37. Noviembre de 2019, Ísafjörður
Hildur se enfundó los calcetines de lana y apoyó un pie en la silla. Puso la barbilla sobre la rodilla doblada y abrió las carpetas en la pantalla de su ordenador portátil. Gracias a la simpática trabajadora del museo, no había tardado en encontrar un montón de material.
Hildur habría podido abrir los documentos digitales en la comisaría, pero prefería trabajar allí, rodeada de libros antiguos, montones de papeles, el tenue zumbido de los ordenadores, el tictac del reloj en la pared y los tranquilos pasos de los trabajadores del museo.
Le resultaba más agradable trabajar allí que en la comisaría.
Con los calcetines de lana y las salas de techos altos con sus ventanales, se sentía más cómoda para pensar.
Era el lugar idóneo para descubrir los lazos que unían el presente con el pasado.
Hildur estaba convencida de que sólo comprendiendo las historias que había detrás de los delitos, podía llegar a resolver un caso.
«Si no se conoce la historia, no se puede entender la actualidad.
» Nunca hablaba de este método en los retiros corporativos ni en las jornadas de formación de los detectives de policía.
Era su método particular y no quería compartirlo.
Por suerte, al ser la única inspectora de la región, no tenía que esforzarse por encajar en ningún grupo.
Ya estaba familiarizada con esa moqueta amarillo claro y los muebles de madera de los años sesenta.
Había pasado seguramente cientos de horas sentada en el archivo municipal.
Había descubierto el móvil de muchos delitos escarbando en el pasado de la gente.
La mayoría de estos detalles, incluso los más interesantes o escabrosos, no acostumbraban a incidir directamente en la resolución de los casos, pero siempre ayudaban a comprender el móvil.
Aunque alguna vez sí que había resuelto casos complejos gracias a estos documentos antiguos.
Recordaba un caso de extorsión sucedido años atrás.
La policía se había enterado de que un granjero de ovejas chantajeaba a su anciano vecino.
La hija del anciano había contactado con la policía al ver que su padre empezaba a sufrir graves problemas económicos, pero el hombre no había accedido a decir una sola palabra sobre el caso.
La investigación había estado a punto de caer en dique seco, hasta que Hildur, al consultar las actas de reuniones del concejo municipal de hacía veinte años, encontró información sobre unas transacciones internas.
Así había descubierto por qué estaban extorsionando al vecino.
Veinte años atrás, éste había sido miembro del concejo y había conseguido que el municipio vendiera un inmueble a su propia esposa.
La mujer lo había comprado a un precio irrisorio, lo reformó y se lo alquiló al municipio como parque de bomberos.
El matrimonio se había embolsado decenas de millones de coronas islandesas de los contribuyentes.
Este intercambio de favores no era extraordinario en la política municipal islandesa.
Por lo general, los favores se escondían bajo la alfombra y nadie se enteraba de nada.
Sin embargo, en aquella ocasión, el granjero, cuando el hijo del vecino había anunciado su candidatura a la alcaldía, había amenazado con sacar ese antiguo fraude a la luz y embarrar la reputación de la familia, a menos que el vecino le pagase.
No se habían presentado cargos porque el delito había prescrito, pero el granjero fue condenado a una pena de varios meses de prisión condicional por extorsión.
Hildur volvió a mirar la pantalla del ordenador y se centró en los documentos abiertos. Quería leer todo lo que pudiera sobre Jón, Heiðar y Freysi. Su objetivo era encontrar al menos un pequeño indicio del móvil del asesinato.
La archivista la había ayudado a buscar todos los materiales en los que aparecían los nombres de las víctimas.
Noticias de periódico, papeles oficiales y obituarios.
En las viejas noticias relacionadas con los delitos de Jón, no encontró nada nuevo.
El nombre de Heiðar aparecía constantemente, casi siempre en su papel de abogado.
Hildur hacía comentarios en voz baja. Recordaba muchos de esos casos.
¡Ese hombre había representado a todo tipo de delincuentes financieros durante su carrera!
A continuación, se encontró con un retrato de Freysi publicado en el periódico local.
El artículo había sido escrito al principio de su etapa como profesor de educación física en el colegio.
«Me gusta madrugar», rezaba el titular. Hildur se permitió mirar la foto un poco más de la cuenta.
¡Qué joven y simpático! Al parecer, la foto debía de haberse tomado un día de viento: tenía el flequillo de punta.
Hildur sintió un nudo en la garganta. Se lo tragó y, con determinación, cerró el archivo.
Ahora no podía dejarse llevar por los recuerdos.
Hildur se levantó y fue a la ventana. Apoyó la frente en el bastidor y miró fuera.
Los niños de la guardería habían salido a jugar.
Vestidos con sus monos de nieve, los pequeños se tambaleaban por el patio como diminutas embarcaciones a merced de las olas.
No se frustraban con las caídas. Al contrario, la polvareda de nieve los hacía corretear aún más descontrolados.
Tras las gruesas paredes del museo, Hildur sólo podía imaginarse sus agudos gritos de regocijo.
Los niños no seguían ningún plan, ninguna lógica, se limitaban a hacer lo que les divertía en cada momento.
A Hildur le encantaba observar los espontáneos juegos infantiles.
Le gustaban los niños, aunque ella no quería tener hijos. La maternidad no iba con ella.
Volvió a sentarse frente al ordenador. Tenía que revisar los obituarios. Por lo general, contenían mucha más información que los documentos oficiales o los artículos redactados por profesionales.
Los obituarios que publicaban los periódicos islandeses eran auténticas cornucopias de historias.
No relataban sólo las hazañas de islandeses famosos y profesionales de éxito, sino que también narraban las vidas de personas normales y corrientes.
