Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Los niños habían estado haciendo muñecos de nieve en el patio del colegio durante el recreo.

Uno llevaba un gorro rojo y un lápiz de nariz.

Jakob cruzó el patio mientras observaba a los niños, que se habían trasladado a los columpios.

Con la nieve recién caída, no podían hacer bolas.

Por la mañana, la nieve se le pegaba a la suela de los zapatos; ahora parecía mucho más dura. La helada estaba arreciando.

Anton lo había invitado a quedarse a comer en el colegio, pero Jakob había tenido que rechazar la invitación.

Debía hablar con Hildur lo antes posible, así que, para matar el hambre, se conformó con un perrito caliente del restaurante de al lado de la comisaría.

Con el último trozo en la boca, entró por la puerta de la comisaría.

En el espejo del vestíbulo comprobó que no tuviera restos de mayonesa en la barba.

Aún no había llegado al despacho cuando Hildur salió a su encuentro; a juzgar por su expresión, se trataba de un asunto urgente. Jakob colgó el abrigo en el perchero y se cambió los pesados zapatos de invierno por unas ligeras zapatillas de interior.

—Esa enfermera que no sabía inglés ha vuelto a llamar hace un momento. Tenía algo interesante que contar —dijo Hildur una vez que se hubieron sentado a los escritorios.

La mesa de Hildur estaba cubierta de papeles. Jakob vio que eran periódicos antiguos.

Lian lamentaba no haber podido responder antes al teléfono. Le había contado a Hildur que una de sus hijas, que era gimnasta, se había caído durante un entrenamiento y la habían operado de urgencia en el hospital. Lian había tenido que tomarse unos días libres para poder cuidarla.

—Lian es enfermera de salud mental en el hospital psiquiátrico. Me ha hablado de una paciente que tuvo hace varios años.

Jakob escuchaba las palabras de Hildur mientras miraba furtivamente los antiguos artículos de periódico esparcidos sobre la mesa. Cuanto más hablaba Hildur, más convencido estaba Jakob de que había cometido un grave error.

—Lo siento muchísimo, de verdad. Habríamos podido avanzar mucho más en la investigación si hubiera comprendido enseguida de qué se trataba.

Hildur puso las manos en la mesa y miró a Jakob con semblante serio.

—Ya basta. Si hay algún culpable, somos Beta o yo por no haber estado aquí. No tendríamos que haberte dejado solo en la comisaría. Además, recibimos continuamente todo tipo de llamadas sobre casos dudosos y estamos entrenados para no hacerles caso.

Hildur le pidió a Jakob que la dejase terminar.

Lian llevaba mucho tiempo trabajando en hospital psiquiátrico.

Hacía varios años, habían tenido una paciente llamada Marta, una señora pasada la mediana edad.

Un suceso traumático la había hecho perder la cabeza y había tenido que ser ingresada para un tratamiento de larga duración.

Lian no había dado más detalles sobre lo que sucedió porque estaba sometida al deber de confidencialidad profesional.

No podía ceder historias de pacientes a personas externas sin permiso oficial, y la policía aún no disponía de dicho permiso.

La enfermera había dudado si contactar con ellos, pero había considerado que era importante compartir esa información después de ver las noticias sobre las muertes de Heiðar y Jón.

—Le prometí a la enfermera que nuestra conversación nunca había tenido lugar —añadió Hildur.

Marta había pasado varios años ingresada en el hospital psiquiátrico.

El personal médico estaba seguro de que nunca llegaría a recuperarse, hasta que, hacía un par de años, se había producido una repentina mejoría.

Lian era entonces su enfermera personal.

Marta había abrazado la fe. Había empezado a participar en el círculo bíblico del hospital y todos los domingos asistía al oficio religioso.

Al parecer, la mujer no se había perdido un solo servicio.

Había empezado a mejorar de forma evidente; abrazar la fe le había sentado bien.

Finalmente, consideraron que su condición había mejorado tanto que ya no requería hospitalización.

