Huellas en los fiordos (Hildur 1) 47. Noviembre de 2019, Ísafjörður
91%

47. Noviembre de 2019, Ísafjörður

En el despacho de la comisaría se respiraba un ambiente de nerviosismo. Después de establecer la conexión entre Jón, Heiðar y Valgerður, las piezas habían empezado a encajar.

Mientras Jakob hablaba con los colegas de Freysi, Hildur había contactado con los padres adoptivos de Heiðar, que llevaban mucho tiempo viviendo en Boston.

La madre le había contado que su marido y ella habían adoptado a Heiðar cuando era un bebé.

Cuando Heiðar cumplió los dieciocho años, se habían mudado al extranjero por trabajo y el chico se había quedado en Reikiavik.

Después de eso, la relación entre ellos se había ido enfriando, hasta el punto de que, según había declarado la madre por teléfono, hacía al menos cinco años que no hablaban.

Tras enterarse de la muerte de Heiðar por la policía, el matrimonio viajaría a Islandia la semana siguiente para asistir al funeral.

Durante el proceso de adopción, la madre no había sabido nada sobre los progenitores.

Ese tipo de información era confidencial.

Sin embargo, en un país del tamaño de Islandia, nada permanecía en secreto mucho tiempo y esto no había sido la excepción.

Al cabo de poco tiempo, se enteró de que la madre biológica, una chica toxicómana de unos veinte años, había dejado al bebé en la puerta del hospital después de haber dado a luz.

Unas semanas más tarde, la encontraron muerta en el parque de Kjarvalsstaðir, en el centro de Reikiavik.

Luego supieron que había vivido de forma esporádica en una casa de la calle Hverfisgata con un tal Jón, alcohólico, que era el padre biológico del niño.

Heiðar ingresó en un hogar infantil y, poco después, lo adoptaron.

Hildur lo había comprobado: en los años ochenta, Jón estuvo empadronado en la misma dirección que la madre biológica de Heiðar.

Hildur volvió al despacho con dos tazas de café. Le dio una a Jakob, que se apresuró a remover los terrones de azúcar del fondo. Beta se había unido a la reunión.

Analizaron los diagramas dibujados en el rotafolio.

—Es decir, que Marta ha averiguado todo esto —dijo Beta.

Jón había sido el padre de Heiðar. Valgerður había sido la novia de Heiðar. Marta había sido la madre de Valgerður.

En realidad para desenmarañarlo no se necesitaba más que una conexión a internet.

Todos los islandeses con número de la seguridad social están listados en el árbol genealógico digital del país, El libro de los islandeses , en el que cualquier persona puede encontrar información sobre los padres y las relaciones de parentesco de todos los islandeses.

Si uno introduce su propio número de la seguridad social, la pantalla muestra su árbol genealógico, remontándose hasta el primer islandés.

Con un par de clics, puedes conseguir el árbol genealógico del presidente de Islandia, del granjero de ovejas del fiordo vecino o de tu propio cónyuge. Es decir, de cualquier islandés.

—Seguro que al haber una adopción de por medio ha sido un poco más peliagudo —dijo Jakob.

Hildur negó con la cabeza.

—En media hora tenía toda la información.

La madre adoptiva no fue muy discreta que digamos.

Con el tiempo, ya te darás cuenta de lo cotillas que somos los islandeses.

Tenemos incluso un refrán: «Secreto de tres, secreto no es.

» —Se volvió hacia el diagrama del rotafolio y dijo —: Aquí tenemos a los suegros y a los amantes.

Sabemos con seguridad que todos están muertos, excepto Marta.

¿Dónde está Marta? ¿Y qué relación tiene Freysi con todo esto?

Jakob les contó que había hablado con un colega de Freysi en el colegio. Puso encima de la mesa el cuaderno azul y las hojas sueltas que llevaba en la bandolera.

—¿Sabías que Freysi estaba enfermo?

—¿Enfermo? ¿Qué quieres decir? —dijo Hildur, que estaba acariciando la tapa del cuaderno.

Al confirmar que, efectivamente, ella no lo sabía, Jakob se tomó unos segundos para medir bien sus palabras.

—Freysi no había querido renovar su abono para los partidos de bádminton del año que viene porque sospechaba que, debido a su enfermedad, no estaría en condiciones de jugar. Al parecer, tenía intención de contártelo, pero no le dio tiempo...

Hildur apretó el cuaderno. Con un crujido, arrastró la silla para acercarse a la mesa. Abrió el cuaderno y, con los codos en la mesa y las manos en las mejillas, empezó a leer.

Las primeras páginas estaban escritas con bolígrafo.

Eran simples anotaciones de su vida cotidiana: programas de entrenamiento, registros de comidas y observaciones sobre el tiempo.

Más adelante, las anotaciones se convertían en algo más parecido a entradas de diario.

Comentarios sobre cómo había dormido, sobre sus niveles de energía.

Reflexiones sobre la enfermedad. Hildur reconoció la curiosa caligrafía de Freysi: mitad cursiva, mitad letra de imprenta.

La entrada más reciente era de hacía varios meses. Hildur leyó algunos fragmentos. Cuanto más avanzaba en la lectura, más increíble le parecía el texto.

Ya no me queda mucho tiempo de vida. Cuando lo escribo, parece algo definitivo. El final de mi vida. Por fin he podido ponerles nombre a mis síntomas, cada vez más fuertes.

Esta hemorragia cerebral hereditaria es muy traicionera.

La posibilidad de desarrollar la enfermedad ha existido desde mi nacimiento, aunque los síntomas no se habían manifestado hasta ahora.

