39. Noviembre de 2019, Ísafjörður-Reikiavik
Hildur había acertado con su predicción: el tiempo había empeorado.
Caía tanta aguanieve que el efecto de los limpiaparabrisas era mínimo.
En cuanto los brazos la despejaban, el cristal volvía a cubrirse de una pasta húmeda y pegajosa de inmediato.
Había muy mala visibilidad, por lo que Hildur conducía con extrema precaución: mantenía la velocidad por debajo de ochenta sin apartar la vista de las rayas de la carretera.
La muñequita de la falda de paja temblaba con los vaivenes del vehículo.
Iban en el coche de Hildur. Las condiciones de tráfico eran complicadas y estaba empezando a helar en las carreteras de montaña que atravesaban la meseta.
Allí la cellisca dificultaría que las máquinas quitanieves de la Administración de Carreteras mantuvieran las vías despejadas a esas horas del día.
En condiciones tan desfavorables, Hildur prefería confiar en Brenda .
La había adaptado con neumáticos de cuarenta pulgadas y tendría que haber mucha nieve para que se quedara atascada en la carretera.
Además, si usaba su propio vehículo, podía reclamar una compensación por los kilómetros recorridos durante el viaje.
Esos ingresos libres de impuestos eran un extra muy bienvenido.
—Por suerte, no tardará en oscurecer. —Hildur suspiró con las dos manos aferradas al volante.
—Ni que lo digas. Con esta lluvia torrencial, los reflectantes de las balizas de nieve se ven mejor en la oscuridad —dijo Jakob dándoles a las agujas de tejer.
La bolsa de las lanas estaba afianzada en el espacio entre el freno de mano y el asiento.
—¿En Finlandia suele hacer un tiempo tan horrible? —preguntó Hildur.
Miró de reojo la pieza de lana en el regazo de Jakob.
Si había tenido tiempo de tejer, significaba que Guðrún seguía de viaje de trabajo.
El jersey parecía casi terminado; le estaba quedando precioso, con largas líneas gráficas y colores terrosos.
Era un diseño moderno, pero a Hildur le recordaba las viejas labores de punto de cruz que decoraban las paredes de la casa de su tía Tinna.
—Nieve, hielo y oscuridad. Rara vez tenemos un viento tan fuerte —respondió Jakob.
Pasaron el pueblo de Súðavík, que parecía más miserable si cabe en medio de aquel paisaje gris.
Pequeñas casas, una junto a otra, como buscando cobijo entre ellas.
Carreteras cubiertas de aguanieve. Ni un solo árbol a la vista.
Una estación de servicio abandonada completaba aquel ambiente fantasmagórico.
Sobre las ventanas rotas habían clavado paneles de contrachapado.
Estaban hinchados por las lluvias caídas a lo largo de los años y no aguantarían mucho más en su sitio.
La serpenteante carretera rodeaba las montañas siguiendo la costa.
En esa zona de Islandia, las autovías se habían construido junto a la costa de forma intencionada.
En las montañas, el mantenimiento de las carreteras resultaba muy caro durante el invierno, ya que en una noche podía caer tal cantidad de nieve que las máquinas de despeje no podrían circular por aquel terreno abrupto y lleno de curvas.
Muchas de las carreteras más intransitables de la meseta se cerraban en invierno.
Cerca de la costa, el terreno era más uniforme y era posible despejar la nieve.
Pasado Álftafjörður, había otro fiordo de apenas diez kilómetros. Después, la carretera giraba hacia Hestfjörður. Debía su nombre al monte de Hestur, «caballo» en islandés, que se erguía hasta los quinientos metros en el borde septentrional del fiordo, a merced de los embates del Atlántico.
—Ahí es adonde voy en otoño a buscar bayas de cuervo para hacer zumo —dijo Hildur señalando con la cabeza la montaña de cima plana que dominaba el paisaje.
Allí podía estar en completa tranquilidad.
Hildur nunca había visto a otros recolectores de bayas en la zona porque no había ninguna carretera que llevara hasta la montaña.
Era necesario caminar durante varios kilómetros cargando con los cubos y pocos tenían la condición física o el tiempo para hacerlo.
Cada año, durante el mes de septiembre, Hildur dedicaba un par de semanas a recolectar bayas.
Hacía una pausa en los entrenamientos y, cuando tenía un rato libre, cogía los cubos y se iba para allá.
A veces recogía arándanos silvestres o arándanos negros, pero le gustaban más las bayas de cuervo, algo ácidas y de piel dura.
Una vez en casa, limpiaba las bayas de hojas y ramitas y hacía zumo.
Solía preparar más botellas de la cuenta, por lo que muchos de sus conocidos recibían zumo de bayas de los fiordos como detalle o como regalo de Navidad.
Axlar-Hákon, el patólogo de Reikiavik, era el mayor fan del zumo de bayas de cuervo de Hildur.