Marta había recibido el alta hacía aproximadamente un año.

Hildur estaba a punto de pasar al punto de la narración en el que explicaba el motivo de la llamada de Lian.

—El personal del hospital está acostumbrado a ver todo tipo de cosas en su trabajo. Limpian con mucho cuidado las habitaciones de los pacientes, pero nunca tocan sus objetos personales.

Algunos pacientes tenían la costumbre de recoger piedras del patio y las guardaban dentro del colchón, mientras que otros recortaban anuncios de revistas y los organizaban en sobres.

Lian había limpiado concienzudamente la habitación de Marta cuando ésta se marchó.

En una esquina del armario, encontró una bolsa de basura llena de lo que parecían ser papeles para reciclar.

Lian le había contado que los papeles estaban revueltos en una gran bolsa de basura negra, pero había decidido echarles un vistazo por simple curiosidad.

Esos papeles estaban llenos de anotaciones con información muy detallada: nombres, direcciones, árboles genealógicos, mapas, fechas, horas.

Lian los había considerado garabatos inútiles y había acabado por tirarlo todo en el contenedor de reciclaje de papel que había en el patio del hospital.

—Sin embargo, recordaba muy bien un papel en concreto. Estaba relacionado con esto —dijo Hildur.

Se estiró para coger uno de los documentos que había imprimido y se lo entregó a Jakob.

En el armario ropero de la paciente, Lian había encontrado un antiguo artículo de periódico en el que había un gran primer plano de Heiðar junto con otro hombre.

Lian recordaba el artículo con claridad porque hablaba sobre el antiguo director financiero de la Federación Islandesa de Gimnasia, que había sido imputado por delitos económicos.

Sus hijas practicaban gimnasia, por lo que ella seguía escrupulosamente las noticias relacionadas con la Federación.

Heiðar había sido el abogado de la defensa en el caso.

—Lian me dijo que Marta había guardado copias de este artículo en el armario y había escrito en los márgenes, en letras de imprenta, «Jón» y, debajo, «Heiðar». Era una señal difícil de malinterpretar.

Jakob no comprendía lo que Hildur quería decir.

—Un árbol genealógico. Era un árbol genealógico. Según las notas de Marta, Jón era el padre de Heiðar.

—No lo entiendo. Ya estuvimos comprobándolo en el registro de la población. Según el censo, no había ninguna relación de parentesco entre ellos.

Hildur soltó un bufido.

—¿Crees que todo lo que dicen los papeles oficiales es verdad? Las pruebas de ADN bien pueden decir lo contrario.

La imagen del exitoso y adinerado abogado no concordaba con la del acosador que vivía en una cabaña cochambrosa.

—A mí al principio me parecía igual de incomprensible —dijo Hildur, y golpeteó con las uñas la mesa de madera.

Jakob recordó lo que Kolfinna, la viuda de Heiðar, les había contado desde el lujoso sofá de cuero de su casa de Garðabær. Su marido nunca le había hablado de sus padres. Heiðar había querido mantenerlos lo más lejos posible.

—Así que alguien ha asesinado al padre y al hijo. No puede tratarse de una casualidad.

Hildur miró de pasada los artículos de periódico que había imprimido por la mañana y que ahora estaban sobre la mesa. Cogió una página de un periódico de octubre de 2012 y se la tendió a Jakob.

—Las piezas del puzle empiezan a encajar. Lo único que aún no tengo claro es dónde está Marta o si también la han asesinado.

Jakob miró el pequeño anuncio que Hildur había enmarcado con rotulador rojo.

No entendía el texto, pero, por la cruz y las fechas, debía de tratarse de un obituario.

La mujer de la foto parecía joven y alegre.

Llena de vida. Su melena rubia tenía un corte de estilo moderno, ligeramente más corto en la parte delantera.

Jakob comparó las fechas del nacimiento y la muerte de la mujer: había fallecido con apenas veintiún años.

—Valgerður es la hija de Marta. Murió hace siete años —dijo Jakob, con el recorte de periódico en la mano.