36. Noviembre de 2019, Reikiavik-Ísafjörður
Lian era un manojo de nervios. Con el móvil fuertemente presionado contra la oreja, fue a rascar una mancha de yogur de la mesa. Pero la mancha aún estaba pringosa y el líquido se extendió. Contrariada, Lian se limpió el pulgar en los vaqueros mientras esperaba a que alguien contestara al teléfono.
Hacía días que quería llamar a la policía, pero el turno de noche había desbaratado sus planes.
Uno de los pacientes se había resbalado de camino al cuarto de baño y se le había caído encima.
Lian se había golpeado la cabeza contra el suelo.
Por suerte, el accidente no había pasado a mayores.
Sufrió una conmoción cerebral leve y sólo había necesitado reposar un par de días.
Como siempre, por las tardes había mucho alboroto en casa con las niñas, pero durante el día necesitó de la tranquilidad del hogar.
El descanso le había sentado bien. Esa mañana volvía a sentirse fuerte y ya había informado a su jefa de que haría el turno de día.
Durante los días de baja, había desconectado completamente y olvidado todo lo relacionado con el trabajo, también de Jón Jónsson y Heiðar Arason, los protagonistas del artículo que había leído días atrás durante la pausa de la comida.
Al volver al hospital, se había acordado de todo aquel asunto.
Tenía que contarle a la policía lo que sabía de inmediato.
Quizá el detalle que recordaba era una tontería.
Quizá el agente se limitaría a resoplar y le daría las gracias por ser una buena ciudadana antes de colgar el teléfono.
Finalmente, respondieron. Lian se presentó al estilo islandés: empezó deseando los buenos días, explicó desde dónde llamaba y dijo su nombre.
Nada más mudarse a Islandia, Lian se dio cuenta de que allí todos se presentaban con el nombre de pila.
No se usaban apellidos tradicionales, sino que todos los islandeses eran hijos o hijas de alguien.
Al principio, le había parecido extraño pedir cita en la peluquería o presentarse ante el funcionario de turno con un tono tan familiar, pero ahora le resultaba algo de lo más normal.
Lian explicó el motivo de su llamada. Todavía tenía algo de acento, pero consideraba que tenía un dominio bastante bueno del islandés.
Evitaba usar palabras difíciles y se conformaba con expresarse con perífrasis.
Le contó al agente que trabajaba como enfermera en Kleppur.
Su cargo real era de enfermera psiquiátrica, pero «enfermera» a secas era más sencillo de pronunciar, y además, al decir «Kleppur» todos comprendían a qué se refería.
En Islandia no había otros hospitales psiquiátricos.
Explicó que había leído las noticias de las muertes de Jón en Ísafjörður y de Heiðar en Reikiavik. El agente no decía nada.
—Disculpe, ¿ha oído lo que le he dicho?
De la voz de hombre al otro lado del teléfono, Lian no pudo entender más que « in English ».
Lian trató de hablar más despacio y preguntó a su interlocutor si sabía islandés. Ella hablaba filipino, español e islandés, pero no sabía una palabra de inglés. Nunca lo había llegado a aprender. El agente al teléfono no parecía comprender el islandés.
—¿Hablas español?
Se oyó un profundo suspiro. Lian lo interpretó como una respuesta negativa. No tenían una lengua en común.
Trató de explicarle que volvería a llamar un poco más tarde.
Se imaginó que el agente estaría solo durante ese turno.
El asunto de Lian tendría que esperar hasta que llegara a la comisaría un agente que supiera hablar islandés.
Al fin y al cabo, nadie estaba en peligro de muerte.
Aunque ¿qué sabía ella? En cualquier caso, tenía que continuar con su jornada de trabajo.
Los pacientes la estaban esperando. Lian se despidió de manera informal y sonriendo, para darle un poco de benevolencia a su voz.
Jakob se quedó mirando la pared, contrariado. Le frustraba no haber entendido nada. Había quedado como un idiota al teléfono, además de haber puesto a la otra persona en una situación igual de incómoda.
En su día, había tenido la misma sensación de impotencia en Noruega, cuando los amigos de Lena, su ex mujer, tras los primeros saludos e intercambios breves en inglés, pasaban al noruego y seguían hablando entre ellos.
