51. Noviembre de 2019, Hesteyri
El capitán entreabrió la ventana varios centímetros para que entrara aire fresco en la cabina y las ventanas no se empañasen con el vapor de la respiración.
Era una embarcación muy pequeña. Hildur, Jakob y Beta iban apretujados en un banco de piel sintética contra la pared del camarote.
Entre el banco y el capitán había una pequeña mesa con la carta náutica del fiordo de Ísafjörður pegada con plástico adhesivo.
Hildur se abrió el abrigo para aliviar el calor. Beta les contó que en verano solía hacer caminatas con su familia en la reserva natural de Hornstrandir. Su marido era aficionado a la fotografía y le encantaba hacer fotos a los zorros polares que habitaban en la reserva.
En la cabina del capitán hacía demasiado calor, pero la cubierta del barco no era una alternativa muy seductora. La pequeña embarcación avanzaba a contraviento y las olas salpicaban agua helada sobre la cubierta.
—Calculo que disponemos de unas cuatro horas antes de que vuelva a arreciar el viento —indicó el capitán desde el timón, vestido con un grueso jersey de lana, vaqueros y una gorra.
Cuanto más se alejaba el barco del puerto, más se tambaleaba. El oscilante movimiento lateral hacía que se les revolviera el estómago; por suerte, el traqueteante trayecto sólo duraría tres cuartos de hora.
—Ojalá nos hubiéramos dado cuenta antes de este patrón —dijo Hildur, pensando en voz alta: al final, las pistas de todas las víctimas los habían llevado hasta Jón —. Lo que más rabia me da es no haber comprendido enseguida el papel de Freysi en todo esto.
Hildur sabía que sus padres habían fallecido mucho antes de que ellos empezaran a salir.
Él era hijo único y lo habían tenido ya mayores.
Eso era todo lo que Freysi le había contado sobre su familia.
Hildur se maldijo por no haber descubierto antes que Gunnar, el padre de Freysi, y Jón eran hermanos.
Al fin y al cabo, era bastante común que los habitantes de un mismo pueblo pequeño estuvieran emparentados.
Lo extraño era que la gente no lo supiera.
—No te machaques. Ha sido un caso complicado. Seguramente los padres de Freysi no querían tener ninguna relación con Jón. Todos sabían que era un tipo raro.
La empatía de Jakob la reconfortaba. Hildur lo miró; estaba pálido.
—En los informes médicos de Lísa, leí que tenía apnea del sueño.
Leyendo sobre infarto cerebral, he encontrado un estudio que las relaciona.
Lo más probable es que Lísa fuera portadora del mismo gen que Freysi —dijo Jakob —.
Es decir, el mismo gen del que eran portadores Heiðar y la hija de Valgerður.
De pronto, se quedó blanco como el papel. Sacó una bolsa de la caja de la mesa y vomitó. El movimiento oscilante del barco resultaba demasiado brusco para alguien que no acostumbraba a navegar.
Poco después, se acercaron a la orilla y el barco aminoró la marcha.
—Final de trayecto —informó el capitán de forma lacónica, y se encajó aún más la gorra.
Querían ver la vieja cabaña de Marta, la que aparecía en la fotografía de Tinna y en la que Lísa había muerto el verano anterior.
Hildur y Jakob bajaron del barco detrás de Beta. La madera del embarcadero se había vuelto gris. Las algas colgaban como melenas de su estructura. A un lado del embarcadero había una pequeña barca motora. Alguien la había arrastrado por la orilla y amarrado a las enormes rocas con una cuerda.
Se quedaron un instante en el lugar para observar el entorno.
Entre la costa y las montañas nevadas que se alzaban al fondo, sólo había una franja de unos pocos cientos de metros de terreno llano.
Era un paisaje raso y sin árboles. El viento había formado dunas de nieve; algunas cabañas habían quedado enterradas bajo el manto blanco y asomaban como pequeñas protuberancias.
Las cabañas estaban diseminadas de forma aleatoria a lo largo de la costa. La mayoría eran blancas de madera con tejado rojo de chapa. Se calentaban con aceite, ya que la madera era muy cara y llevarla hasta allí en barco era muy complicado.
Tinna les había dicho que la cabaña de Marta era negra y estaba situada en una ladera de pendiente suave. Hildur observó el terreno con detenimiento hasta dar con ella.
—La tercera por la derecha —dijo, y encabezó la comitiva a través de la nieve.
Cuando estaban cerca de la cabaña, dos grandes cuervos salieron volando desde el otro lado. Habían estado mordisqueando restos de comida; entre la nieve había pieles de patata y trozos de zanahoria.
Junto a la entrada todavía se distinguían las huellas de unas enormes botas de montaña. Ninguno de ellos había cogido armas, convencidos de que no las necesitarían. En cualquier caso, aunque hubiera alguien en la cabaña, ellos eran tres. Hildur sabía que allí un arma no les serviría de nada.
Hildur agarró el grueso picaporte de madera y miró a sus colegas antes de tirar hacia abajo con fuerza.
La puerta crujió. La entrada era pequeña y estrecha.
Una red de pesca cubría la pared. Unas botas de vadeo de talle alto estaban colgadas de un clavo por los tirantes.
Encima de un taburete amarillo, alguien había colocado, a modo de bienvenida para los huéspedes, una fotografía, una caja de latón y una Biblia.
La foto estaba descolorida y estropeada por los años y la humedad.
