Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

La pequeña sala de reuniones de la comisaría, que no solía sentar a más de dos o tres personas, ese día estaba abarrotada. Alrededor de su mesa redonda se apretujaban cinco policías. La ventana estaba abierta para que corriera un poco de aire fresco.

Jakob se había sentado junto la ventana, y tenía delante a Sveinn y Hörður, los técnicos forenses que habían llegado de Reikiavik la noche anterior.

Jónas, despanzurrado en su silla, ocupaba el lugar de dos personas.

Beta llevó una bandeja con cinco tazas de café que dejó sobre la mesa, pero ni se molestó en tratar de hacerse hueco.

Quería sacarse de encima aquella reunión lo antes posible, así que cogió un taburete y se sentó al lado del rotafolio.

Jakob puso encima de la mesa dos bolsas de papel llenas de cruasanes y bocadillos de queso de la panadería.

Sveinn y Hörður se mostraron encantados con el desayuno que había proporcionado su colega, pero Jónas seguía igual de agrio que el día anterior.

Llevaba toda la mañana amorrado a la pantalla, pero cuando Jakob empezó a preparar su café, no fue capaz de callarse.

—¿Se puede saber quién le echa azúcar al café?

Sin borrar su sonrisa, Jakob le ofreció la bolsa de cruasanes.

—Soy un tipo muy dulce.

Jónas negó con la cabeza y murmuró algo. No obstante, metió la mano en la bolsa y no tardó en hincarle el diente a un cruasán.

Beta había querido celebrar la reunión antes de que los colegas de Reikiavik volvieran a la capital, por lo que Jakob y ella tendrían que arreglárselas sin Hildur, que se había tomado el día libre.

Beta dio un sorbo de café. Ese día no toleraría ninguna chorrada.

Tenían que centrar toda su atención en el caso.

A esas alturas, era más que evidente que una sola persona había asesinado a Heiðar, Jón y Freysi.

Era una situación excepcional. Beta escribió los nombres de las tres víctimas en el rotafolio.

—Freysi. Retiraron la barrera protectora y lo tiraron de un empujón. El rastro del asesino llevaba hacia el puerto. ¿Hemos encontrado algo en el puerto?

Jakob había sacado su labor y empezado a tejer. Tiraba del hilo de la bolsa que tenía bajo la mesa mientras miraba el cuaderno.

El día anterior, Hildur había llamado a los buzos, pero éstos no habían encontrado nada interesante en el fondo del mar. Por la mañana, Jakob había ido a hablar con el supervisor del puerto; desde la sala de control tampoco habían observado nada fuera de lo normal.

—Eso sí, me explicaron que los movimientos de las embarcaciones más pequeñas no siempre se ven desde la sala de control. El sospechoso habría podido desplazarse en una embarcación pequeña sin que nadie se diera cuenta —añadió Jakob mirando al resto de los presentes.

Con la cara arrebolada, Jónas miraba fijamente cómo tejía su colega, sin poder ocultar su mal humor.

—Estamos investigando un asesinato y tú te dedicas a hilar lana.

—Es la manga de un jersey. —Jakob no iba a permitir que aquel tipo lo sacara de sus casillas —. Puedo hacer dos cosas al mismo tiempo.

Beta asintió con aprobación mirando a Jakob y cambió hábilmente de tema.

—¿Qué encontrasteis en el lugar del crimen?

Sveinn negó con la cabeza con descontento.

Los resultados habían sido mínimos. La valla tenía un corte limpio, realizado con unas tenazas de gran tamaño.

Habían fotografiado la valla cortada y habían hecho moldes con masa de silicona.

En Reikiavik, compararían las huellas con las de las herramientas más comunes.

Era posible que pudieran identificar la herramienta utilizada a partir de las marcas que había dejado.

Huellas dactilares tampoco habían encontrado.

El autor había llevado guantes o había borrado sus huellas, porque la valla estaba limpia.

—A estas alturas, las pruebas más importantes que tenemos son las pisadas. El autor de los crímenes es una persona de gran envergadura. Tiene un 44 de pie. Lo más probable es que sean botas de senderismo. Haré una comparación más precisa cuando volvamos a la ciudad.

—¿Y qué hay de las fibras? —preguntó Beta.

—Nos hemos llevado la ropa de abrigo para analizarla en el laboratorio.

Sveinn también explicó que habían ido por la mañana a casa de Freysi para recoger muestras de todos los textiles y de su ropa para poder hacer comparaciones.

Beta escribió en el rotafolio: «Persona grande, pie 44.» Los datos eran escasos, pero respaldaban las declaraciones del pizzero Siggi.

—¿Ha habido alguna novedad en el caso del abogado? —preguntó Beta, y señaló el nombre de Heiðar en el rotafolio.

Jónas negó con la cabeza. En el coche habían encontrado fibras oscuras que no procedían de la ropa de Heiðar, ni de su mujer, ni de su casa, ni del hotel, ni de su oficina.

No habían encontrado más huellas dactilares que las del propio Heiðar.

Las cámaras de seguridad del aparcamiento estaban estropeadas ese día.

También habían revisado el material de las cámaras de seguridad de la zona, pero no habían visto ninguna persona sospechosa o que se desplazara en solitario.

Por último, Beta señaló el nombre de Jón en el rotafolio y contó lo que sabía.

El caso de Jón, asesinado en su cabaña, era igual de confuso que los otros: no había arma del crimen, no había huellas dactilares, nada.

