Capítulo 50
Hildur notaba cómo el viento hacía oscilar el coche en la carretera.
El capitán que había accedido a llevarlos en su embarcación les había asegurado que el viento amainaría hacia las dos de la tarde.
Entonces podrían cruzar la hondonada y poner rumbo a Hesteyri.
La travesía duraba poco más de una hora.
Hildur, Beta y Jakob habían intentado localizar a Marta, pero la mujer no había tenido ninguna dirección habitual después de su estancia en el hospital.
No había hecho ningún contrato de electricidad y tampoco había registrado ningún vehículo a su nombre.
No tenía tarjetas de crédito, cuenta de banca electrónica, ni teléfono móvil.
Era como si Marta hubiera desaparecido al salir del hospital.
Margrét les había hablado de un albergue para cuatro personas.
Tenían que ir allí lo antes posible, pero el capitán no saldría antes de dos horas.
Habrían podido pedir ayuda a la patrulla costera de Islandia, pero les había parecido un poco exagerado, al no tener sospechas de que hubiera alguien en peligro de muerte.
Por tanto, debían tener paciencia. Las condiciones meteorológicas siempre tenían la última palabra.
Mientras esperaban a que mejorase el tiempo, Hildur había ido con Jakob a casa de su tía Tinna.
Tinna conocía bien Hesteyri. A los trece años, Hildur fue con su tía por primera vez a la reserva natural de Hornstrandir.
No olvidaría aquel verano en su vida. Fue el primero después de la desaparición de sus hermanas.
A partir de entonces, Hildur y su tía hicieron una excursión cada verano, y esa tradición se mantuvo hasta que Hildur entró en la universidad.
Hildur se rindió a la belleza de Hornstrandir aquella semana de vacaciones.
En aquel exuberante valle, entre el rumor de la hierba y la presencia de aquellas majestuosas montañas, se sintió en comunión con la naturaleza.
En medio de aquellos paisajes melancólicos, ya no se sentía sola ni desgraciada.
Se sentía poderosa y en paz, todo lo demás parecía secundario.
Tinna y Hildur habían viajado en barco desde Ísafjörður a la reserva natural. Allí se habían alojado en casa de una buena amiga de Tinna que tenía una vieja cabaña de madera a la orilla del mar. Tinna conocía las casas de la reserva mejor que Hildur.
—Hola, tía, ya hemos llegado —anunció Hildur.
Un olor a café recién molido llenaba el vestíbulo.
—Pasad. Estaba poniendo la mesa.
Tinna puso en marcha la cafetera y abrazó a su sobrina. Después, abrazó a Jakob y le agarró las dos mejillas.
—Pareces un chico muy guapo —declaró Tinna, sin disimular su entusiasmo.
—Éste es Jakob, mi compañero de trabajo, el finlandés del que te hablé.
—Ya lo sé, mujer. Sólo estaba bromeando. Vamos a sentarnos.
Hildur se fijó en que su tía había sacado el juego de café bueno.
Tinna sirvió el café en las tazas y les ofreció pastel de navidad, un bizcocho de canela cubierto de azúcar glas y relleno de nata.
Antes, sólo podían encontrarse en pleno invierno en los supermercados, pero ahora ya se vendían desde noviembre.
Con su envoltorio verde, el pastel era la señal de que la Navidad estaba a la vuelta de la esquina.
—¿Qué os ha traído hasta aquí?
Hildur le dijo que querían hablar de Hesteyri.
—Oye, ¿no recordarás por casualidad a una mujer llamada Marta?
La tía Tinna tanteó la mesa. Jakob la ayudó empujando la espátula del pastel hacia ella. Tinna se cortó un grueso trozo de pastel con olor a canela y se quedó pensativa unos segundos.
—Es por un asunto de trabajo. Nos gustaría contactar con ella.
—Marta... Sí, claro que la recuerdo. La casa de su familia se encontraba justo al lado de la de mi amiga. Compartían una cañería.
Cuando los últimos habitantes abandonaron Hornstrandir en la década de 1950, las casas quedaron como cabañas de verano. La mayoría no tenía agua corriente, por lo que algunos propietarios construyeron una red de cañerías que llevaba el agua de los arroyos de la montaña hasta las casas.
—Cuando murieron sus padres, Marta heredó la cabaña. Vivía allí en verano y ya de joven empezó a alquilar camas a los excursionistas.
Tinna recordaba que había sido un lugar de pernocta popular entre los islandeses. El albergue nunca había estado anunciado en ninguna parte, pero todos lo conocían y hacían la reserva a través de las empresas de transporte en barco.
Tinna se levantó y fue al cuarto de estar. En la televisión estaban dando un programa de telerrealidad ambientado en una isla tropical. Abrió el cajón inferior del mueble de la tele y se agachó a buscar algo.
Jakob se estiró hacia Hildur.
—¿Por qué no me habías dicho que tu tía es ciega? —le susurró.
Hildur no comprendía la pregunta. ¿Por qué habría tenido que decírselo? Ella ya había normalizado que su tía fuera invidente. La visión de su tía había empeorado abruptamente hacía unos veinte años, y en poco tiempo la había perdido por completo.
—Pues no lo sé. ¿Debería haberte contado que tiene el pelo castaño?
Jakob lo captó de inmediato. Miró a Hildur con una sonrisa conciliadora, sirvió más café en las tazas y dio el tema por zanjado.
—Quizá os interese echarle un vistazo a esto —dijo Tinna desde la puerta.
