Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 40
79%

Capítulo 40

El punto más alto de la ruta se elevaba hasta los quinientos metros.

No era una gran altitud para una carretera de montaña, pero las condiciones climáticas la convertían en un desafío.

Durante el verano, por la cercanía del mar, quedaba cubierta de una bruma espesa.

A lo largo de los años, se habían perdido muchas personas en la niebla, algunas para siempre.

La estrecha carretera de curvas requería mucho control del volante.

Durante el invierno, el clima era más despiadado en la meseta que abajo, en los pueblos.

Nevaba en abundancia y los fuertes vientos azotaban la nieve de un lado a otro.

La carretera tenía que cerrarse al tráfico con frecuencia debido a las tormentas.

Sin embargo, ese día habían retirado hacia un lado el gran portón de hierro y la carretera estaba abierta.

Hildur miró de reojo el panel de información meteorológica que había en el lado derecho de la carretera: indicaba que la temperatura en la meseta era de dos grados bajo cero y que el viento soplaba a una velocidad máxima de veintidós metros por segundo.

Trataba de mantener la calma, aunque hervía por dentro.

Su cabeza estaba llena de pensamientos incompletos.

Existía una conexión entre sus hermanas desaparecidas y Jón.

El albañil había vivido en la vieja granja y había trabajado en el túnel en la época de la desaparición de las niñas.

Ahora acababa de ser asesinado. Igual que Freysi y que Heiðar.

No parecía que hubiera ninguna lógica en todo aquel asunto.

Aun así, Hildur estaba convencida de que eran piezas que formaban parte de un todo, aunque todavía no entendía cómo encajaban.

Lamentaba no haber podido contarle todavía a Jakob el motivo de la visita a la granja.

El finlandés se había quedado en el coche tejiendo su jersey.

Hildur estaba agotada al volver al coche, y Jakob se había ofrecido a conducir el resto del viaje.

Ella se había negado, alegando que era demasiado complicado conducir por la carretera de montaña.

—Vale.

Eso era lo único que había dicho Jakob. «Vale.» Y había seguido enfrascado en sus agujas.

La subida era muy empinada, así que Hildur le dio más gas al coche.

Jakob rompió el silencio.

—¿Aquí hay troles de ésos?

Por la ventanilla se podía ver un campo de lava cubierto de nieve que parecía no tener fin. Negras formaciones de lava emergían aquí y allá entre la nieve, donde habían quedado expuestas por el viento. El ondulante paisaje de lava se extendía hasta donde llegaban las luces largas del coche.

En la oscuridad era difícil saber dónde empezaba el cielo y dónde terminaba la tierra. El paisaje parecía una sábana estampada de negro y de gris.

Hildur soltó un bufido.

—Son historias inventadas. Trucos de marketing.

A los turistas les contaban historias de troles que vivían en el interior de las montañas. Cuando un volcán entraba en erupción, era porque estaban cocinando y sus gachas se desbordaban de la olla. Luego todo el mundo se reía. «¡Qué graciosos son estos islandeses!»

Sin embargo, algunas de esas historias se consideraban verdaderas en la época en que surgieron. Explicaban la formación de los accidentes geográficos y el origen del mundo.

—Las viejas leyendas cuentan que la ruta que atraviesa esta cadena de montañas surgió cuando un trol llamado Kleppa pasó por allí a lomos de su caballo Flóki.

—¿Todavía es posible ver al jinete y su corcel?

—Por supuesto. Tan probable como tomar buen café en el kiosco de Hólmavík.

El café del termo dispensador era tan horrible como siempre.

A juzgar por el olor a quemado y la mancha de grasa que flotaba en la superficie, llevaba allí desde la hora de comer.

Hildur y Jakob también habían comprado en el kiosco perritos calientes con todos sus complementos, dos tarros de skyr de vainilla y una enorme bolsa de chucherías.

Se sentaron en el rincón más alejado de la sala y se comieron su modesta cena de viaje.

A la altura del pueblo de Hólmavík, los móviles tenían cobertura. Con una cucharada de skyr en la mano, Hildur llamó a su jefa con la intención de quitarse de encima el asunto más desagradable del día. Necesitaba su permiso para hacer excavaciones.

—Hola, soy Hildur. El viaje ha ido bien hasta ahora. Estamos en Hólmavík bebiendo café malo... Oye, necesito una excavadora en Ögurvík.

Hildur le explicó a Beta lo que le había contado el adiestrador de perros sobre el hombre de la cicatriz, la visita a la granja de Ögurvík y el montículo que parecía una tumba. Beta se mostró recelosa.

—Maldita sea, descuéntamelo del sueldo entonces —dijo Hildur, y cortó la llamada.

Ya se había imaginado que a Beta no le parecería bien poner en marcha la excavación. Qué se le iba a hacer. No sería la primera vez que actuaba en contra de las opiniones de su jefa.

Jakob la miraba impasible por encima de su perrito caliente, pero no dijo nada. Parecía estar esperando amablemente a que Hildur decidiera mencionar la parada en el camino.

—Tienes mayonesa en la barbilla —dijo Hildur, y le tendió una servilleta.

Jakob engulló el resto de su humeante perrito, se limpió la mayonesa de la barba y tiró el envoltorio a la basura.

Volvieron al coche, se pusieron los cinturones de seguridad y continuaron por la siguiente carretera de montaña en dirección a Þröskuldar. Apenas les quedaban tres horas de viaje para llegar a Reikiavik.

—¿Te molesta si uso la linterna?

Jakob se puso el frontal y redujo al mínimo la intensidad de la luz.

«Y esto es lo que pasa cuando uno se aficiona a tejer», pensó Hildur, riendo para sus adentros.

—Si no me apuntas con ella, no me molesta.

Hicieron el resto del viaje hasta Reikiavik en completo silencio.

Cuando la carretera que cruzaba la montaña se unió a la carretera de circunvalación de Islandia, se recuperó la cobertura de radio y los teléfonos volvieron a funcionar con normalidad.

Hildur escuchó primero el boletín de noticias de la tarde de Radio Nacional de Islandia, y luego el programa musical Kvöldvaktin , «turno de tarde».

Después de la lectura de obituarios, era su programa de radio preferido.

En cada episodio, los presentadores ponían música y conversaban sobre cada pieza y lo que significaba para ellos.

A Hildur no le interesaba demasiado la música y se aburría como una ostra sentada en los conciertos.

A los conciertos en los que el público está de pie frente al escenario y baila al ritmo de una música demasiado alta ni siquiera asistía.

Hildur no podía imaginarse nada más incómodo que bailar en público.

Sin embargo, el programa musical Kvöldvaktin le parecía excelente.

Le relajaba seguir la conversación de aquellos melómanos mientras escuchaba canciones que, de otro modo, no habría conocido jamás.

Un par de horas más tarde, cuando las luces de ciudad de Reikiavik empezaban a vislumbrarse contra el cielo negro, Jakob había terminado de tejer su jersey.