Hildur la cogió para mirarla de cerca. Una mujer de unos veinte años sonreía a la cámara con los ojos entornados.
Era verano y el sol brillaba con fuerza.
El fondo de la fotografía era negro; lo más seguro era que la hubieran tomado contra la pared de la parte sur de la cabaña.
Una mujer de pelo rubio llevaba en brazos a una niña de aproximadamente un año de edad.
Las dos tenían la misma mirada y la misma melena rubia y larga.
La niña tenía el pelo extraordinariamente largo para su edad y lo llevaba recogido en una cola de caballo alta con un lazo rojo. Las dos estaban riendo.
Hildur reconoció a la mujer al instante. Era la misma foto que había visto en el obituario de Valgerður, aunque para la necrológica habían recortado la cara de la mujer.
Le dio la foto a Jakob y cogió la cajita de metal.
Dentro encontró una tarjeta blanca del hospital de maternidad.
La comadrona había escrito a mano el sexo, la fecha de nacimiento, el peso y la longitud del bebé.
En la parte delantera, se había estampado la huella del pie de la recién nacida.
Era una huella diminuta y delicada, pero se distinguían todos los dedos.
En el fondo de la cajita había un mechón de niña atado con un lazo rojo. Era pelo rubio y fino.
Hildur cogió la Biblia y la hojeó rápidamente.
Entre las páginas del libro había varios marcapáginas.
Abrió el libro por el último marcador y leyó el texto.
Era del Evangelio de san Mateo. Después de leer las últimas líneas, supo que lo que había presentido durante el trayecto en barco era cierto: allí no había nadie que pudiera suponer un peligro para ellos.
«Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.»
Hildur supo lo que había pasado antes de mirar hacia la estancia principal de la cabaña por el cristal de la puerta del pasillo.
Al salir del hospital psiquiátrico, Marta había regresado a su cabaña.
A su antigua casa de verano. Unas pesadas botas de montaña colgaban a la altura de los ojos de Hildur.
En su día habían sido negras y brillantes; ahora estaban rayadas, con las punteras grises y la suela desgastada.
Era evidente que les habían dado uso. Se mecían suavemente como plantas de altramuz en la brisa veraniega.
Una escalera de aluminio estaba tirada de lado en el suelo.
Hildur abrió la puerta y entró en la estancia principal. Los golpeó un hedor espantoso. El cadáver debía de llevar bastante tiempo colgado de la viga del techo. Hildur avanzó a oscuras. Había oído un leve crujido.
Por una pequeña ventana de ventilación del techo, entraba una suave corriente de aire que hacía oscilar unas hojas de papel de la pared. Hildur oyó cómo Beta salía de la cabaña. Probablemente volvía a la barca. Se necesitaría ayuda para mover el cadáver.
Todos los muebles del pequeño cuarto de estar se habían amontonado a la pared de la izquierda.
Hildur se quedó paralizada. Todo el largo de la pared estaba cubierto de una línea de folios A4 colocados en vertical.
Los papeles, fijados con chinchetas, estaban llenos de dibujos y textos escritos en letra diminuta.
Hildur intuyó que aquellas frases, horas y fechas conformaban una especie de cronología.
Freysi sale a correr por las tardes a las 20 h. En solitario ¿cuándo?
Garaje de Hverfisgata, Reikiavik + llaves
17 h Ísafjörður en coche
Pizza a domicilio (¡comprobar fecha y hora!)
22 h llegada a Reikiavik
Cámaras (hecho)
Debajo de aquella línea temporal había un montón de hojas con nombres.
De cada una de las etiquetas salía una flecha que señalaba hacia otra etiqueta.
Hildur recordó lo que le había dicho Lian por teléfono: Marta se había dedicado a hacer estudios genealógicos en su habitación del hospital.
Lo que Hildur tenía delante era eso: un árbol genealógico.
Se concentró en analizar el diagrama.
Del nombre de Jón salían dos flechas y el texto «dos hijos». Heiðar y Lísa. El padre y sus hijos. Todos muertos.
Al lado de Jón estaba su hermano Gunnar y, debajo de Gunnar, una etiqueta que leyó con un escalofrío: Freysi. Los hermanos y el sobrino. Muertos, todos y cada uno de ellos.
En el diagrama, Heiðar estaba conectado a Valgerður y de los dos salía una flecha hacia un niño pequeño.
«El padre y la madre.» Valgerður había tenido una hija con Heiðar que había muerto siendo un bebé por una enfermedad cerebrovascular hereditaria.
Valgerður se había suicidado y Heiðar, que portaba el gen, había sido asesinado.
Mientras estudiaba el detallado árbol genealógico, Hildur se dio cuenta de que toda la familia, desde Jón en adelante, había sido aniquilada.
Uno a uno, Marta había ido asesinando a todos los que sabía que eran parientes de Jón: a todo aquel que tuviera un cincuenta por ciento de probabilidades de ser portador del gen.
Marta se había asegurado de que nadie volviera a tener que sufrir lo mismo que había sufrido ella: la muerte prematura de su propia hija y de su nieta.
Jakob, que había entrado en la habitación sin hacer ruido, estaba al lado de Hildur observando las notas de la pared. Hildur tragó saliva.
—Al final, todo esto no era tan complicado. Al contrario, era bastante simple, ¿lo ves? Érase una vez una mujer que había sido despojada de todo y que acabó perdiendo la razón —dijo poniendo punto final a la historia de Marta.