39. Noviembre de 2019, Ísafjörður-Reikiavik #2
Al mencionarle que era policía, la mujer dio un paso atrás. Se envolvió aún más en la larga chaqueta de lana y metió las manos en los bolsillos laterales. Hildur estaba acostumbrada a esas reacciones de la gente. Por lo general, un agente de policía en la puerta no presagiaba nada bueno.
—He venido por un asunto que no está relacionado contigo, sino con esta vieja granja.
La mujer se seguía mostrando algo escéptica, pero la invitó a pasar.
Le pidió que se sentara a la mesa de la cocina y le ofreció una taza de café.
Hildur la rechazó; quería que la visita fuera breve.
Jakob estaba esperando en el coche e iban a pararse en el kiosco de Hólmavík para tomar un café.
La mujer, en cualquier caso, se sirvió una taza.
Se llamaba María Jónasdóttir; era una ceramista de Reikiavik.
Le contó que había comprado la granja en una subasta notarial hacía un par de años.
La estaba reformando para que fuera su estudio.
El proyecto avanzaba muy despacio; trabajaba durante las vacaciones y los fines de semana largos.
Debería estar terminado antes del verano.
María le contó que quería reacondicionar el viejo establo para montar un taller de cerámica. Su sueño era instalar un horno.
—Ahora todavía tengo que llevar las piezas a cocer a Reikiavik.
Hildur sonrió. María era justamente como ella se hubiera imaginado a una ceramista, con un colorido vestido de manga larga, una larga chaqueta de lana, un enorme broche y el pelo rizado atado con una cinta de seda.
Hildur fue directa al grano. Quería conseguir algún dato del pasado de la finca que no pudiera encontrar en las fuentes oficiales.
—¿Conocías a los anteriores propietarios?
—Lamentablemente, no. Compré la granja en una subasta tras una herencia conflictiva.
El agente inmobiliario me dijo que la herencia llevaba décadas sin repartirse.
No la pusieron a la venta hasta que los más pendencieros de la familia no hubieron muerto.
Puedo buscar la información sobre los antiguos propietarios, si quieres.
Hildur le dio las gracias, pero le dijo que no sería necesario. Esos datos podía encontrarlos en el registro con un par de clics.
—Pero cuéntame quién vivía aquí antes que tú.
María se encogió de hombros y se disculpó por no ser capaz de responder a la pregunta. No lo sabía.
—Si no entendí mal, lo tenían alquilado en negro.
A Hildur no le sorprendió este dato. Había encontrado la información del registro nacional en la comisaría y, según los datos oficiales, en esa dirección no había vivido nadie en los últimos treinta años.
—Cuando vine por primera vez, hace un par de años, el lugar parecía abandonado.
Entraba agua por las ventanas y la casa estaba plagada de ratones.
La reparación del tejado también me costó una fortuna —dijo María cogiendo la taza con ambas manos; en las casas antiguas hacía frío —. ¿Puedo saber por qué lo preguntas?
La ceramista parecía tener curiosidad. Hildur se preguntó si aquella visita serviría de algo.
—Está relacionado con un caso que se está investigando.
María arrugó la nariz. Parecía ofendida.
—Yo no he notado que haya ninguna ilegalidad aquí.
—Se trata de un caso muy antiguo —añadió Hildur; su voz ya no reflejaba tanta paciencia —. Cuando te mudaste a la granja, ¿qué hiciste con los trastos viejos?
María no tuvo que pensar mucho. Los herederos habían vaciado el patio y los edificios y se lo habían llevado todo. Fue una de las condiciones para la compraventa.
El lugar estaba plagado de cosas: viejas ruedas de tractor, maquinaria estropeada, bidones de aceite oxidados y grandes montones de redes de pesca que estropeaban el paisaje. La montaña de chatarra se veía desde la carretera principal.
Hildur sintió un leve pellizco en su interior.
Era la llama de la esperanza que se apagaba.
Se había encendido cuando el adiestrador de perros le había hablado del albañil de la cicatriz en la cara que había vivido en esa granja en la época de la desaparición de sus hermanas.
Hildur había deseado encontrar algo en la granja que le arrojase un poco de luz sobre su desaparición.
No dejó que se le notara la frustración.
Le dio las gracias a María, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta.
—Por cierto, ¿qué tipo de bayas crecen por aquí?
—Ahí atrás crecen muchos arándanos silvestres. Este otoño recogí varios cubos. Son bastante pequeños, pero tienen un sabor excelente.
—Cuanto más pequeños, más sabrosos. Aunque recolectarlos es un trabajo arduo —dijo Hildur.