Llevaba en la mano un álbum de fotos marrón con una rosa plateada y el año 2000 en la cubierta.
Tinna volvió a sentarse, le dio el álbum a Hildur y le pidió que buscara las fotos del verano de aquel año.
Con el tiempo, las hojas del álbum se habían quedado pegadas unas a otras. Hildur las separó con cuidado para no romper las membranas protectoras. Hacía mucho que no miraba fotografías antiguas.
Las fotos del verano estaban al final. Hildur se acercó el álbum para verlas de cerca.
En ellas se reflejaba la despreocupación del verano.
Brillaba el sol, el mar era azul, la gente estaba relajada y de buen humor.
Algunas fotos estaban sobreexpuestas, pero distinguía fácilmente a la tía Tinna y a ella misma.
—Guau, ¿ésa eres tú? —preguntó Jakob.
En la foto que le señaló, Hildur iba vestida con unas bermudas vaqueras y una camisa de franela a cuadros blancos y azules atada con un nudo a la altura del ombligo. Llevaba el pelo recogido en dos moños.
Hildur dio un bufido.
—Se nota que me gustaban las Spice Girls, ¿no?
Continuó mirando las fotos. Tinna y ella en el barco de camino a Hesteyri; Tinna y ella tomando el sol en camiseta delante de la cabaña.
—Debería haber una foto en la que salimos cuatro mujeres en el patio. Estábamos recogiendo ruibarbo y un excursionista que pasaba se ofreció a hacernos una foto.
Hildur encontró la fotografía. Estaban sentadas en un banco que habían sacado al patio y tenían delante dos enormes cubos de plástico llenos de trozos de ruibarbo.
Las enormes y gruesas hojas de ruibarbo estaban apiladas al lado del banco.
Hildur se había arremangado la camisa y estaba arrancando una hoja de un tallo de ruibarbo.
Tinna estaba sentada a su lado con una mano en la frente para protegerse los ojos del sol.
—¿Quiénes son estas dos que están con nosotras? —preguntó Hildur.
Había una mujer de la edad de Tinna que reía a la cámara.
Una camiseta sin mangas dejaba al descubierto unos brazos musculosos.
En una mano tenía dos largos tallos de ruibarbo; en la otra, un cuchillo que parecía afilado.
Con sus enormes manos, la mujer tenía un aspecto fuerte y afable al mismo tiempo.
A sus pies, sentada en la hierba, había una niña en edad escolar.
Sujetaba una hoja de ruibarbo sobre su cabeza a modo de sombrilla y también estaba riendo.
—Ahí están Marta y su hija, Valgerður. Coincidieron con nosotras un verano en Hesteyri. Fueron unos días muy felices para todas —dijo Tinna, y se llevó la taza de café a los labios.
Hildur se quedó pensando. No recordaba a las personas de la foto, pero tampoco era raro, porque cada verano pasaban por Hesteyri muchos viajeros. Tinna les dijo que Marta y Valgerður tenían una relación muy estrecha.
—En cierto modo, eran algo más que madre e hija. Tenían una relación muy intensa. Andaban siempre juntas, se terminaban las frases una a la otra. Era como si hubieran crecido del mismo tallo.
A Hildur le llamó la atención el magnífico cabello de la niña de la foto. La melena le caía como una cascada hasta mitad de la espalda. Tenía los cabellos gruesos y rubios como la avena madura.
Tinna dejó la taza de café en el platillo con un tintineo y se puso seria.
—Más tarde, pasó una cosa horrible. Creo que tú estabas viviendo en Reikiavik. Supongo que no lo recordarás.
Sucedieron muchas cosas aquel año. Valgerður había tenido una niña con un hombre de Reikiavik.
El hombre estaba casado, pero había prometido que dejaría a su mujer cuando Valgerður diera a luz a su hija.
Sin embargo, la niña murió antes de cumplir los dos años.
Le habían diagnosticado una enfermedad genética muy rara que afectaba al cerebro.
La muerte de la niña fue un golpe muy duro para la joven madre, que nunca llegó a recuperarse. Valgerður acabó suicidándose.
—Marta perdió el norte tras la muerte de su nieta y el suicidio de su hija. Pasó mucho tiempo en el hospital psiquiátrico. No he vuelto a saber nada de ella. Su casa de Hesteyri quedó vacía.
Se quedaron en silencio alrededor de la mesa. Sólo se oía el tictac del reloj. El programa de la isla tropical había terminado y en la televisión daban el parte meteorológico de la tarde. Había alerta de tormenta en las regiones marítimas del noroeste.
«A la niña le diagnosticaron una enfermedad genética muy rara que afectaba al cerebro», repitió Hildur mentalmente. La hija de Valgerður y Heiðar. En ese instante, el obituario que llevaba tanto tiempo quitándole el sueño cobró sentido.
Mis ojos, tus ojos
oh, piedras preciosas
lo mío es tuyo y lo tuyo es mío
sabes a qué me refiero.
Lo siento, por todo. Ni siquiera llegamos a conocernos.
Hildur acababa de comprender la extraña formulación del obituario. Heiðar no se estaba dirigiendo a Valgerður. ¡Hablaba de su hija! Heiðar no había llegado a conocer a su hija. En el obituario pedía perdón por haber sido el culpable de su muerte, por haberla matado con sus propios genes.
Hildur se levantó y se puso el abrigo. Era hora de ir a Hesteyri.