Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Hildur le hincó el diente a la sabrosa pizza. Queso a la pimienta con pepperoni picante era una combinación insuperable. Dejó el borde en el plato y cogió otro trozo. Habían sucedido tantas cosas durante los dos últimos días que su cuerpo le pedía constantemente comida. Era insaciable.

La comida de la pizzería de debajo de la comisaría no era la más sana del mundo, pero estaba buena y quitaba el hambre.

Hildur miró por la ventana del establecimiento.

Al final del pueblo, detrás de la última calle de casas, las montañas de cima plana se elevaban hacia el cielo.

A esas horas, el sol apenas alcanzaba a rozar la cumbre de las montañas y hacía resplandecer la parte superior de las laderas.

El cielo era azul y el mar estaba liso como un espejo.

Hacía el tiempo perfecto para disfrutar al aire libre.

Si tuviera un trabajo normal de ocho a cuatro, podría salir a correr al terminar la jornada.

Sin embargo, en ese preciso momento, una carrera recreativa vespertina le parecía una aspiración tan lejana como unas vacaciones de surf en Marruecos.

La jornada de Hildur no estaba siendo tan bonita como el tiempo.

El día anterior se lo había cogido libre para recuperar fuerzas.

Había pasado la mañana leyendo documentos antiguos, y, al volver a la comisaría, les había pedido a todos que no le preguntaran cómo lo llevaba. Quería seguir trabajando y punto.

Jónas, tras su resbalón del día anterior, había acabado en el hospital. Se había roto la cadera y no iría a ninguna parte durante las siguientes semanas. El equipo forense había volado a Reikiavik con el cadáver de Freysi.

Hildur se quedó mirando las montañas. Mucho tiempo atrás, aquel trozo de lava nacido de la unión de dos placas tectónicas había estado cubierto por una capa de hielo de varios kilómetros de grosor.

El nuevo territorio era fruto de la actividad volcánica.

Cuando los volcanes entraban en erupción bajo la masa de hielo, se formaban montañas con la cima plana.

Pensar en las montañas aplanadas por el hielo le resultaba reconfortante.

Las montañas nacían con un peso, pero nacían, a pesar de todo. Simplemente, eran diferentes al resto.

—Hildur, ¿me estás escuchando?

Jakob la miraba desde el otro lado de la mesa.

—Lo siento, no estaba escuchando.

Hildur apartó el plato de pizza vacío.

—Te preguntaba si me podías ayudar un poco —dijo Jakob, y le contó la extraña llamada que había recibido por la mañana, de la que no había entendido absolutamente nada, a excepción de las palabras «Satán» y «bendición».

Le enseñó a Hildur el papel en el que había escrito las palabras: Kleppyr , Jón , Heiðar , seitna y bles.

Hildur estalló en carcajadas. El arrebato de júbilo le sentó bien y la risa la tranquilizó. Cuando logró estabilizar la respiración, cogió el papel y volvió a mirarlo.

— Bless no significa «bendición». Se usa para despedirse. «Seitna», escrito seinna , no tiene nada que ver con Satán, sino que significa «más tarde». Kleppur es un hospital psiquiátrico en Reikiavik —le explicó —. ¿Quién te ha llamado? ¿Algún paciente del hospital?

—No sabría decirte. Parecía una persona bastante razonable. El problema es que no entendí nada de lo que me decía.

Los dos sabían que la policía a menudo recibía llamadas de broma.

Algunas personas sólo querían charlar un rato y, si no tenían con quién hablar, sabían que la policía siempre respondía al teléfono.

Otras llamadas eran de chiflados. Las personas telefoneaban porque habían visto ovnis o porque habían sido testigos de un asesinato que había salido en la prensa el día anterior.

—¿Puedes devolverle la llamada para no dejar el asunto pendiente?

Jakob le mostró el número al final de la hoja, que había copiado de la pantalla de su propio teléfono.