En esa ocasión también había metido en el maletero varias botellas para Hákon envueltas en hojas de periódico.
Cada vez que visitaba Reikiavik, le llevaba alguna botella de zumo.
Lo hacía para darle una alegría a su colega, pero tampoco le venía mal que el único patólogo del país se sintiera en deuda con ella por unos cuantos litros de néctar.
Así funcionaban las cosas en Islandia. Alguien conocía a alguien que estaba dispuesto a ayudarte a saltarte la fila. Se hacían favores y se intercambiaban servicios unos a otros.
Jakob miró hacia la montaña y asintió en señal de aprobación.
Aún tenía mucho que aprender. Cuanto más circulaba por aquellas carreteras, más cortos le parecían los viajes.
Los fiordos se volvían cada vez más familiares, las curvas más suaves y las montañas más impresionantes. Daban ganas de pararse a observar.
—Éste es el cuarto fiordo. ¿Cuántos quedan todavía?
—Tres fiordos profundos y una carretera de montaña hasta la primera estación de servicio. Entonces, estaremos a mitad de camino.
A los fiordos más remotos no llegaban la señal de radio ni la cobertura del móvil. Dentro del coche, el tintineo de las agujas de Jakob y el crujido de los limpiaparabrisas creaban un ambiente acogedor. Continuaron el camino en silencio.
Hildur puso el intermitente y acto seguido salió de la carretera principal asfaltada para adentrarse por un camino estrecho.
—¿Qué pasa ahora? —dijo Jakob mirando a Hildur.
—Tengo que gestionar un pequeño asunto; seré rápida.
Redujo la velocidad al avanzar por los baches.
Cuando llegaron al patio de una granja, Hildur detuvo el coche delante de un establo desvencijado.
Hacía mucho que allí no se refugiaba ninguna oveja.
Fuera del coche reinaba la oscuridad, pero las luces de Brenda iluminaban el establo.
Las ventanas estaban selladas con láminas de madera y una esquina del tejado se había derrumbado.
Hildur miró el edificio principal. Parecía habitable, aunque el exterior estaba bastante deteriorado.
La pintura se había desconchado y los aleros estaban colgando, pero las paredes seguían rectas y las ventanas tenían cristales.
En el piso inferior se veía una luz encendida y había una furgoneta aparcada delante de la casa.
Hildur había examinado el mapa a partir de la descripción de Magnús y estaba segura de que habían llegado al lugar correcto.
Ésa era la granja en la que vivía Jón en la década de 1990.
Hildur necesitaba ver el lugar por sí misma. Había pasado por delante de aquella solitaria granja decenas, posiblemente cientos de veces en su camino entre Ísafjörður y Reikiavik. Ya había reparado en ella en alguna ocasión, pero nunca había entrado hasta el patio.
Hildur no había podido averiguar si la granja estaba habitada. No había nadie empadronado en esa dirección y no había ningún nombre o número de teléfono vinculado a ella. En cualquier caso, parecía que las luces estaban encendidas y eso le daba esperanzas.
«¿Esperanzas de qué?», pensó. Lo cierto era que no sabía qué esperaba. No le había contado nada de la parada a Jakob porque no habría sabido qué decirle sin sonar como una auténtica chiflada.
Jakob, aún con las agujas de tejer en la mano, seguía mirándola interrogativamente.
—Quédate en el coche. Luego te lo explico.
Hildur cerró de un portazo y fue dando zancadas hasta la puerta de la casa.
Como era de esperar, no había timbre, por lo que dio unos golpecitos en el cristal de la puerta.
La aguanieve le estaba empapando el pelo.
Había tratado de ponerse la capucha, pero contra la cellisca islandesa no había nada que hacer.
El viento la arrastraba a su antojo y le daba de pleno en la cara.
Se secó con la manga del abrigo y volvió a golpear la puerta, esta vez un poco más fuerte.
Percibió movimiento en el pasillo y alguien agarró el pomo desde el interior.
La puerta se abrió hacia dentro, como era costumbre en Islandia. En invierno se acumulaba tanta nieve delante de las puertas que no era posible abrirlas hacia fuera. Una puerta que se abría hacia dentro garantizaba que los habitantes pudieran salir de casa rápidamente en cualquier época del año.
Era una mujer de la edad de Hildur con aspecto amistoso.
—¿Problemas con el coche?
En aquellas regiones tan escasamente pobladas, los habitantes estaban acostumbrados a las visitas inesperadas de viajeros ocasionales en busca de ayuda.
Si uno se quedaba sin gasolina o se le pinchaba un neumático, no era posible pedir ayuda por teléfono.
Era necesario acudir a la casa más cercana, que podía encontrarse a varias decenas de kilómetros de distancia.
—No, nada de eso —se apresuró a responder Hildur. Explicó que era policía y que se dirigía a Reikiavik por cuestiones de trabajo —. Quería hacer una parada de camino en esta granja. Es que, eh... ¿Puedo pasar?