48. Noviembre de 2019, Bolungarvík
Era como si un gigante estuviera haciendo agujeros en la montaña con un mazo enorme.
Primero se oía un leve crujido, que se iba acelerando e intensificando.
Luego se imponía un silencio absoluto y...
¡ PAM ! Un ruido seco resonaba contra las rocas de la costa para después disminuir y desaparecer en el océano.
Al cabo de unos diez segundos, volvía a oírse el leve crujido.
Hildur sintió la fuerza de la ola en todo su cuerpo.
Si se desviara hacia el punto equivocado y quedara atrapada en el remolino de la ola, acabaría aplastada contra el peñascal oculto bajo el agua.
Pero no le daba miedo. No tenía nada que temer en el gélido mar porque sabía que lo dominaba.
Conocía las olas, las corrientes, los movimientos del viento y de su tabla de surf.
El día anterior, Jakob, Beta y Hildur habían trabajado hasta bien entrada la noche buscando información sobre Marta.
Querían ponerse en contacto con ella. Era posible que supiera algo sobre los asesinatos, o que ella misma estuviera en peligro.
Al fin y al cabo, su hija, el ex novio de su hija y el padre del novio estaban muertos.
Sin embargo, se vieron obligados a interrumpir sus pesquisas al recibir una llamada por una pelea a puñetazos en el bar del pueblo.
Tenían que ir los tres porque no había ninguna patrulla disponible.
Llegaron a sus respectivas casas casi a las dos de la madrugada. Antes de despedirse, acordaron que seguirían con la investigación a la mañana siguiente.
Hildur había salido al mar para despejarse un poco.
No podía evitar los pensamientos agoreros.
Tres personas habían muerto de forma violenta.
Ella había perdido a su amigo. Pero, a la vez, en su interior se había despertado un destello de esperanza por sus hermanas.
Era apenas una llama minúscula, pero flameaba y Hildur quería mantenerla viva.
Todo apuntaba a que la fosa del patio de Ögurvík era una tumba.
Beta se había mostrado consternada. Era un caso de hacía más de veinte años y no era una prioridad en la comisaría, pero Hildur tenía permiso para dedicarle parte de su tiempo de trabajo.
Además, le había garantizado que la financiación no sería un problema.
Tras hablar con Beta, Hildur había enviado los huesos y la ropa de las bolsas de plástico a Reikiavik para que Axlar-Hákon las analizase.
Lo primero que había hecho Hildur al despertar había sido comprobar el pronóstico del tiempo y la página de la Administración de Carreteras de Islandia, que recopilaba información sobre el oleaje.
Según la predicción, habría olas de poco más de un metro de altura.
Cuando las olas eran demasiado altas, rompían más lejos de la costa y no era posible surfear.
En los fiordos, las condiciones ideales para el surf se daban cuando el viento estaba en calma y las olas eran pequeñas, así que Hildur había atado la tabla al capó de Brenda y había puesto rumbo al oeste.
Nada más mitigar la oscuridad y empezar a distinguirse las sombras, había cogido la tabla y se había lanzado al mar.
No debería haber salido sola a hacer surf.
Era una imprudencia. Podía suceder cualquier cosa.
Podía golpearse la cabeza con la tabla, tragar demasiada agua o recibir el embate de una ola.
Si le pasara algo, no habría nadie para ayudarla.
Era un deporte de riesgo, y quizá por eso le gustaba tanto.
Cuando lograba dominaba el peligro, sentía que era capaz de dominarse a sí misma.
Ya se veían luces en las ventanas del pueblo de pescadores de la caleta más cercana.
Unos cuervos inmensos miraban en dirección a Hildur desde las rocas.
Más a lo lejos, dos barcos pesqueros se adentraban en el mar.
Oía el murmullo del agua a través del neopreno.
La capucha le mantenía la cabeza caliente.
Hildur vio la ola perfecta. No tendría más de un metro de altura, pero era maravillosamente larga. Giró la tabla hacia la orilla y empezó a remar con vigor ayudándose de las manos. Al acercarse la cresta, se levantó de un salto. Sólo pensaba en dominar aquella ola.
La pierna derecha delante, la izquierda detrás.
Siempre adoptaba la misma postura. Mientras cabalgaba la ola, viraba con suavidad hacia delante, avanzando casi paralela a la orilla.
A pesar de la fuerza del mar, sentía que por un instante lo dominaba.
Durante algunos segundos, condujo su tabla en la dirección deseada.
Hildur sabía que, si entraba en conflicto con el mar, tendría las de perder. Si una ola se la tragaba, lo único que podía hacer era no perder los nervios. Mantener la calma siempre era la mejor estrategia.
El sol de noviembre salió unos instantes por el horizonte y sus rayos iluminaron la nevada región montañosa. En invierno, los rayos que asomaban detrás del mar daban un resplandor inusual a las montañas de Hornstrandir, que parecían un gran espectro blanco en medio del paisaje oscuro.
En ese momento, una idea la golpeó como el embate de una ola. Giró la tabla y empezó a remar con furia. Miró hacia atrás para ver la ola que se acercaba. Era pequeña, pero la llevaría rápidamente hasta la orilla. Se levantó sobre la tabla. Tenía que llegar al coche cuanto antes.
Había recordado algo importante.