41. Noviembre de 2019, Reikiavik-Garðabær #2
Kolfinna le había preguntado qué le preocupaba, pero él no le había contado nada. Se quedaba sentado en silencio en el sofá, bebiendo calvados y mirando por la ventana.
—Pasó más de un año. Un día llevé varias prendas de ropa a la tintorería y encontré el programa de un funeral en el bolsillo de su traje negro. Se alteró mucho cuando le pregunté por el funeral. Nunca lo había visto reaccionar así. Estaba fuera de sí.
Hildur se puso en alerta.
—¿De quién era el funeral?
—De una mujer llamada Valgerður. En la portada del programa aparecía su foto. Era una mujer rubia, muy guapa.
Cuando Kolfinna pronunció el nombre de Valgerður, una especie de descarga eléctrica sacudió el cuerpo de Hildur.
Sentía presión en la cabeza y hormigueo en las manos.
Valgerður. Hildur no había podido olvidar aquel extraño obituario, descubierto durante su minuciosa investigación sobre las personas asesinadas.
Ya entonces tuvo el presentimiento de que se trataba de algo importante, pero no había logrado encontrarle sentido.
Hasta ahora. Como una pieza de puzle, que al principio no encajaba en ninguna parte. Una mujer joven. Valgerður.
«Mis ojos, tus ojos. ¡Oh, piedras preciosas!»
La mujer que tenía delante era la viuda del hombre que había escrito el obituario. Heiðar lo había escrito para su novia secreta; por eso sólo había firmado con su nombre de pila. Heiðar no había querido que nadie lo supiera.
—¿Qué explicación te dio sobre el programa del funeral?
—Mintió, como hacía siempre que se enfrentaba a una situación desagradable. Dijo que le había prestado el traje a un amigo para el funeral de su prima. Yo sabía que estaba mintiendo, pero no tenía ganas de discutir. Nunca volví a ver el programa del funeral. Supongo que lo destruyó.
Hildur estaba deseando marcharse. No le gustaba la atmósfera que se respiraba en aquella casa, pero quería averiguar si Heiðar había hecho algún viaje o recibido visitas en casa últimamente.
—En agosto fuimos a comprar vino al sur de Francia; después de eso, no hubo más viajes. Al menos, no que yo sepa. De vez en cuando invitaba a cenar a sus amigos, casi todos hombres de negocios.
Kolfinna les contó en qué consistían esas cenas.
Primero llegaba la asistenta, y después, el chef.
Los colegas de Heiðar, sobrios y elegantes, junto a sus esposas, vestidas con sus mejores galas, se sentaban a la mesa para degustar una cena de varios platos creada especialmente por el chef.
Los temas de conversación variaban, desde coches a cabañas de verano, pasando por inversiones en criptomoneda.
Al final de la velada, se tomaban unas copas de whisky.
—¿Sabes si tenía enemigos?
—¿Que si tenía enemigos? La mitad de Reikiavik lo odiaba y la otra mitad le lamía el culo mientras en secreto deseaba su ruina. En esta ciudad lo difícil es encontrar a alguien que lo apreciara.
Hildur tuvo un escalofrío. Sin duda, no era el yerno ideal.
—Pero no sé si alguno de ellos habría sido capaz de matarlo.
Hildur miró a Kolfinna. Sentada en el sofá, con su bata blanca y sus pantuflas rojas, envejecida de puro agotamiento, le recordaba a una actriz secundaria venida a menos, olvidada por el director en un ostentoso escenario.
—¿Vuestras familias tenían una relación cercana?
Kolfinna se apresuró a negar con la cabeza.
—Mi padre sabía que Heiðar era un trepa y no podía soportarlo, y mi madre siempre está de acuerdo con mi padre, en todo. Sólo nos reuníamos en Navidad, aunque ellos viven en Hafnarfjörður.
Su familia vivía a diez kilómetros, pero sólo se veían el día de Navidad. «Las relaciones familiares pueden ser muy complicadas», pensó Hildur.
—¿Y qué hay de la familia de Heiðar?
—Bueno, eso también es extraño. Nunca llegué a conocerlos.
Hildur no dijo nada. Hizo una pausa larga para que Kolfinna continuase hablando.
—Le pregunté muchas veces por su familia, pero se limitaba a decir que no tenía familia. Que había salido adelante solo. Siempre acabábamos discutiendo cuando le insistía con este tema. No quería hablar de esto.
Hildur asintió. Había encontrado dos fisuras en la fachada del exitoso abogado: la rubia Valgerður y sus misteriosas relaciones familiares. Tendría que seguir investigando.
Hildur se sacó una tarjeta de visita doblada del bolsillo. Antes de dejar la tarjeta sobre la mesita de caoba, miró a Kolfinna y se aclaró la voz.
—Esto no tiene relación con nuestra investigación, así que no estás obligada a contestar. ¿Por qué no pediste el divorcio?
Kolfinna se rió fríamente y se estiró el dobladillo de la bata.
—Porque fui tan estúpida que no exigí un acuerdo prematrimonial cuando nos casamos. Él no quería divorciarse y a mí no me salía a cuenta. Vivíamos bajo el mismo techo, pero éramos como dos extraños. Yo no estaba dispuesta a darle ni un solo céntimo de mi dinero.
Kolfinna cogió la tarjeta de visita entre sus uñas lila y la miró con detenimiento.
—¿Vestfirðir? ¿Por qué investigáis este caso?
—Éste es el tipo de política regional a la que aspira el gobierno —respondió Hildur encogiéndose de hombros.
Jakob, que había permanecido sentado en completo silencio en el sofá, se despidió de Kolfinna con un apretón de manos.
Hildur dio media vuelta con el coche y estuvo a punto de derribar una estatua dorada de una jirafa colocada delante de la casa de enfrente.
La esquivó en el último momento y pisó el acelerador para salir cuanto antes de aquella urbanización de ricos.
El tubo de escape de Brenda escupió una densa humareda negra sobre la jirafa dorada. Era hora de cambiar el filtro del aire.
—La riqueza y el buen gusto no van de la mano —dijo Hildur, y giró para salir de la rotonda hacia la carretera principal que llevaba a Reikiavik.
Le explicó la conversación a Jakob y también le habló del extraño obituario. Jakob se tomó un momento para digerir la información. Los limpiaparabrisas despejaban el paisaje mientras el aire acondicionado a máxima potencia evitaba que se empañaran las ventanillas.
—Quizá esté pecando de ingenuo, pero todo apunta a que el desalmado abogado se había enamorado por una vez en su vida.
Hildur sonrió. Ella había pensado lo mismo.
Aquella ola de homicidios era demasiado extraña para justificarse como el cobro de una deuda que se había ido de las manos o un ajuste de cuentas por temas de drogas.
Las tres víctimas no pertenecían al mismo grupo de amigos ni a bandas criminales rivales del inframundo.
Los motivos del asesino tenían que encontrarse en alguna otra parte.
En realidad, ya sólo les quedaban dos posibilidades: odio y amor. Y a veces no era posible separarlos.