Hildur sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó el número. Tras el sexto tono, se dio por vencida. Volvería a intentarlo más tarde.

Los dos policías salieron de la pizzería con los abrigos de invierno bajo el brazo y se dirigieron hacia el patio trasero del mismo edificio, por el que se entraba en las dependencias de la comisaría.

Beta estaba sentada en su despacho hablando por teléfono.

Sobre el escritorio había un paquete de galletas a medias.

Se oía la voz monótona del locutor de las noticias de la radio.

Hildur y Jakob estaban sentados frente a sus ordenadores a su mesa de trabajo.

Hildur anotaba sus observaciones sobre los acontecimientos de los últimos días, mientras que Jakob se centraba en los datos telefónicos.

Comparaba las llamadas entrantes y salientes de Jón y de Freysi; trataba de encontrar números en común y comprobaba las horas.

Hildur cerró el portátil de golpe y se puso en pie.

—Oye. He estado pensando en una cosa relacionada con Heiðar. Vámonos un par de días a Reikiavik. Tenemos que encontrar más información sobre ese abogado muerto.

Hildur no podía parar de pensar en ese inquietante obituario firmado por el misterioso Heiðar.

Tenía un presentimiento. Además, era muy raro lo que les había contado el inspector Jónas sobre la viuda de Heiðar: al parecer, la muerte de su marido no le había causado ninguna consternación.

Hildur quería hablar con ella. Por fuerza tenía que saber algo acerca de las actividades de su difunto marido, algo que a nadie se le hubiera ocurrido preguntarle.

Además, Jónas estaba en el hospital, por lo que la investigación en Reikiavik avanzaría a un ritmo más lento durante los siguientes días.

—También tienes que hacer algo de turismo por Reikiavik durante tu periodo de prácticas. Si el viaje resulta ser inútil en el aspecto laboral, al menos podrás decir que has visitado la capital más septentrional del mundo.

Jakob no tenía ninguna objeción al respecto. Enrolló de forma ordenada el cable del cargador del portátil, cogió las cosas más importantes del escritorio y las metió en el bolso.

—Te recogeré dentro de media hora. Ve al baño antes de que nos vayamos. Hay dos horas y media de viaje hasta el área de descanso más cercana —dijo Hildur mirando por la ventana: empezaban a formarse nubes oscuras —. O más bien tres. Va a caer una buena y no me apetece correr por el aguanieve.

Le contó a Beta que se iban de excursión a Reikiavik.

Ella aprobó la idea: era importante investigar la vida de las víctimas.

A Hildur le gustaba su forma de dirigir la comisaría.

Beta los consideraba unos expertos: sólo ellos sabían lo que era esencial para su trabajo, por lo que les daba mucha libertad para decidir las acciones que debían tomarse en cada caso.

No tenían que informar a la jefa de cada cosa que hacían: lo que importaba eran los resultados.

Hildur fue de la comisaría a casa. Tenía que poner el coche a calentar, meter en la maleta la ropa de correr, el cepillo de dientes, la crema facial y una muda, además de preparar el termo de café para el viaje.

Al mirar las zapatillas de correr de invierno, de caña alta y desgastadas en los bordes, decidió incluir los botines de otoño, más elegantes, en su equipaje.

En Reikiavik no habría tanta nieve como allí. Se las arreglaría con ropa más ligera.

No les había contado ni a Beta ni a Jakob toda la verdad sobre el viaje, pero no tenía remordimientos de conciencia. No había mentido; se había limitado a omitir un detalle. Tenía que hacer una parada a medio camino.

No dejaba de pensar en las palabras de Magnús sobre aquel ambiguo albañil.

Magnús no había sido capaz de recordar su nombre, pero ella lo había reconocido por su descripción.

Jón había estado en el mismo túnel en el que había terminado el rastro de sus hermanas.

Jón había vivido en la granja vecina de la de Magnús. Hildur quería ir allí.