Jakob se había sentido muy pequeño en aquellas situaciones, como un niño al que los adultos no le contaran las cosas.
Al aprender el idioma, dejó de sentirse como un extraño.
Ahora tenía por delante la misma odisea.
Había un largo camino desde las frases de dos palabras a los serpenteantes diálogos.
Sabía que aprendería islandés, pero le llevaría su tiempo.
La mujer que acababa de llamar le había parecido muy agradable.
También le había dado la impresión de que le hablaba de un asunto importante, aunque ella no pareciera tener prisa.
En aquel momento, Beta se encontraba en una reunión.
E Hildur había salido: iba a pasarse por el museo del piso superior de la biblioteca para recoger unos papeles.
Jakob miró lo que había escrito tras la conversación con la mujer. El número de móvil, que había visto en la pantalla del teléfono, y las palabras «Kleppyr», «Jón», «Heiðar», «Satán» y «bendición». Se echó a reír: «La bendición de Satán.» Hildur tendría que devolverle la llamada a la mujer.
Jakob continuó revisando los registros del teléfono de Jón.
Ya había revisado los mismos datos, pero volvería a comprobar los números una vez más.
Quizá aún lograra encontrar algo fuera de lo normal.
Además, podía tejer mientras observaba las cifras; el movimiento pausado y repetitivo lo ayudaba a concentrarse en el análisis de las largas filas de números.
Guðrún se había marchado a Reikiavik el día anterior.
Jakob había pasado la tarde solo en casa y había tenido tiempo de avanzar con el jersey.
Había unido las mangas a la pieza del cuerpo en las mismas agujas circulares.
Ahora tenía por delante la parte más divertida: tejer el diseño de colores.
En el patrón que había diseñado, en lugar de estrechar el canesú con vueltas de dos colores, todos los estrechamientos iban con un solo color.
Eso agilizaba la labor y ayudaba a reducir los errores.
Casi había terminado la primera fila del canesú cuando volvió a sonar el teléfono.
La persona que llamaba reconoció a Jakob en seguida, ya que cambió al inglés en cuanto oyó su nombre.
Era Hlín, la reportera de Radio Nacional de Islandia en Vestfirðir.
Se habían visto de pasada en la zona de la avalancha, entre las ruinas de la cabaña de Jón.
—Informasteis sobre la muerte de ese corredor hace un par de días.
La reportera hablaba en un tono amable, pero por su afilada voz era evidente que no llamaba para ver cómo estaba. Jakob le preguntó cómo podía ayudarla.
—Tengo entendido que no se trata de un accidente ni de un suicidio. ¿Puedes confirmar esta información?
Jakob organizó rápidamente sus pensamientos.
No iba a mentirle, pero tampoco tenía intención de contarle nada.
Había acordado con Beta y Hildur que todavía no harían público que se trataba de un asesinato.
La muerte de Heiðar había sido un caso de homicidio tan evidente que la información se había hecho pública casi de inmediato.
Lo mismo había sucedido con Jón, a quien le habían rebanado el cuello.
Si los reporteros supieran que los tres casos estaban conectados entre sí y empezasen a escribir artículos sensacionalistas sobre un asesino en serie que andaba al acecho...
Jakob no quería ni pensar en el caos que se podría desatar.
La policía quería recabar más información sobre el caso antes de dejarlo en manos de los reporteros.
—Se cayó por el borde la barrera antiavalanchas y falleció a causa de las lesiones provocadas por la caída. La investigación sigue en curso, por lo que en este momento no disponemos de más información.
Hlín respiró hondo.
—La gente tiene derecho a saber —añadió con énfasis.
Jakob le dijo en tono conciliador que se le practicaría una autopsia, igual que a todas las personas que no fallecían en el hospital.
—Te llamaré en cuanto tenga algo que contar, ¿de acuerdo? —propuso Jakob.
Anotó el número de móvil de Hlín.
— Jæjja . De acuerdo, quedamos en eso. Pero no te olvides de llamarme. Yo no voy a olvidarlo —insistió Hlín antes de colgar.