¿Cuál era la probabilidad de que yo desarrollara la enfermedad?

¡Era irrisoria! Pero esto no me hace ninguna gracia.

En Islandia sólo hay unas pocas familias portadoras del gen y, al parecer, esta enfermedad no se conoce en ningún otro lugar del mundo.

El neurólogo me ha dicho que la enfermedad se desarrolló hace unas diez generaciones, en el siglo  XVI , cuando se fusionaron los genomas del sur y del oeste de Islandia.

Entonces se produjo una peligrosa mutación genética.

En la antigüedad, la enfermedad no se transmitía porque las personas morían muy jóvenes.

Las enfermedades genéticas no se propagaban por Islandia como enfermedades comunes puesto que hace cientos de años la esperanza de vida era mucho más corta que ahora.

Los que vivieron más tiempo propagaron el gen sin saberlo.

El gen pasa de padres a hijos con una probabilidad del cincuenta por ciento...

En la actualidad, hay más información sobre la enfermedad...

No todos los portadores del gen desarrollan la enfermedad...

Le iba más rápido la cabeza que los ojos y paró de leer un momento. ¿Una mutación genética? ¿Un neurólogo? ¿Freysi había estado yendo al neurólogo? Hildur no asimilaba lo que estaba leyendo.

Ella lo superaba en levantamiento de pesas, pero en velocidad y resistencia Freysi le habría dado una buena paliza. Corría y jugaba al bádminton, entrenaba y tomaba compuestos vitamínicos cada mañana. ¿Cómo diantres había podido estar gravemente enfermo?

Las anotaciones del diario de Freysi le parecían irreales.

¿Por qué no le había contado nada? Ella pensaba que tenían una relación bastante íntima.

Salían a correr y se veían a menudo. Estaban a gusto juntos.

Aunque, siendo honesta, ella tampoco se lo contaba todo a Freysi.

Siempre pasaba lo mismo en las parejas: crees conocer al otro, pero, en realidad, sólo ves lo que quieres ver y lo que el otro decide mostrarte.

No sé si debería estar contento por haber vivido tanto tiempo, o dejarme llevar por la tristeza y lamentarme por ser portador de esta enfermedad.

No sé si la heredé de mi madre o de mi padre; los dos murieron hace mucho tiempo.

Eso tampoco tiene importancia. En cualquier caso, me siento como una bomba de relojería andante.

Lo único bueno es que no he tenido hijos.

Me alegro de no haber querido tener hijos hasta ahora.

Por suerte, no conocí a Hildur cuando era más joven. Hildur es especial; con ella, todo habría sido diferente. Incluso el tema de los hijos. ¡Joder, qué injusta es la vida! Tengo que contárselo cuanto antes.

Ahí terminaban las anotaciones. Hildur hojeó el resto del diario, pero no había nada más escrito.

Estaba azorada; de pronto, sentía algo muy extraño, dadas las circunstancias.

Era un ramalazo de felicidad. Se asustó.

Su alegría estaba totalmente fuera de lugar.

¿Cómo podía emocionarse con una declaración de amor post mortem ?

¿Era normal sentirse feliz por algo así?

Hildur se quedó mirando fijamente la pared, incapaz de pronunciar una palabra.

—También encontré esto —dijo Jakob, y le mostró los papeles que se había llevado del despacho.

Hildur revisó por encima el fajo de papeles.

Reconoció las notas. Eran los papeles que había estado fisgoneando en la cocina de Freysi hacía un par de semanas.

Lo cierto era que, en esa ocasión, Freysi había intentado contarle algo sobre genealogía, pero les interrumpió la llamada de Beta y la alerta de Súðavík.

Beta miraba las notas por encima del hombro de Hildur. Eran esquemas complejos; no era capaz de descifrarlos.

—Es un diagrama de herencia genética —explicó Jakob sin darles tiempo a que preguntaran —. Fui profesor de biología antes de entrar en la academia de policía. Entiendo de estas cosas.

Según su interpretación, Freysi sabía que el gen se transmitía de padres a hijos con una probabilidad del cincuenta por ciento. Él mismo lo había heredado de uno de sus progenitores.

Jakob no era genetista, pero como biólogo tenía una base suficiente para entender cómo funcionan este tipo de enfermedades hereditarias.

—En Finlandia también hay enfermedades hereditarias concentradas en determinadas regiones, asociadas a mutaciones como ésta.

Las mutaciones genéticas siempre habían existido, pero en países como Finlandia e Islandia, donde algunas poblaciones habían sido relativamente homogéneas y aisladas, resultaba más fácil estudiarlas.

Cuando una comunidad desciende de un número reducido de antepasados, es más sencillo rastrear el origen de una mutación y seguir su transmisión.

Durante siglos, la población de ambos países había vivido dispersa en grupos pequeños y con poco contacto exterior.

—En el norte de Finlandia hay regiones donde ciertas variantes genéticas son más frecuentes y se han asociado a un mayor riesgo de esquizofrenia.

Si un niño hereda una de esas variantes de uno de sus padres, el riesgo puede aumentar de forma significativa, incluso llegar a duplicarse.

Freysi tenía una enfermedad que afectaba al riego sanguíneo del cerebro.

Hildur estaba nerviosa. Se levantó y fue hasta la ventana.

Observaba el paisaje azulado que se extendía ante ella.

Fuera reinaba la calma. Las montañas que se alzaban al borde del fiordo se reflejaban en la superficie lisa del mar, que duplicaba sus formas y los matices del cielo.

Hildur veía al mismo tiempo dos realidades idénticas.

—Freysi murió de forma prematura. ¿Ha sido por sus genes? —dijo pensando en voz alta.