Los textos mencionaban el lugar de residencia del difunto, su infancia, sus aficiones, sus amigos y, en ocasiones, incluso su equipo de fútbol o su destino de vacaciones preferido.
Los obituarios se escribían desde el punto de vista del autor del texto.
Por eso mismo, un difunto podía tener varios obituarios, cuando los hermanos, los padres, los hijos, sus amigos o los compañeros de trabajo querían compartir sus propios recuerdos.
Al comparar estos textos de carácter informal, se obtenía una imagen muy completa de la persona.
A Hildur le interesaba averiguar si Jón, Heiðar y Freysi habían escrito alguna vez un obituario, o si se los nombraba en el de alguna otra persona.
Había transcurrido tan poco tiempo desde los homicidios que aún no se habían publicado textos sobre ellos.
Los obituarios no solían aparecer hasta después del entierro.
En ocasiones, el anexo de obituarios del periódico se extendía durante veinte páginas, ya que se publicaban absolutamente todos los textos recibidos, incluso los que podían clasificarse como chapuza literaria.
La muerte era más poderosa que la gramática.
Los obituarios resaltaban la esencia de la islandicidad: la vida de cada persona era digna de narración y cada narración era importante.
Las historias sobre los habitantes de la isla se relataban desde el primer asentamiento, allá por el siglo IX .
De las primeras aventuras de los vikingos nacieron las sagas islandesas, joyas de la corona de la literatura medieval.
Hildur ojeaba los obituarios que le había seleccionado el buscador.
Muchos los descartaba ya a primera vista; al fin y al cabo, Jón Jónsson era uno de los nombres más comunes en Islandia.
Había un solo obituario en el que aparecía el nombre de Freysi: hablaba un compañero de estudios llamado Rúnar.
El chico, que también había estudiado para ser profesor de educación física, había muerto en un accidente de tráfico en la carretera a Grindavík.
Freysi, junto con otros compañeros de clase, firmaba el obituario, en el que describían a Rúnar como un amigo en quien podías confiar, un estudiante que caía bien a todo el mundo y un jugador de vóleibol competitivo.
Rúnar había conocido a Helga en el trabajo, y desde entonces había dejado de tener tiempo para jugar al vóleibol.
Ese dato hizo sonreír a Hildur. Los amigos de Rúnar, conscientes de que habían quedado en segundo plano, se lo seguían echando en cara en el obituario.
Hildur abrió el siguiente enlace. Otro obituario dedicado a un Jón Jónsson que había muerto de cáncer a los noventa y seis años en Egilsstaðir, en el este de Islandia.
Sin embargo, al final de esa misma página había algo más.
Un texto muy breve que llamó la atención de Hildur.
Los obituarios solían ocupar como mínimo un cuarto de página.
Éste no tenía más de dos párrafos y ni siquiera incluía foto.
Mis ojos, tus ojos
oh, piedras preciosas
lo mío es tuyo y lo tuyo es mío
sabes a qué me refiero.
Lo siento, por todo. Ni siquiera llegamos a conocernos. Heiðar.
Hildur conocía esos versos. Igual que la mayoría de los islandeses. Era uno de los poemas de amor más famosos en islandés: la primera estrofa del poema escrito por la poetisa Rósa Guðmundsdóttir en el siglo XIX . La poeta le decía cosas bonitas a su amado.
El final del obituario era tan misterioso que despertó el interés de Hildur.
¿Por qué lo firmaba como Heiðar a secas?
Los obituarios nunca se firmaban sólo con el nombre de pila, sino que se incluía el nombre completo y el título o la relación con el difunto.
Sin embargo, en aquel obituario no había ningún dato.
Era como si el redactor no hubiera querido revelar más que su nombre de pila.
Los datos relacionados con el difunto eran escuetos.
No había foto. El obituario había sido escrito en octubre de 2012.
La mujer se llamaba Valgerður Indriðadóttir y había fallecido muy joven, a los veintiún años.
No se indicaba el motivo de la muerte, aunque eso tampoco era nada extraño.
Algunas veces se incluía y otras no. La vida era más importante que la muerte.
Lo relevante era lo que el difunto y el redactor del obituario habían vivido juntos.
Hildur se sacó del bolsillo una pequeña libreta en la que acostumbraba a tomar notas de todo tipo.
Sobre todo, cosas que no estaban directamente relacionadas con ninguna investigación en curso, pero que parecían envueltas en un espeso velo de niebla que había que entreabrir.
Hildur escribió el nombre de Valgerður, así como las fechas de su nacimiento y de su muerte.
Guardó el obituario en su ordenador, deslizó la libreta en el bolsillo y decidió volver a la comisaría.
Acababan de despejar el patio del museo y la nieve crujía bajo sus zapatos.
La brisa le enredaba el pelo y le daba con él en la cara.
Eran casi las doce, pero el día seguía bastante oscuro.
Las nubes eran tan densas que ni siquiera la poca luz que aún quedaba en el cielo lograba llegar hasta ellos.
Hildur se protegió con la capucha y aceleró el paso.
No podía sacarse de la cabeza el texto que acababa de leer. Le inquietaba el firmante de aquel obituario. Hildur sabía que en Islandia había muchos Heiðar, además del abogado atropellado. Eso no tenía por qué significar nada.
Más que el nombre, lo que la extrañaba era la contradicción del texto.
¿Por qué el redactor del obituario decía que nunca había conocido a la difunta?
Al fin y al cabo, los obituarios se escribían sobre familiares, amigos y otros seres queridos.
¿Qué había querido decir aquel Heiðar exactamente?
Hildur no tenía intención de olvidar el asunto. Tenía que seguir escarbando.