41. Noviembre de 2019, Reikiavik-Garðabær #3
Hildur redujo la velocidad y se metió en el carril derecho.
Se incorporó a la Ruta 1, la carretera de circunvalación de Islandia, rumbo al norte.
Una vez pasada la zona urbana de Reikiavik, el paisaje cambiaba de forma radical.
En apenas un cuarto de hora, habían dejado atrás los pequeños bloques de pisos, las filas de casas adosadas y las carreteras que conectaban los distintos barrios.
Por las ventanillas, veían campos húmedos y caballos islandeses de largas crines buscando cobijo y calor entre ellos.
Miraban todos en la misma dirección, con sus redondos traseros y sus gruesas colas ondeando al viento.
Jakob se había puesto la bolsa de las lanas en el regazo.
Tenía que desenredar los extremos de las lanas y volver a enrollar los ovillos.
Luego, colocó el hilo de lana negra en las agujas.
Ya sólo le faltaban el cuello y las últimas hileras de la espalda.
Los jerséis de lana tradicionales islandeses eran iguales por delante y por detrás, es decir, que se podían poner indistintamente de uno u otro lado.
Sin embargo, la línea del cuello de una persona solía ser más baja por delante que por detrás y a Jakob no le gustaba que, si el jersey tenía la longitud adecuada en la nuca, resultara demasiado alto por delante.
Para lograr que el jersey quedara bien por ambos lados, había decidido tomarse ciertas libertades, y tejía la parte trasera un par de centímetros más alta que la delantera.
—Tengo que preguntarte algo.
Hildur bajó el volumen de la radio del coche. Miró la gasolinera que se acercaba y el indicador del combustible. Quedaba suficiente diésel para llegar al siguiente pueblo, así que pasó la gasolinera de largo.
—Esa granja de ayer. ¿Por qué paramos allí?
Hildur imaginaba que Jakob había estado dándole vueltas.
Era consciente de que se había mostrado ausente y más callada de lo normal después de la parada.
No era que quisiera seguir ocultándoselo; simplemente, el día anterior no había tenido fuerzas para hablar de eso con nadie.
Mucha gente sabía que sus hermanas habían desaparecido, pero la única que vivía con ese trauma era ella.
—Quería ir a comprobar una cosa que me habían contado.
Empezaba a hacer calor dentro del coche. Hildur se bajó la cremallera del abrigo y apagó el calentador del asiento. Le habló a Jakob de Magnús, el adiestrador de perros, de los trabajos clandestinos de albañilería en el túnel de Ísafjörður y de la granja.
Cuando Hildur terminó de contar su historia, Jakob dejó las agujas en la bolsa y se quedó mirando por la ventana sin decir nada.
—Es decir, ¿crees que Jón, que fue asesinado en su cabaña, está de algún modo relacionado con la desaparición de tus hermanas?
Hildur se encogió de hombros. Tenía un presentimiento, aunque, desde luego, no podía estar segura. No existía ninguna prueba, sólo las palabras del adiestrador de perros que, en la época de la desaparición de las niñas, había llevado una vida llena de excesos y alcohol.
—Quería ver la casa donde había vivido Jón. Tenía la esperanza de encontrar allí algo que tuviera alguna trascendencia.
Hildur le habló del montículo y de la excavadora que había contratado para que removiera el patio de la granja.
—Si crees que estoy loca por dedicarme a excavar en patios ajenos, lo entiendo —dijo, y pisó el acelerador, a noventa kilómetros por hora.
En el sur de Islandia, la carretera discurre a poca elevación sobre el nivel del mar. Rodea las montañas gigantes de color marrón oscuro, bordea la costa y, a la altura de Hvalfjörður, el Fiordo de la Ballena, se sumerge en el túnel que recorre los seis kilómetros de una orilla a otra del fiordo.
Jakob se estiró para cerrar la rejilla de ventilación del salpicadero.
—No considero loco a nadie. El problema que tenemos la mayoría de nosotros es que nos esforzamos por parecer normales.
Damos por hecho que todos a nuestro alrededor son personas reflexivas y racionales, aunque no sea cierto.
En realidad, todos estamos constantemente pensando en cosas de lo más peculiares, pero la mayoría no se atreve a hacer nada con esas ideas y se conforma con... o pretende ser... bueno, normal.
Hildur miraba fijamente la carretera y tuvo que pestañear varias veces. Jakob la había conmovido.
Al cabo de poco más de una hora, llegaron a la aldea de Búðardalur. Casi todos sus habitantes trabajaban en la enorme central lechera del pueblo, donde se preparaban todos los quesos azules que se comían en Islandia.
—Tengo que ir a mear. Aprovecho para comprar café y bollos para la comida —dijo Hildur, entrando en una amplia zona de aparcamiento.
El centro del pueblo era muy pequeño. Todo se concentraba en dos edificios contiguos que albergaban una pequeña tienda de ultramarinos, un restaurante, un kiosco de helados y una gasolinera.
Hildur cogió dos bollos de chocolate del mostrador de autoservicio de la tienda. Encontró una máquina de café y llenó dos vasos hasta el borde. Echó tres terrones de azúcar en el de Jakob. Fue hasta el coche con los vasos de café en las manos y la bolsa de bollos entre los dientes.
—Con esto sobreviviremos hasta llegar a casa, pero antes tenemos que hacer otra parada. El conductor de la excavadora me acaba de llamar. Ha abierto el montículo y dice que ha encontrado algo.