Huellas en los fiordos (Hildur 1) 52. Noviembre de 2019, Ísafjörður
99%

52. Noviembre de 2019, Ísafjörður

El líquido marrón amarillento llenó las jarras hasta formarse un centímetro de espuma suave en la superficie. La nueva cerveza de la cervecería local, una rubia oscura con sabor a naranja, acababa de llegar. La habían pedido por recomendación del camarero.

—Yo invito —dijo Beta en la barra antes de pasar la visa por el terminal de pago.

Jakob llevó las jarras a la mesa más apartada del bar. Hildur contribuyó con una cesta de nachos con salsa.

El local se encontraba en un edificio blanco de madera de la calle principal.

Era el único bar-restaurante del pueblo que abría los siete días de la semana.

La carta anunciaba pescado fresco, hamburguesas y ensaladas.

Los fines de semana, las bandas locales daban conciertos en la sala de la parte trasera.

Esa noche sonaban las canciones del tercer álbum de Sigur Rós por los altavoces.

En los restaurantes de los pueblos pequeños, a menudo se dejaba encendida la televisión para que los aficionados al sillonbol pudieran ver los partidos mientras se tomaban una cerveza.

Sin embargo, el ambiente en aquel restaurante era bastante tranquilo; sobre todo porque los televisores estaban en un edificio anexo del patio trasero.

Allí, en una gran pantalla, se emitían partidos de fútbol constantemente, y quien quisiera podía disfrutar de ellos con toda la intensidad que fuera necesaria.

Los tres policías colgaron los abrigos en un perchero de herraduras viejas que tenían junto a la mesa.

—Salud —dijo Hildur antes de levantar su vaso.

Las tres jarras tintinearon al chocar entre sí.

La cerveza de invierno estaba buena; la naranja amarga dejaba un buen regusto.

Se quedaron un rato en silencio saboreando la cerveza mientras miraban por la ventana la oscura noche de noviembre.

Fuera estaba lloviendo; la nieve de las calles se había derretido.

La nieve iba y venía. Ese mismo vaivén se repetiría durante todo el invierno.

Hildur miró a su alrededor. Allí estaban sus personas más cercanas, con las que pasaba más tiempo. Sólo faltaba su tía Tinna. Freysi ya no estaba.

Beta se tomaría como mucho dos cervezas antes de volver a casa.

Su marido viajaba mucho por trabajo, por lo que a menudo era ella quien se encargaba de preparar la cena a los niños y de leerles un cuento antes de dormir.

A Beta no parecía molestarle demasiado; decía que le gustaba pasar tiempo en casa.

Era ambiciosa y le apasionaba su trabajo, pero nunca hacía horas extra, salvo en situaciones extraordinarias.

Ella vivía según predicaba, así que sus subordinados tampoco tenían necesidad de demostrar su valía haciendo jornadas interminables.

Los tres estaban agotados. El viaje a Hesteyri de hacía apenas unos días había durado más de veinticuatro horas.

El helicóptero que debía trasladar el cadáver estaba ocupado transportando a dos pacientes que iban a ser operados de urgencia.

Al ver que tendrían que esperar, habían cortado la cuerda y bajado a Marta entre los tres para hacer un examen preliminar antes de cubrir el cadáver con una sábana.

Marta no quería que nadie volviera a sufrir tanto como ella. Lo había planeado todo hasta el último detalle para que nadie pasara por el mismo duelo.

Cuando el helicóptero se llevó su cuerpo, la tormenta era tan fuerte que el trayecto en barco habría resultado demasiado peligroso, así que los cuatro, ellos y el capitán, decidieron pasar la noche en la cabaña.

Para cenar, se calentaron en un hornillo de gas unas albóndigas de pescado en conserva que encontraron en los armarios de la cocina.

Los papeles de la cabaña habían confirmado la conexión entre Lísa, la chica que había muerto en Hesteyri el verano anterior, y las otras víctimas.

Su certificado de nacimiento indicaba que Jón también había sido su padre biológico.

La madre de Lísa la había tenido siendo una cría, con apenas dieciséis años.

Lo que no sabían era cómo había conseguido Marta su certificado de nacimiento.

También era un misterio en qué momento Jón, que había engendrado a dos criaturas, se había convertido en un pedófilo que acosaba a adolescentes.

Lísa y Heiðar eran medio hermanos, pero habían muerto sin saber la existencia uno del otro.

Algunas cosas serían un misterio para siempre. A veces no se podía saber todo, y había preguntas que ya no tenían respuesta.

