43. Noviembre de 2019, Ísafjörður
El fin de semana siguiente se celebraba el Día del Padre en Finlandia. Para Jakob, era el día más duro del año. Ese año tampoco iba a recibir esa divertida tarjeta que les hacían dibujar a los niños en la guardería.
¿Cómo estaría viviendo Matias todo aquello?
Jakob se lo preguntaba a menudo. ¿Iría desapareciendo de la vida de su hijo hasta que ya no tendría sentido ni preguntar por él?
¿Se estaba convirtiendo en el hombre al que pronto nadie recordaría?
¿En un extraño que le resultaría familiar, pero que siempre veía fuera de casa?
Un señor sin dirección ni número de teléfono.
Un señor que le daba un regalo aparte el día de su cumpleaños.
Jakob tenía derecho a ver a su hijo y Matias debería tener derecho a estar con su padre.
Jakob abrió Skype en el teléfono. La ese blanca sobre el fondo azul tardó un rato en cargar. Sólo tenía un contacto: Lena.
Deslizó el dedo sobre la imagen de su ex mujer y seleccionó el icono de la cámara violeta.
El sonido de la llamada resonó en la vivienda vacía.
Después del cuarto tono, se oyó un ruido áspero y Lena salió en la pantalla.
Por un instante, le había parecido relajada y alegre, pero su cara se endureció al ver quién estaba llamando.
No era nuevo para Jakob. Últimamente sus conversaciones siempre empezaban así: Lena levantaba un muro entre ellos y se negaba a dialogar.
—¿Qué pasa ahora?
—Hola, Lena. Tenía ganas de llamar. La última conversación nos dejó a medias.
Justo después del divorcio, Jakob se quedó en estado de shock.
Luego, se dejó llevar por el miedo y el odio.
A medida que avanzaba el proceso de separación, se sentía cada vez más impotente.
Desde su punto de vista, la sociedad noruega le había dado la espalda.
Era un hombre y, además, extranjero. Todo había favorecido a Lena.
Ella había recibido la custodia y Jakob se había visto obligado a ceder.
Y aunque tenía derecho de visitas, tampoco se estaban cumpliendo.
Lena siempre le ponía excusas para que Matias no pudiera coger el teléfono o no pudiera verlo en las fechas establecidas por la resolución judicial.
En los últimos tiempos, Jakob se había esforzado en comprender a su ex pareja. ¿Y si Lena tenía alguna enfermedad? ¿Y si estaba enfadada con él por algún motivo que desconocía?
—Ah, tenías ganas de llamar —repitió Lena sin mirar a la cámara —. No puedes llamar sin más. Las llamadas tienen que acordarse con antelación. Lo sabes muy bien. Tengo una resolución judicial según la cual todas...
—Lo sé. Y la última llamada la hice en función de esa resolución judicial.
Teníamos una hora acordada para la llamada, pero tú la interrumpiste.
Ni siquiera pude hablar con Matias —dijo Jakob, tratando de mantener la calma, aunque sabía que al cortarla se estaba metiendo en un terreno aún más pantanoso.
—¿Te das cuenta de que me estás presionando de nuevo?
«¿Cómo diantres ha vuelto la conversación otra vez al mismo punto?
», se preguntó Jakob. Era una situación desesperante.
Le dieron ganas de gritarle que estaba separando a su hijo de su padre, pero sabía que, si entraba en ese juego, tendría las de perder.
Lo más seguro era que Lena grabase las llamadas.
Si Jakob gritaba, Lena obtendría más pruebas contra él para presentar en los próximos juicios.
«Los próximos juicios...» A Jakob le asustaron sus pensamientos.
¿Realmente había pensado eso? Se había prometido que no continuaría con la destructiva batalla judicial. Ni siquiera tenía dinero para ello.
¿Y si no quedaba otro remedio? Si las cosas seguían así, lo perdería todo. Pronto su figura habría desaparecido de la vida de Matias y Lena tendría autoridad sobre todo. Quizá oponer resistencia y buscar un abogado fuera el único medio de cambiar el rumbo de las cosas.
—Lena, no te ofendas por lo que te voy a preguntar. —Jakob puso su mejor cara de póker y trató de sonar lo más tranquilo y neutral posible —: ¿Va todo bien? Aunque las cosas entre nosotros sean tan desastrosas, sigo preocupándome por ti. Por el bien de Matias, quiero que seas feliz.
Durante unos segundos, no se oyó nada al otro lado del teléfono. La cara de Lena desapareció. Al parecer, había dejado el teléfono en la encimera; en la pantalla sólo se veía la campana extractora. Jakob oyó cómo se abría la puerta del frigorífico y, finalmente, se oyó a lo lejos la voz de Lena.
—Deja de hacer eso. Das pena.
Jakob cerró los ojos unos instantes. Las palabras crueles de Lena ya no lo afectaban. Sólo necesitaba concentrarse para hacer acopio de paciencia.
—¿Podría hablar con Matias? Este fin de semana también es el Día del Padre. ¿Está Matias por ahí? ¿Podrías al menos enfocarlo un poco? —le pidió Jakob, odiándose a sí mismo por suplicar de ese modo.
Lena suspiró y, con un movimiento rápido, giró la cámara del móvil. Un niño rubio con un pijama azul de camiones de bomberos estaba jugando con unos dinosaurios en el suelo del cuarto de estar.
Al oír la voz de Lena, el niño interrumpió su juego y miró a su madre. Se acercó a ella con un Tyrannosaurus rex sin cola en la mano.
—¿Quién es? —oyó Jakob que preguntaba el niño en noruego.
Vio a su hijo estirarse para ver la pantalla. Ya no tenía la mano pequeña y regordeta. Los dedos también le habían crecido. Parecían más finos que la última vez.
«Los dedos de un niño mayor», pensó Jakob.
Su ausencia le provocaba un dolor físico. Le habría gustado abrazarlo, soplarle en la nuca y salir a lanzar bolas de nieve contra los troncos de los árboles. Su hijo estaba ahí, pero en realidad no estaba.
—No es nadie, cariño. No es nadie. Era un señor que se había equivocado de número —le dijo Lena a su hijo con voz dulce antes de cortar la llamada.
Jakob se pellizcó el muslo con fuerza. Focalizar el dolor en una parte de su cuerpo lo ayudaba a no desmoronarse.
No podía hundirse ahora. Tecleó un mensaje por Skype: «Cuidaos los dos.
Nos vemos en Navidad; iré a ver a Matias.
Tengo tres días de visita estas Navidades, según la resolución judicial. »
Jakob apagó el teléfono y lo dejó en el suelo del salón, al lado de la cesta de lanas. Había tomado una decisión. No iba a rendirse, desde luego que no.