Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Tras cambiarse el traje de neopreno por una muda seca en el asiento trasero del coche, Hildur tomó el camino más directo desde Bolungarvík hasta la comisaría. Encendió el ordenador, inició sesión y no tardó en encontrar lo que buscaba.

En efecto, la memoria no le había fallado.

Una chica había muerto el verano anterior en la reserva natural de Hornstrandir.

En su día leyó una noticia sobre el caso, pero no le había prestado mayor atención.

La buscó para volver a leerla. Era una noticia muy breve: una mujer que había salido sola de ruta había muerto mientras dormía en una vieja cabaña para excursionistas de la región de Hesteyri.

Se sospechaba que había muerto por un problema de riego sanguíneo en el cerebro, quizá relacionado con su apnea del sueño.

El cadáver había sido trasladado en helicóptero a Reikiavik.

Hildur cerró la noticia y buscó el informe de la autopsia en la base de datos de la policía nacional.

Antes de llegar al final, ya sabía lo que iba a encontrar.

En la boca de la mujer se había encontrado un mechón de pelo rubio.

Hildur comprobó los datos del médico forense que había realizado la autopsia.

No había sido Axlar-Hákon. No reconocía el nombre del forense.

Daníel Hilmarsson. Al ver que la fecha de la autopsia era de mediados de julio, Hildur dedujo que se trataría de un suplente de verano. La mayor parte de los islandeses hacía las vacaciones de verano durante el mes de julio. Hildur llamó a Axlar-Hákon.

—Hola, Hildur. Todavía no me ha dado tiempo a mirar lo que me has enviado —se apresuró a decir, tras el quinto tono de llamada.

—No te llamo por eso, tranquilo.

—Gracias por el zumo de bayas de cuervo. Estaba delicioso, como siempre.

A Hildur le habría gustado charlar un rato con Hákon, pero esta vez llamaba por un asunto urgente.

—¿Te sustituyó un tipo llamado Daníel el pasado mes de julio?

—Ciertamente. Un forense en prácticas muy agradable y entusiasta. Espero que él sea mi sucesor cuando me concedan la libertad.

—Acabo de releer uno de sus informes y no te lo vas a creer: encontró un mechón de pelo rubio en la boca de una mujer.

—No jodas, ¿en serio?

Axlar-Hákon se había quedado de piedra: ¡habían encontrado otra víctima! Le dijo que hablaría de forma inmediata con su suplente y volvería a llamarla.

Hildur se quedó esperando con la frente apoyada en la ventana del despacho.

El cristal estaba congelado; el tiempo había dado un giro de ciento ochenta grados desde la mañana.

Ahora el viento del sur arreciaba con fuerza, y habían empezado a acumularse densas nubes grises en el cielo. Pronto comenzaría a lloviznar de nuevo.

Hildur se puso de puntillas mientras contaba hasta tres. Se detuvo en esa posición y volvió a contar hasta tres mientras bajaba los talones. Repitió el movimiento unas veinte veces.

Jakob se volvió en la silla.

—¿Va todo bien?

—Estoy ejercitando los gemelos —dijo Hildur.

Le gustaba aprovechar cualquier momento libre. Tres series diarias de veinte repeticiones del movimiento de gemelos estimulaban la circulación de la sangre en las piernas y fortalecían los músculos.

Jakob negó con la cabeza y volvió a su pantalla. Hildur terminó sus series de gemelos y fue a por más café. Le sonó el teléfono.

—He localizado a Daníel. Recordaba bien el caso. Lísa fue el único cadáver de un adulto joven al que le hizo una autopsia el verano pasado.

Daníel no había prestado atención a los cabellos que había encontrado en la boca de la mujer. Como Lísa era rubia, pensó que se trataba de sus propios cabellos, que se le habrían metido en la boca antes de morir, mientras dormía. Nada más colgar, Hildur compartió la información con su compañero.

Jakob había terminado el jersey y lo estaba doblando sobre el escritorio.

A Hildur le encantaba. Parecía una prenda fina, pero el diseño tenía una fuerza extraordinaria.

De pronto, Jakob recordó algo. Se levantó y le hizo señas a Hildur para que lo siguiera.

Recorrieron el corto pasillo que unía el despacho con el vestíbulo de la comisaría.

En el mapa de Vestfirðir de la pared, Jakob buscó Hesteyri y lo golpeó con el dedo.

—Recuerdo que alguna vez mencionaste esta zona de pasada. Habías ido con tu tía de vacaciones o algo así. Sólo estaba pensando que... —Se remangó la camisa y volvió a mirar el mapa, esta vez más de cerca — la única forma de llegar allí es en barca.

Hildur asintió. No se podía acceder a la reserva natural en coche y tampoco estaba permitido llegar en avioneta o helicóptero, excepto en situaciones extremas.