Se sentó en el taburete de la entrada. Las botas de invierno no dejaban entrar el agua, pero tampoco la dejaban salir. El sudor de los pies quedaba aprisionado en el calzado impermeable, lo que resultaba muy incómodo. Notó un olor agrio al ponerse las botas. Maldito tiempo invernal.
María se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta. Hildur tuvo la impresión de que el búho del broche de la chaqueta de la ceramista la miraba fijamente. La mujer parecía haber recordado algo de pronto.
—En realidad, acabo de acordarme de un pequeño detalle. No creo que sea importante, pero...
Hildur se enderezó y su mirada pasó del búho a María.
—Cuéntamelo.
María se envolvió aún más en la chaqueta de lana. Le contó que el verano anterior había reformado el establo al otro lado del patio. Tenía planeado instalar allí el horno de cerámica cuando hubiera ahorrado dinero suficiente para comprarlo.
—Detrás del cobertizo había un montículo extraño. Llamaba bastante la atención en el terreno uniforme del patio. En aquel momento, pensé que quizá lo habían considerado una casa de elfos y por eso no lo habían tocado.
Algunos islandeses no tocaban los montículos y piedras de sus patios porque creían que en su interior vivía el pueblo oculto, es decir, los elfos. Le dejaban las placentas de las vacas y las yeguas como ofrenda y nunca cortaban la hierba ni segaban con ruidosas máquinas cortacésped.
Los elfos de los relatos folklóricos islandeses eran seres antropomorfos invisibles que podían hacerse visibles cuando lo necesitaban.
Estos seres vivían ocultos en la naturaleza, pero de vez en cuando hacían visitas a la gente: castigaban a los que se portaban mal, con incendios misteriosos o rompiendo objetos, y hacían favores a las buenas personas.
Si se perdían en la niebla, las ayudaban a volver a casa, por ejemplo, y si respetaban la naturaleza, les aseguraban una buena cosecha.
—¿Puedes enseñarme el lugar? —preguntó Hildur.
La cellisca se había convertido en lluvia.
Las dos se habían puesto la capucha y caminaban con la cabeza gacha y pegada a los hombros.
María fue hacia la parte trasera del establo y se detuvo junto a la pared para cobijarse bajo el tejado.
Fue en vano: la lluvia era más astuta que ellas y llegaba allí donde no había protección.
—¡A esto me refería! —gritó María entre la lluvia mientras señalaba al otro lado de la esquina.
Encendió la linterna e indicó un punto al lado de la pared.
Hildur se colocó justo al lado de María y siguió el haz de luz con la mirada. Se estremeció. Era, ciertamente, un montículo de gran tamaño que se distinguía con toda claridad en aquel terreno uniforme.
Sintió que el suelo blando temblaba bajo sus pies. Olía a tierra mojada. La lluvia trepidaba contra el tejado del establo como las voces de un coro masculino en una iglesia. Bajo la luz de la linterna de María, las briznas de hierba parecían finos cabellos dorados.
Por la mente de Hildur desfilaron recuerdos de lugares en los que había estado con sus hermanas y de momentos que habían vivido juntas.
No tenía más que unos pocos recuerdos de ellas y algunos se habían ido desvaneciendo.
Se acordaba de una Navidad en la que las tres recibieron unos cochecitos de juguete que funcionaban con agua.
Organizaron una carrera desde la puerta de la cocina hasta el sillón más alejado del salón.
Ganó Rósa, y no paró de dar saltos de alegría.
Hildur recordaba la sonrisa de Rósa, pero no recordaba el año ni si aquella Navidad había nevado.
El haz de luz de la linterna de María hizo salir a Hildur de su ensimismamiento.
Miró la formación del terreno que le señalaba la ceramista.
Parecía un montículo artificial. El terreno, de un par de metros de largo y un metro de ancho, se elevaba al lado del redil de las ovejas.
Al principio Hildur pensó que podría ser una fosa de estiércol, pero rechazó la idea.
Nadie pondría un estercolero tan cerca del establo por el riesgo de parásitos.
Era fácil imaginarse que era un lugar sagrado para los elfos.
Es decir, si se creía en los elfos. Para Hildur no eran más que viejas leyendas populares que la gente había inventado para divertirse y consolarse en una época en que no existían los ordenadores y los teléfonos inteligentes.
El agua le corría por la cara y le entraba por el cuello del abrigo. Era agua de lluvia, o quizá fueran lágrimas. Puede que fueran la misma cosa.
El montículo era demasiado simétrico. Dos metros de largo, metro y medio de ancho, medio metro de alto. Una vocecita temblorosa susurraba en su interior. En lo más profundo de su ser, sabía que tenía razón. Se encontraba delante de una tumba.