Huellas en los fiordos (Hildur 1) 41. Noviembre de 2019, Reikiavik-Garðabær
80%

41. Noviembre de 2019, Reikiavik-Garðabær

Al día siguiente, Hildur se despertó a las seis de la mañana.

Habían reservado dos habitaciones individuales en el Grand Hotel, junto al Parque de Laugardalur, uno de los hoteles contractuales del Estado.

Muchos funcionarios de las zonas rurales se alojaban allí durante sus viajes de trabajo a la capital.

Jakob debía de estar aún durmiendo a pierna suelta, pero Hildur ya no tenía sueño.

Se puso la ropa de correr y se ató los cordones de las zapatillas.

En Reikiavik, estaban a varios grados sobre cero.

No había nieve ni hielo en las calles, así que no necesitaba los crampones.

Hildur fue en dirección sur hacia la playa.

La noche anterior habían acordado con Jakob que se verían a las ocho para desayunar.

Hildur miró el reloj: faltaba una hora y media.

Le daría tiempo a correr hasta el faro blanco de Seltjarnarnes y volver.

El carril asfaltado para peatones y ciclistas estaba iluminado de principio a fin.

Ella ya conocía la ruta. Cuando vivía en Reikiavik, salía a correr con frecuencia por las rutas de la costa y el trayecto que rodeaba el cabo de Seltjarnarnes era uno de sus preferidos.

El aire olía a mar; el viento jugaba con su pelo.

Pasó por la escultura del barco vikingo, erigida para celebrar el centenario de la fundación de la ciudad, por el magnífico centro de conciertos construido a orillas del mar y por el antiguo puerto, desde donde partían las embarcaciones de avistamiento de ballenas.

De vez en cuando, Hildur se salía del carril.

Odiaba el asfalto. El césped, ahora de color grisáceo por el invierno, era mucho más agradable para correr.

Cuanto más tiempo llevaba fuera de Reikiavik, menos ganas tenía de volver.

Allí todo estaba demasiado organizado. Las calles eran rectas, todo estaba asfaltado, las zonas verdes se diseñaban al detalle y, en verano, las flores crecían exactamente donde las habían plantado.

A la ciudad le faltaba un poco de caos y rebeldía.

Hildur ya lo echaba de menos, aunque no llevaba ni doce horas fuera de casa.

Al faro de la península de Seltjarnarnes sólo se podía llegar a pie cuando había marea baja. No era el caso de esa mañana. La marea se había tragado la lengua de tierra del istmo, así que se tomó un descanso para admirar de lejos el maravilloso faro iluminado.

El reloj deportivo le confirmó que no era demasiado temprano para hacer la primera llamada del día.

Sacó el móvil de la chaqueta, llamó a un conductor de excavadoras que conocía y le dio indicaciones para llegar a la granja de María.

Hildur le hizo prometer que no empezaría hasta que ella llegara por la tarde.

Después, le envió un mensaje a Beta: «Siento haberte gritado, pero he pedido la excavadora. Hildur.»

Casi en el acto, recibió su respuesta: « Jæjja. »

Hildur decidió interpretarlo como una señal de aprobación.

Con los huevos revueltos y la mezcla de frutos rojos del desayuno del hotel en el estómago, Hildur llevó a Jakob al departamento de patología, en el centro de la ciudad, y dejó una bolsa con botellas de zumo de bayas de cuervo en el despacho de Axlar-Hákon.

Luego se dirigieron hacia la ciudad de Garðabær, al sur de Reikiavik.

El tráfico se encontraba en su hora punta. Todos los coches y todoterrenos de los doscientos mil habitantes de la región parecían estar apelotonados en la avenida Kringlumýrarbraut de camino al trabajo. Jakob y Hildur iban justo en dirección contraria.

Su destino era el exclusivo barrio de Arnarnes, en Garðabær, una zona residencial del área metropolitana de Reikiavik.

Los millonarios que vivían allí todavía no lo habían cerrado al resto de Islandia, pero Hildur se imaginaba que sería cuestión de tiempo.

Ya habían impedido la construcción de un carril para peatones y ciclistas, y algunos querían prohibir la circulación por sus calles a los no residentes.

Hildur aparcó delante de una mansión blanca de piedra.

Aquel viejo todoterreno con los bajos oxidados llamaba la atención en el cuidado tramo de calle, donde no acostumbraban a verse más que Teslas y Range Rovers.

Cerró el coche de un portazo y, con Jakob pisándole los talones, cruzó el primoroso jardín hasta una de las muchas puertas de la casa, la que parecía la principal.

Era de madera de roble y tenía un interfono al lado.

Les abrió una mujer de aspecto cansado con una bata por las rodillas y unas zapatillas peludas de andar por casa.

—La empresa de limpieza no debía enviaros hasta la tarde. Estaba durmiendo —gruñó, e hizo ademán de cerrar la puerta.

Hildur detuvo la puerta con la mano.

—Me imagino que eres Kolfinna Daníelsdóttir. Somos de la policía. Soy la inspectora Hildur Rúnarsdóttir y éste es mi compañero Jakob Johanson. Nos gustaría hablar un poco sobre Heiðar.