Todo el material relevante que se habían llevado de la cabaña de Marta, incluso los clips que sujetaban los papeles, lo separaron en varios grupos en la sala de reuniones de la comisaría.

Pasarían los siguientes días revisándolo todo y escribiendo los informes relacionados con el caso.

Beta había recibido una llamada del laboratorio forense de Reikiavik esa mañana.

Los resultados de las pruebas de ADN confirmaban lo que ya sabían: Jón, Heiðar y Freysi eran de la misma familia.

Aunque no estaban de humor para celebraciones, salir a tomar unas cervezas al único tugurio del pueblo les había parecido a los tres una idea estupenda.

Hildur pensaba en el funeral que tendría lugar el sábado siguiente.

Freysi sería enterrado en la capilla del pueblo.

Beta se había ofrecido a acompañarla, pero Hildur, que había agradecido el gesto, prefería ir sola, aunque sabía que no iba a ser fácil.

Tenía previsto sentarse en la última fila.

Desde allí podría verlo todo, pero no tendría que soportar las miradas de los demás. Eso lo haría un poco más soportable.

Hildur tiró el cuenco de los nachos hacia ella y untó uno con la salsa de queso. Había salido a correr un rato por la tarde y después no había tenido tiempo de cenar. Los nachos y la cerveza serían un buen sustituto.

Jakob se había terminado su cerveza y se ofreció a pedir otra ronda para todos. Antes de ir a la barra, sacó un paquete envuelto en papel de su bandolera.

—Ayer terminé las axilas. He bautizado el diseño como Hildur, así que esta primera pieza de prueba es para ti. Creo que encaja bien con tu estilo.

Hildur cogió el paquete y se apresuró a abrirlo. Se puso muy contenta. Era el jersey de lana marrón claro, con ese jacquard vistoso y detallado, que había estado tejiendo Jakob. Era magnífico. Hildur lo desplegó y lo acarició con suavidad.

—Gracias, es maravilloso —dijo emocionada, y se lo puso de inmediato.

Jakob volvió poco después con la segunda ronda de cervezas.

Hildur miró a su colega. Hacía muy poco que se conocían, pero ya lo consideraba un buen amigo.

Le gustaba su compañía. Era como un vaso de agua fresca: sin malentendidos, sin mensajes ambiguos, sin sorpresas.

Jakob no trataba de hacer bromas todo el rato ni de ser el centro de atención.

La tranquilidad que irradiaba quizá se debía seguramente a todo lo que había vivido.

Cuando uno es consciente de lo que puede llegar a pasar, es capaz de relativizar y poner las cosas en su sitio.

Hildur esperaba que no regresara a Finlandia tan pronto.

—¿Ya tienes planes para las vacaciones de Navidad?

—La verdad es que sí. Voy a Noruega.

Según la resolución del tribunal noruego, le correspondían visitas supervisadas con su hijo los días comprendidos entre Navidad y Año Nuevo.

—No sé si podré verlo, pero voy a intentarlo —dijo Jakob, y bebió un sorbo de cerveza —. Por supuesto, después volveré a Ísafjörður. Todavía me quedan varios meses de prácticas.

En ese momento, la puerta del restaurante se abrió de golpe. Guðrún. La melena rubia le asomaba bajo el gorro revuelta por el viento. Llevaba una larga chaqueta de lana desabrochada y el tono perfecto de pintalabios. Cerró la puerta y se quitó el gorro empapado.

—Iba de camino a la tienda y he visto caras conocidas por la ventana. No os molestará que me una, ¿verdad? —preguntó, y se sentó en el sofá al lado de Jakob sin darles tiempo a contestar.

Guðrún colocó el trasero pegado a Jakob y le acarició la barba con gesto posesivo. Él la besó ligeramente en los labios.

Guðrún no molestaba a nadie, al contrario. A Jakob le brillaban los ojos, y a Hildur le alegraba verlo tan feliz.

—Por cierto, ese jersey te queda como una astilla en el culo —dijo Guðrún.

Era una vieja expresión que se usaba cuando dos cosas quedaban perfectas.

Hildur le dio las gracias y señaló a Jakob con la cabeza.

—Es muy habilidoso con la aguja.

—Es una auténtica joya —dijo Guðrún, y le pellizcó el muslo a Jakob.

Hildur se rió, se remangó el jersey que llevaba su nombre y se acercó a la barra. Al apoyarse, se vio en el espejo de la pared. Volvió a mirarse, satisfecha de lo que veía. Llamó al camarero: la siguiente ronda corría de su cuenta.