Hildur comprendió lo que Jakob quería decir.

—¡Bien visto!

Lísa había dormido en una cabaña. En la reserva natural había pocos albergues para excursionistas y en pleno verano estaban siempre llenos de islandeses, que huían hasta allí para pasar las vacaciones. Seguro que se había alojado más gente en esa cabaña. Debían encontrarlos y hablar con ellos.

—El Club de Vela, Barco-taxi Gunnar, Cruceros y Aurora Boreal.

Estas cuatro empresas operan los barcos que navegan entre el pueblo y la reserva natural —dijo Hildur, que anotó de memoria los números de las compañías en su cuaderno, arrancó la hoja y se la entregó a Jakob —: Pide todas las listas de pasajeros de los días anteriores a la muerte de Lísa.

Vamos a llamarlos. Alguno de ellos tiene que haberla visto.

Pasaron la siguiente hora y media sentados al teléfono.

Según las listas de viajeros de las cuatro empresas, aquel día de julio unas cincuenta personas habían pasado la noche en la reserva natural.

Hildur y Jakob los llamaron a todos. La mayoría confirmó que había hecho el mismo trayecto que Lísa: habían tomado el barco a la costa de Fljótavík y habían cruzado a pie el desfiladero hasta Hesteyri, donde se encontraba la mayor concentración de casas de la zona.

Aquellas casitas llevaban décadas deshabitadas.

Los últimos habitantes habían abandonado Hesteyri en la década de 1950.

En la actualidad, las pequeñas casas de madera funcionaban como cabañas de verano.

Allí no había electricidad, ni red de alcantarillado, ni cobertura de móvil.

Casi todos los excursionistas con los que hablaron Jakob y Hildur recordaban el caso. Sin embargo, la mayoría había dormido en tiendas de campaña y no recordaba haber visto a Lísa.

El teléfono del escritorio de Jakob empezó a sonar. Hildur cogió el auricular.

—Policía de Ísafjörður.

—Hola, soy Margrét. ¿Dices que eres de la policía? ¿Me acabas de llamar? —De fondo se oía una suave voz infantil —. Estoy en casa y tengo a los niños enfermos, por eso no he podido responder de inmediato.

Hildur se presentó. Le explicó que estaban investigando el caso de la mujer que había fallecido en Hornstrandir el verano anterior.

—Según las listas de viajeros, estuviste por la zona en esas fechas.

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea. Al parecer, la mujer había ido a otra habitación para poder hablar sin que los niños la oyeran. Dijo que había estado con sus hermanas en su ya tradicional excursión de senderismo de cada verano.

—Queríamos ver los acantilados —explicó Margrét.

—¿Os cruzasteis durante el viaje con Lísa, la mujer fallecida?

—Sí. Nos alojamos en la misma cabaña, mis hermanas y yo. Estuvimos con ella cenando sopa de pescado. Bueno, ella ya había comido cuando llegamos allí. Recuerdo la sopa porque estaba deliciosa —dijo Margrét.

Las hermanas se habían marchado por la mañana temprano para continuar su caminata hacia el siguiente fiordo.

Más tarde, se habían enterado de que la chica había muerto durante la noche.

En un principio, las cuatro mujeres iban a compartir la habitación para cuatro personas, con dos literas, una pequeña mesilla de noche y un armario.

Sin embargo, al caer la noche la propietaria se presentó en el dormitorio para decirle que había chinches en una de las camas y que no les aconsejaba dormir en ella. Era la cama de Lísa.

—Nos pareció un poco extraño, pero tampoco supimos cómo reaccionar.

—¿Qué fue lo que os pareció extraño? —le preguntó Hildur.

—Bueno, que la mujer le ofreciera a Lísa una cama en su propio dormitorio. Ella estaba agradecida de que la hubiera alertado de las chinches, pero a nosotras nos pareció un poco raro.

Lísa siguió a la mujer hasta su dormitorio en el otro extremo de la cabaña y las tres hermanas no la volvieron a ver.

—¿Recuerdas qué aspecto tenía la dueña?

Margrét asintió e hizo una pausa. Trataba de recordar el episodio de aquel verano con el máximo detalle.

—Tenía una fuerza sorprendente para su edad.

Arrastró sola la barca hacia la orilla y estaba construyendo un muro con piedras grandes alrededor de la cabaña.

Mis hermanas y yo estuvimos comentando su fortaleza.

Creo que tenía más o menos la edad de mi madre, unos sesenta años.

Corpulenta y un poco... bueno, desaliñada.

Con el pelo revuelto y la ropa algo andrajosa.

—¿Recuerdas su nombre?

—Sí. Se llamaba Marta.