Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

El lunes llegó el informe de la autopsia. No hubo sorpresas: Freysi había muerto a causa de la caída. Se rompió el cuello al golpear contra el suelo. El pelo de la boca era el mismo que tenían las otras víctimas.

Los investigadores forenses habían encontrado fibras de lana negra en su chaqueta de deporte.

Con toda probabilidad, se le habían adherido cuando el asesino lo empujó, ya que no pertenecían ni a su ropa ni a los textiles de su casa.

Los forenses no habían encontrado nada interesante en la vivienda de Freysi, excepto numerosas huellas dactilares de Hildur, que había tenido que dar explicaciones a la policía de Reikiavik.

Las pruebas de ADN todavía estaban inconclusas.

Jakob se hizo un café en la cafetera de cápsulas de la cocina de la comisaría. Se puso un montón de azúcar y lo tapó con una tapa biodegradable. Les había prometido a Hildur y Beta que iría a hablar con los compañeros de trabajo de Freysi. Ellas tenían trabajo en la comisaría.

Se abrigó, cogió su vaso de café, salió de la comisaría y puso rumbo al colegio del pueblo. Era un edificio amarillo con muchas entradas. Se dirigió a una con el cubículo de cristal del conserje. Detrás del mostrador, dormitaba un hombre inmenso y bigotudo que a Jakob le recordó a una morsa.

El conserje levantó la cabeza al oír su voz.

—¿La sala de profesores? Sube las escaleras y sigue el olor a pescado.

—¿A pescado?

—A pescado. La sala de profesores está al lado del comedor y hoy hay bacalao.

—Entiendo. Gracias —dijo Jakob, y fue hacia la escalera.

El hombre morsa se levantó y sacó la cabeza por la ventanilla de su cubículo.

—¿Es que no sabes leer? Descálzate y deja los zapatos en ese estante, como indica el cartel. No queremos barro por el suelo.

Jakob dio media vuelta, puso las botas de invierno en el estante de arriba y subió la escalera en calcetines.

De la sala de profesores salía un murmullo de voces. Jakob golpeó la puerta y entró en la sala. Unas veinte personas de distintas edades se volvieron hacia el recién llegado. El ambiente estaba cargado y olía a café. Las cortinas marrón claro de las ventanas parecían llevar décadas allí.

—Buenos días. Soy Jakob Johanson, de la policía.

La mención a la policía siempre electrizaba la atmósfera y la sala de profesores no fue una excepción. Los profesores irguieron la espalda mientras trataban de ocultar la curiosidad que siempre despertaba la presencia de la autoridad.

—Estamos investigando la muerte de Freysi Gunnarsson. Supongo que ya os habréis enterado.

Jakob miró la estancia y se dio cuenta de que todos lo observaban con un interés amistoso. Ya había salido en los medios que la muerte de Freysi había sido un homicidio.

—Es horrible; lo leí en el periódico —dijo una mujer con gafas y una larga falda de cuadros escoceses.

Jakob se imaginó que sería la profesora de arte.

Un hombre mayor dejó el periódico sobre la mesita de centro.

—¿Cómo puede suceder aquí algo semejante? Jamás lo habría creído —dijo con cara de desconcierto.

—¿Hay alguien aquí que tuviera más relación con Freysi? Me gustaría charlar un poco, de forma extraoficial —dijo Jakob.

Los profesores se miraron sorprendidos unos a otros y murmuraron algo que Jakob no logró comprender. Pero no tenía ninguna prisa. Se terminó el café y tiró el vaso vacío a una papelera.

Un hombre bastante joven levantó la mano y se aclaró la voz.

—Bueno, tampoco es que fuéramos íntimos, pero jugábamos al bádminton.

El hombre se acercó y lo saludó con un apretón de manos. Se llamaba Anton y era el profesor de matemáticas y de química. Jakob le propuso que fueran a charlar a un lugar más tranquilo.

—Tengo una hora libre. Podemos ir a mi clase.

De la pared del aula de Anton colgaba una tabla periódica. En lugar de pupitres había largas mesas de trabajo y taburetes de altura ajustable.

—Estamos investigando la muerte de Freysi, pero esto no es más que una conversación extraoficial. Quiero que me cuentes todo lo que sepas sobre él. Cualquier detalle puede ser de gran ayuda —explicó Jakob con voz tranquila.

Anton parecía una persona agradable, pero se notaba que le alteraba hablar con un agente de policía. Jakob pensó que, si le contaba primero algo sobre sí mismo, crearía un ambiente más distendido.

—Por cierto, supongo que no habrá problema con que mantengamos la conversación en inglés. He venido aquí gracias un programa de intercambio de la policía y aún no me ha dado tiempo a aprender islandés.

