Huellas en los fiordos (Hildur 1) 42. Noviembre de 2019, Ögurvík
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42. Noviembre de 2019, Ögurvík

Con la nieve derretida, el patio de la granja se había convertido en un campo de lodo inmenso y desolador.

No hacía tanto que las nevadas habían cubierto el paisaje con un manto de claridad y contornos nítidos.

Nieve, hielo, un cielo azul. Luego, el viento del sur, húmedo y cálido por la corriente del Golfo, había barrido la isla, como todos los inviernos.

Con un par de soplidos, había fundido la nieve, arrastrándola por los ríos al mar.

El motor de la excavadora estaba apagado, pero las potentes luces de trabajo seguían encendidas, enfocando el patio y el establo en medio de la oscuridad. La amarillenta luz artificial resaltaba el deterioro del establo, y sus haces temblaban en los charcos de barro que salpicaban el terreno.

Le entraba agua en los ojos, pero Hildur no podía sentirla. Tenía la piel entumecida. Caminaba inclinada y con los puños cerrados dentro de los bolsillos del abrigo.

Se sentía pequeña y frágil mientras se dirigía hacia el montículo.

Recordó una leyenda popular sobre una mujer miedosa que lo había perdido todo.

Le daba la impresión de que caminaba tan encorvada como esa mujer, que había dado a luz a un niño, lo había envuelto en trapos y lo había abandonado en las montañas.

Eso era lo que solían hacer las mujeres antiguamente cuando no podían mantener a sus hijos.

Más tarde, la mujer de la leyenda, sentada en el establo en compañía de sus animales, lamentándose de su pobreza y de no haber podido acudir al baile de la granja vecina porque no tenía nada que ponerse, oía a un niño susurrar desde la pared.

Mamá, en el establo, en el establo

no te aflijas;

yo te prestaré mis trapos

para que puedas bailar,

para que puedas bailar.

Hildur trató de sacarse aquella horrible historia de la cabeza. ¿Por qué recordaba aquellos versos precisamente ahora?

El conductor de la excavadora estaba sentado en la cabina fumando un cigarro. El humo revoloteaba unos instantes por el habitáculo antes de encontrar la vía de salida. El hombre miraba al frente con aspecto aburrido. No se bajó de la cabina para saludar a los recién llegados.

—Llevo un par de horas esperando.

—Había mala visibilidad en la meseta —dijo Hildur sin disculparse; todo el mundo sabía que la baja visibilidad implicaba una conducción más lenta.

Se fijó en la cara surcada de arrugas del conductor. Parecía cansado.

—Pues ahí hay algo.

El hombre tiró el cigarro al suelo. La colilla cayó al lado de Jakob, que la apagó de un pisotón.

Hildur se acercó al borde del hoyo y miró abajo. Sólo oscuridad. Dentro del puño, en el bolsillo, apretaba una linterna que se encendía presionando uno de los lados.

—¡No llevaba más de un cuarto de hora excavando cuando me topé con unas bolsas de plástico. Dejé de cavar para no romperlas con la pala! —gritó el hombre desde la cabina mientras se liaba otro cigarro.

Hildur apuntó con la linterna al fondo del hoyo.

Se había acumulado agua de lluvia y bajo el lodo parduzco se veían trozos de plástico amarillo.

Las bolsas de plástico que había mencionado el conductor de la excavadora.

Se puso los guantes, se cubrió con la capucha y entró en el hoyo.

Por suerte, la superficie cavada era amplia y tenía una pendiente suave.

El último paso, sin embargo, era muy abrupto.

Se apoyó con una mano mientras con la otra sujetaba la linterna.

Le pidió a Jakob que se quedara en el borde y la alumbrara.

Hildur se quedó un instante allí inmóvil. El miedo se había volatilizado nada más pisar el fondo. Ya no la asustaba lo desconocido. Sólo tenía que cavar, pasar a la acción.

Empezó a limpiar la tierra embarrada que cubría el plástico.

Poco a poco, se hizo medio visible una bolsa de supermercado con el logotipo de un cerdo rosa.

Hildur se puso la linterna entre los dientes y levantó la deteriorada bolsa con las dos manos para que no se desintegrase.

Al lado de la primera bolsa había otra; la levantó también con cuidado, como si fuera un recién nacido.

El plástico se notaba quebradizo, pero no estaba roto.

Aunque se había desteñido el color amarillo, el logotipo rosa se veía perfectamente.

Todos los islandeses conocían la icónica imagen del cerdo.

Se trataba del logotipo de la primera cadena de supermercados del país, fundada a finales de la década de 1980, y que, en la actualidad, era la mayor cadena de Islandia.

Con las manos enguantadas y algo temblorosas, hizo un agujero en la primera bolsa.

Sabía que quizá debería dejar que los forenses fueran los primeros en registrar el lugar, pero no podía esperar ni un segundo más.

Abrió la bolsa de plástico por un costado, como si fuera un pez, y la levantó para ver su contenido.

—Jakob, dame más luz —murmuró con la linterna en la boca.

Jakob se acercó con su propia linterna.

Hildur sacó un pequeño abrigo que en otro tiempo había sido rosa. Estaba mojado y olía mal. La tela estaba llena de manchas negras y en el borde de la capucha se veían restos del forro de pelo. No quedaba gran cosa de la prenda original, pero Hildur lo reconoció al instante.

Fue su abrigo de invierno durante el primer curso escolar.

El abrigo con cuello de pelo del que estaba tan orgullosa.

Su familia nunca había tenido demasiado dinero, y ese abrigo había costado una fortuna.

Como toda la ropa la heredaban sus hermanas pequeñas, después de ella lo habían usado Rósa y Björk.

El abrigo de Björk.

Se lo puso bajo el brazo y volvió a mirar dentro de la bolsa. Había una mochila roja de My Little Pony.

Hildur se quitó la linterna de la boca y alumbró el fondo del hoyo, el lugar del que acababa de sacar las bolsas amarillas. Le había parecido ver algo, pero quería estar segura. Más segura. Sacó el barro con la mano y palpó algo duro y blanco. Eran huesos, pequeños y delicados.