y noticias a medias, por fin íbamos a poder sentarnos juntos, sin nada más que la verdad completa sobre la mesa.