—Ya he hablado de él. En realidad, estos últimos días he hablado con varios policías.

La mujer parecía enojada. Tampoco era extraño; a fin de cuentas, acababa de perder a su marido. Kolfinna apretaba el borde de la puerta con ambas manos. Hildur vio que tenía los nudillos blancos.

—Nos gustaría hacerte algunas preguntas.

—Creo que no entendéis lo que se siente cuando acabas de perder a tu pareja.

Kolfinna gimió. Mientras explicaba que, sencillamente, ya no le quedaban fuerzas para hablar con nadie más, se le quebró la voz.

A Hildur le hubiera gustado decirle que la comprendía bien. Aunque muchos pensaran que no era lo mismo perder a un buen amigo que a un cónyuge.

—Te acompaño en el sentimiento. Preferiría no haber tenido que venir a molestarte, pero hemos descubierto cosas sobre las que tenemos que preguntarte. Estamos haciendo todo lo posible por cerrar la investigación cuanto antes.

Kolfinna suspiró y se hizo a un lado. Con un vago movimiento de la mano, les indicó que pasaran. Hildur pasó vergüenza. Había olvidado los calcetines limpios en casa y los sudados calcetines de correr dejaban marcas de dedos en el parquet de espiga.

En medio de la enorme sala de estar, había varios sofás de cuero color coñac.

Kolfinna se sentó en un sillón individual, y Jakob y Hildur, en el sofá de al lado, con vistas al mar.

La pared de cristal que daba al norte ofrecía una panorámica espectacular.

En el horizonte, se perfilaba la silueta del casco antiguo de Reikiavik.

El salón tenía pocos muebles, pero Hildur imaginaba que una sola de aquellas piezas costaría más que todo el mobiliario de su casa.

Las paredes estaban llenas de valiosas obras de arte, entre las que reconoció un paisaje expresionista de Jóhannes Kjarval y un par de pinturas posmodernas de Ragnar Kjartansson.

Hildur nunca había estado en una casa donde hubiera un Kjarval auténtico.

Era el pintor islandés más conocido del siglo  XIX ; sólo había visto sus obras en los museos.

—¿Podrías contestar a algunas preguntas sobre de los movimientos de tu marido en las últimas semanas?

Kolfinna miró a Hildur unos segundos antes de responder.

—¿Te crees que a mí me hablaba de sus actividades?

Hildur ya había oído que la relación de pareja se había enfriado, pero no se esperaba esta respuesta. Al abrir la puerta, Kolfinna parecía transida por la pena, pero se había recompuesto rápidamente. En este momento, parecía más bien frustrada.

—En cualquier caso, los dos vivíais aquí. ¿Hizo algo fuera de lo normal?

—Si lo hizo, yo no me enteré.

Le explicó que su familia tenía mucho dinero y que por eso su marido nunca la había dejado. Kolfinna hablaba con voz neutra, como una directora financiera anunciando los resultados trimestrales de su empresa.

—Sólo le interesaba el dinero. A mí no me quería. Hacía años que había dejado de quererme.

La viuda describió a su difunto marido como un trepa con nervios de acero y sin empatía. Dos buenas cualidades para un abogado.

—Por supuesto, es una tragedia que haya muerto de esa manera.

Para nuestros hijos, que están estudiando en el extranjero, ha supuesto una gran pérdida, y a mí me está causando muchos dolores de cabeza.

Pero no lo echo de menos, en absoluto. No sé a qué se dedicaba cuando no estaba en casa.

Y tampoco es que pasara mucho tiempo aquí.

Hildur se limitó a asentir y dejó que continuara hablando.

—Nunca me hablaba de sus mujeres —añadió Kolfinna, mirando al vacío.

—¿Alguna vez os causaron algún problema? ¿Venían aquí, o llamaban por teléfono?

—¿Crees que una de sus amantes habría podido matarlo por celos?

—Todavía no tenemos ningún sospechoso.

Hildur evitó responder directamente a la pregunta.

Aunque era cierto: todavía no tenían ningún sospechoso.

Hildur quería investigar el entorno de Heiðar para hacerse una idea sobre su vida.

Había oído decir a sus colegas de Reikiavik que, la noche de su muerte, Heiðar había estado en un hotel con una de sus novias.

Tenían las huellas dactilares y muestras de ADN de la chica.

Hildur trató de elegir con cuidado sus palabras.

—¿Sabes si tu marido tenía relaciones extramatrimoniales largas? Es decir, ¿relaciones más serias?

—Era una persona muy impulsiva. No creo que quisiera a nadie más que a sí mismo, pero se dejaba llevar por la pasión.

Disfrutaba del momento del enamoramiento.

Por lo general, sus relaciones duraban unas pocas semanas.

Cuando tenía a una chica nueva, estaba de buen humor en casa. Luego se aburría y cortaba la relación.

Kolfinna se revolvió en su asiento, como si de pronto hubiera recordado algo. Se retorcía el dobladillo de la bata con sus manos de manicura impecable.

—Recuerdo a una chica. Hace mucho tiempo de esto. Heiðar estuvo excepcionalmente contento desde el otoño hasta la primavera. Luego, de pronto, se encerró en sí mismo y se lo veía de mal humor.