Huellas en los fiordos (Hildur 1) 53. Noviembre de 2019, Ísafjörður-Hnífsdalur
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53. Noviembre de 2019, Ísafjörður-Hnífsdalur

Hildur no podía abrir los ojos. Los músculos circundantes funcionaban, pero tenía las pestañas pegadas.

Buscó a tientas el vaso de agua de la mesilla, metió dos dedos en el agua y se limpió las legañas más grandes.

Consiguió abrir un ojo para ver la pantalla del móvil.

Las siete y cuarto. ¡Qué rabia! Le habría gustado dormir hasta las nueve.

Sentía el cansancio en el cuerpo, pero sabía por experiencia que no conseguiría volver a dormirse.

Cuando el cerebro se despertaba, ya no era posible volver a callarlo.

Soltó un resoplido y la colcha salió volando hacia el suelo.

Con la mirada en el techo, trató de determinar cómo se encontraba: le dolía un poco la cabeza y aún tenía en la boca un regusto a nachos y salsa de queso.

El jersey que le había regalado Jakob estaba enrollado debajo de su cabeza. Podía oler la lana de oveja. Era un olor que conocía bien. Le reconfortaba y le daba seguridad.

Como era de esperar, Beta había rechazado la tercera ronda y se había ido a casa a preparar la cena.

Hildur se había quedado un rato más con Jakob y Guðrún.

Después de probar todas las cervezas que ofrecían en el bar (por suerte, sólo eran cinco), los dos se fueron hechos un nudo a la casa de alquiler de Jakob.

Hildur había llegado a casa y se había quedado dormida en la cama sin desmaquillarse ni lavarse los dientes.

Se pasó el cepillo de dientes eléctrico, bebió un gran vaso de agua fría y se comió un plátano.

Faltaban tres horas para entrar a trabajar, así que aún tenía tiempo de salir a correr un rato.

Cuando se dio cuenta de que su mano buscaba el teléfono móvil de forma automática, sintió una punzada de dolor.

¿A quién pretendía mandarle un mensaje? Tendría que salir a correr sola.

En la oscuridad del recibidor, se puso la ropa de deporte, los crampones en las zapatillas y el frontal en la cabeza.

Una larga carrera a ritmo lento al aire fresco le sentaría bien.

Diez kilómetros no borrarían los acontecimientos de las últimas semanas, pero lo harían más soportable.

Si no podía evitar la caída, tendría que asegurarse de que fuera lo más suave posible.

Hildur tenía un poco de resaca y sabía que no era buena idea hacer deporte así. Pero si había que elegir entre el pequeño riesgo de sufrir un infarto o una depresión de caballo, prefería lo primero.

Al salir de casa, miró hacia la casa de Freysi. Estaba vacía. Hildur aceleró y miró, con determinación, hacia el otro lado. Hacia delante.

«No puedo hacer nada para cambiar las cosas. Tengo que dejar de pensar en ello.»

Los crampones se clavaban en el hielo y la ayudaban a no resbalar. Las pequeñas bolas metálicas despejaban el hielo del camino. Poco a poco se fue acelerando el ritmo del crujido bajo sus pies.

La pista para las bicis y los peatones, iluminada por farolas, transcurría paralela a la carretera.

A la izquierda, se erguía el monte Eyrarfjall, con su cima plana.

No había elegido su lugar; simplemente, estaba allí, expuesto a los vientos, las lluvias y las tormentas de nieve.

Al otro lado, se extendía el oscuro mar embravecido.

Hildur no podía ver las olas, pero las oía romper contra el dique de piedra que protegía la carretera.

Distinguió dos luces temblorosas en el mar.

Barcos. Veinte años atrás, habrían sido humildes embarcaciones de pesca que habrían salido de madrugada para ver si el mar tenía algo que ofrecerles.

Hoy en día, eran repartidores de comida: llevaban alimento a los peces que nadaban en círculos en la piscifactoría del centro del fiordo.

Se le aceleró el pulso. Tras varios kilómetros de subida tenía las piernas pesadas, pero la mente más ligera.

Completaría los cinco kilómetros rodeando el pueblo de Hnífsdalur, el Valle del Cuchillo, hasta la puerta del pequeño cementerio.

Allí daría media vuelta y así le daría tiempo a llegar a la comisaría antes de las diez.

Al cabo de poco más de un cuarto de hora, llegó al cementerio.

Todavía no había claridad y no podía ver dónde terminaban las tumbas de piedra y dónde empezaba el mar.

Un foco muy potente apuntaba a una estatua erigida en el borde del camposanto en memoria de todos los marineros islandeses que habían muerto ahogados en el mar.

La escultura representaba a un marinero que le daba la espalda al mar y miraba a todo aquel que visitara el cementerio.

El rostro surcado de arrugas bajo el gorro de pescador destacaba en la oscuridad.

Hildur se quedó un rato mirando la sombría expresión del marinero antes de emprender el camino de vuelta. Le vibró el teléfono en el bolsillo.

—Buenos días. ¿Te he despertado? —preguntó la apacible voz de Axlar-Hákon.

—Me pillas de camino al trabajo —respondió Hildur afrontando la cuesta que la llevaría al camino de regreso al pueblo.

—Te llamo por esas bolsas que me enviaste.

Hildur se sintió ingrávida unos instantes.

Le había hecho llegar por mensajería las bolsas de plástico y los huesos que había encontrado en la fosa de Ögurvík para que las analizaran en Reikiavik.

Aunque no estaban relacionadas con ninguna investigación en curso, Axlar-Hákon le había prometido echarles un vistazo lo antes posible.

Hildur lo oía hojear papeles mientras le explicaba los resultados del análisis.

En las bolsas había encontrado una mochila y algunas prendas de ropa.

Las fibras eran muy frágiles, pero se atrevía a suponer que se trataba de dos prendas diferentes.

En la mochila había una vieja etiqueta en la que aún se leía la palabra «Rúnarsdóttir».

La hija de Rúnar. Hildur escuchaba a su colega con los ojos cerrados.

Hákon hizo una breve pausa antes de continuar.

—Hildur. Me acuerdo bien de este caso, por supuesto. Rúnar. Así se llamaba tu padre, ¿verdad? —preguntó, aunque sin esperar respuesta.

—¿Y los huesos? ¿Qué me dices de los huesos? ¿Los has analizado? —preguntó Hildur con un tono de voz apenas audible. Apretaba el móvil con tanta fuerza que los bordes le hacían daño en los dedos.

—Sí, los he analizado. No son huesos humanos, sino trozos de tibia de un ternero.

Creo que son muy antiguos. Por supuesto, habría que hacer un análisis mucho más detallado para determinar la fecha, pero, según mi estimación superficial, los huesos son bastante más antiguos que el contenido de las bolsas.

Axlar-Hákon continuó hablando, pero Hildur ya no oía nada. Dejó caer la mano que sujetaba el teléfono. Abrió los ojos y miró las montañas al este, más allá del mar. Detrás de ellas, el cielo negro se había vuelto violeta.