De los tres casos, sólo tenían una declaración vaga de un testigo acerca de una figura de gran tamaño vestida con ropa oscura y el pelo rubio que habían encontrado en la boca de todas las víctimas.

—Tenemos un viejo pedófilo, un abogado gilipollas y un profesor de gimnasia encantador —dijo Jónas mirando a los demás.

Todos en la sala estaban pensando lo mismo. ¿Cuál era la conexión?

—Vamos a analizar todas las posibilidades. Aficiones, escuelas, campamentos infantiles y ubicación de las cabañas familiares. Tiene que haber un factor común entre todas las víctimas. Sólo tenemos que seguir escarbando hasta que lo encontremos —dijo Jónas golpeando la mesa con el dedo.

Jakob dejó la labor sobre la mesa. Miró a Jónas y luego a Beta.

—¿El factor común podría ser la familia? Corregidme si me equivoco, pero tengo la impresión de que casi todos los islandeses están emparentados de alguna manera.

Beta hizo girar el rotulador entre los dedos. La idea de Jakob no era descabellada. Ella había pensado lo mismo. Les dijo que ya había analizado los antecedentes familiares de Jón y de Heiðar y no había encontrado ningún elemento en común.

—Vamos a hacer las pruebas de ADN y así lo aclararemos —dijo Hörður, que había seguido la conversación en silencio hasta entonces.

Jónas separó la silla de la mesa y se inclinó hacia atrás. Parecía impaciente.

—Sí, por qué no. Pero los resultados tardarán mucho en llegar.

Beta ya contaba con ello. En el laboratorio forense estaban siempre muy ocupados y, aunque no fuera así, la preparación de las pruebas de ADN les llevaría varios días.

Se puso en pie y se estiró. Prolongar la reunión no los haría más inteligentes; tendrían que seguir sacando piedras y continuar con la búsqueda.

—Compartamos todo lo que vayamos descubriendo, ¿de acuerdo? —dijo Beta, y fue a cerrar la ventana.

Ahora hacía frío en la sala de reuniones.

Tras intercambiar algunas palabras más sobre los pasos a seguir los próximos días, los forenses de Reikiavik se dispusieron a marcharse. Su vuelo salía en una hora. El cadáver de Freysi viajaría con ellos en la bodega y esa misma tarde se haría la autopsia en Reikiavik.

Beta, apoyada en el vano de la puerta, se ofreció a acompañarlos a la salida.

—Creo que podemos encontrar solos la salida de esta... ejem... comisaría —dijo Jónas mirando el espacio de trabajo con gesto irónico —. Supongo que tendréis váter cubierto en esta mansión campestre, ¿no?

Beta señaló una puerta entornada en el pasillo.

Esa mañana había recibido un mensaje de la oficina de correos: ya podía ir a recoger la lámpara de techo que había comprado por internet.

La oficina estaba a la vuelta de la esquina, así que decidió pasarse por allí inmediatamente. Salió de la comisaría con los forenses.

Una vez fuera, se despidieron con desgana y prometieron mantenerse al tanto de sus respectivas investigaciones. Los forenses cruzaron el patio de la comisaría en dirección al aparcamiento, donde uno de los oficiales de patrulla los esperaba con el coche en marcha para llevarlos al aeropuerto.

Beta observó que iban a atajar por el lavacoches.

En ese punto, la nieve cubría un bloque de hielo que todos los locales tenían la precaución de esquivar.

El encargado de la gasolinera incluso había puesto un cartel de advertencia en el patio, pero los de Reikiavik habían pasado de largo sin leerlo.

—¡Caminad por el borde, que la zona del lavacoches es muy resbaladiza! —gritó Beta haciendo aspavientos.

Jónas giró la cabeza con una sonrisa burlona.

—Vale, vale, profe.

«¡Menudo cernícalo!», pensó Beta, que no tragaba a Jónas. Lo conocía desde hacía años, y el trato siempre había sido igual de complicado. Era un tipo irritante. Le daba mucha rabia que en su gremio también hubiera cabida para este tipo de gente.

Se quedó observando al trío a medida que se alejaba. «Ese tío pasa de los consejos de los pueblerinos, ¿no?, pues allá él», murmuró Beta, y se quedó esperando lo inevitable.

Con pasos largos y rápidos, Jónas se dispuso a atravesar la zona de lavado en dirección al coche patrulla.

Parecía tener mucha prisa por subir al avión que lo llevaría de vuelta a la capital.

Cuando estaba a medio camino cayó estrepitosamente al suelo sobre el costado izquierdo.

La caída parecía dolorosa. La nieve que había levantado volvió a descender lentamente sobre él.

Beta dio un respingo. Ese aterrizaje había sido extremadamente forzoso.

Jónas yacía en el suelo y no parecía capaz de levantarse por sus propios medios. Sveinn y Hörður se habían acercado corriendo, pero Jónas les indicó que se alejaran. Por su mueca agónica, estaba claro que le dolía mucho.

Beta se sacó el móvil y llamó a emergencias.

—Un hombre mayor acaba de sufrir una caída delante de la comisaría de Ísafjörður. Ha sido una mala caída de costado y no parece capaz de levantarse por sí mismo. Espero que no se haya roto la cadera.

Beta dio las gracias y volvió a guardar el teléfono en el bolsillo. Miró a Jónas, que seguía tirado en el suelo. Aunque trataba de mantener una expresión seria, Beta no podía disimular una secreta satisfacción.