Anton le sonrió amablemente desde el extremo de la mesa.

—He vivido muchos años en Estados Unidos, así que el inglés es para mí como una segunda lengua materna.

Anton respiró profundamente, como si pensara en lo que iba a decir. Se retorció las manos, visiblemente incómodo.

—No sé cómo decir esto sin sonar demasiado dramático... Creo que Freysi tenía algún tipo de... mmm... secreto.

Jakob se sorprendió: el profesor iba directo al grano.

—¿Un secreto?

—Bueno, no estoy completamente seguro y creo que me lo contó sin querer. Me llamó la atención porque tenía una condición física tremenda. Casi siempre me ganaba al bádminton.

Jakob instó a Anton a que continuara.

—Iba a reservar el turno de bádminton del curso que viene para los dos, pero Freysi dijo que no merecía la pena: que ya no estaría en condiciones de jugar. Me contó que padecía una enfermedad rara.

Anton ya no recordaba el nombre de la enfermedad, pero tenía que ver con el cerebro y, en cuestión de poco tiempo, sufriría una parálisis.

Jakob lo escuchaba atónito. ¿El amigo de Hildur estaba a punto de quedar paralizado? Según lo que le había contado Hildur, Freysi era un corredor de larga distancia con un físico de acero.

Anton se dio cuenta de que Jakob dudaba de sus palabras.

—Creo que nadie sabía nada. Freysi no quería poner en riesgo su puesto de trabajo. Yo le prometí que no se lo contaría a nadie.

Freysi le había explicado que la enfermedad podía avanzar con gran rapidez o con mucha lentitud.

Lo único que sabía con seguridad era que estaba enfermo y que le quedaban poco años de vida.

La última vez que habían estado jugando al bádminton, Freysi le había contado a Anton que estaba saliendo con una mujer increíble.

Al parecer, Freysi tenía la intención de hablarlo con ella, pero no se lo había querido contar a nadie más.

—Al principio, pensé que había sido un suicidio. Que no había soportado la idea de quedarse paralizado.

—No fue un suicidio —respondió Jakob —. Por motivos de la investigación, no te puedo dar más detalles, pero estamos completamente seguros de que no ha sido un suicidio.

Anton asintió. Entonces, pareció recordar algo y miró una puerta que había al fondo del aula.

—Compartíamos ese despacho de ahí atrás. Preparábamos allí las clases para no tener que llevarnos el trabajo a casa. Freysi también tenía un proyecto personal entre manos. ¿Quieres echarle un vistazo?

Jakob asintió y Anton abrió la puerta de un pequeño despacho de menos de diez metros cuadrados sin ventanas. La luz procedía de un pequeño fluorescente en el techo y de un par de lámparas sobre el escritorio. Todas las paredes estaban llenas de libros, archivadores y montones de papeles.

—Todos esos libros son míos. Los archivos de Freysi están aquí —dijo Anton señalando una estantería blanca de Ikea, llena a rebosar de papeles y cuadernos de notas.

Jakob reparó en un par de libros de biología entre los papeles. El lomo de un tomo naranja rezaba en grandes letras de imprenta: Genetics. Jakob cogió el libro y lo hojeó.

—Si quieres, puedo dejarte que revises sus cosas tranquilamente. Si necesitas algo, estaré en la sala de profesores —dijo Anton.

Jakob empezó con los papeles que había esparcidos por el escritorio de Freysi.

Exámenes por corregir, informes de gastos de viaje y varias revistas de atletismo.

En una esquina de la mesa había un organizador lleno de fajos de papeles y documentos en fundas de plástico.

Jakob cogió el fajo de arriba y supo al instante de qué se trataba; al fin y al cabo, había sido profesor de biología antes de ingresar en la academia de policía.

Las notas escritas a mano hablaban de la herencia genética.

Siguió leyendo las anotaciones y arrugó la frente.

Líneas de parentesco y frases sueltas sobre una enfermedad hereditaria. Era todo muy extraño.

Reunió los papeles y los metió en su bolso bandolera; quería estudiarlos con más detalle en la comisaría.

A continuación, empezó registrar la estantería esquinera.

Muchos papeles vacíos, recibos y notas sobre las clases.

En el fondo del estante inferior había un cuaderno cuadriculado tamaño folio.

Tenía las esquinas enrolladas y parecía haberse leído mucho.

En la portada sólo había escrita una palabra: dagbók , «diario».

Jakob dejó el cuaderno en el escritorio y encendió la lámpara de mesa.

Las primeras páginas del cuaderno estaban escritas con bolígrafo, pero todo estaba en islandés.

Jakob metió el diario en su bolso con los demás papeles.

Tendría que dárselo a Hildur para que lo leyera.