Huellas en los fiordos (Hildur 1) 34. Noviembre de 2019, Ísafjörður
69%

34. Noviembre de 2019, Ísafjörður

Reinaba tal silencio que se podía oír con toda claridad el débil soplo de viento que se colaba por la ventana entornada del recibidor y que llegaba como un leve murmullo hasta el rincón más remoto de la casa.

En aquel rincón se encontraba Hildur. Llevaba un buen rato observando la larga cortina del salón que oscilaba al compás del viento.

Puede que llevara allí media hora, probablemente más.

La cortina ondulaba hinchándose en el centro y extendiéndose hacia los bordes.

Los trajes de neopreno ya llevaban varios días esperando en una bolsa negra de basura.

Allí seguían, con su olor a agua del mar.

Al principio, Hildur no había tenido tiempo de colgarlos para secar.

Ahora no tenía fuerzas. Se puso en pie y llevó la bolsa de basura al cuarto de baño.

El pesado paquete hizo un fuerte ruido chapoteante al golpear contra los azulejos del suelo.

Hildur echó un vistazo al desorden de su casa y se sintió satisfecha con la luz grisácea del día invernal. Era una luz indulgente. Revelaba algunas manchas de café en la encimera y el paquete de queso abierto sobre la mesa, pero no los mostraba en todo su esplendor.

Abrió el grifo y llenó una taza de café que había encontrado en la encimera. Echó una ojeada a la nevera; no tenía hambre, pero sabía que debía comer algo.

El sonido del microondas rompió el silencio. Hildur encogió los hombros y tembló de repulsión. Ese chirrido agudo le producía una grima terrible. Las paredes interiores del microondas tenían suciedad incrustada y el borde del plato giratorio estaba descascarillado.

Se sentó a comer en su vieja silla. El tapizado de cuero estaba desgastado en la parte de atrás y podía sentir la gruesa cinta que cubría el agujero a través de los finos pantalones.

Hildur había reparado el agujero del asiento hacía unos meses con cinta atlética.

«Con cinta atlética puedes repararlo todo menos la resaca, el corazón roto y las meteduras de pata», había dicho uno de sus profesores de artes marciales en la academia de policía mientras se protegían los dedos y las muñecas con cinta atlética antes de un entrenamiento.

Hildur se deslizó hacia el borde de la silla, más suave y menos desgastado.

Se quedó mirando el pollo del microondas. Aquel momento pasaría pronto. Lo sabía porque había sufrido muchos golpes similares en el transcurso de su vida. Sólo tenía que soportar la pena.

Luego acostumbraba a quedarse como un dolor leve que se pasaba con otro tipo de dolor. Castigar el cuerpo entre las olas o en el gimnasio solía serle de ayuda. Sin embargo, a veces la pena era tan fuerte que la paralizaba.

La última vez que tuvo un momento tan sombrío fue unos años atrás, antes de un accidente ocurrido en el puerto. Hildur llevaba unos días en casa; sin fuerzas y con mucha ansiedad. Tenía las piernas pesadas y veía borroso. Entonces había recibido la noticia.

Una familia islandesa que vivía en la isla de Heimaey había viajado en coche a Reikiavik para hacer algunos trámites.

En el viaje de vuelta, cuando el coche familiar trataba de subir al ferry que conectaba las islas, estaba haciendo un tiempo horrible.

El viento azotaba la isla desde hacía días, el suelo estaba completamente helado y las ráfagas de nieve eran incesantes.

El conductor perdió el control del coche en el puerto y fueron a parar al fondo del gélido mar.

Los buzos de rescate habían encontrado en el coche a los padres y a un bebé en su sillita de seguridad.

Cuando llegó la ayuda, todos estaban muertos.

Tras el suceso del puerto, entró en una fase depresiva.

Cuando leyó los artículos de la prensa sobre el accidente, comprendió por qué le había afectado tanto.

No toda la familia había ido de viaje a Reikiavik.

Un hijo en edad preescolar se había quedado en el pueblo a cargo de unos amigos de sus padres.

La historia del superviviente le resultaba demasiado familiar.

El hijo que se había librado del accidente al mismo tiempo lo había perdido todo. Ese niño había tenido su mismo destino.

Hildur aceptaba esa parte de sí misma, pero comprendía que fuera extraño para los demás.

Por tanto, la única persona que estaba al corriente de sus premoniciones era su tía Tinna, quien le había explicado que era una especie de defecto hereditario.

Hildur nunca se lo había contado a nadie; no era algo fácil de explicar.

Ella no era vidente ni adivina, pero cuando estaba a punto de ocurrir una desgracia, sentía que se quedaba sin fuerzas.

Hildur sabía mucho sobre enfermedades mentales.

Leía libros sobre el tema y seguía blogs en formato de diario.

El pico del malestar nunca duraba demasiado.

Una vez que había sucedido el accidente o se había producido el delito, su crisis mejoraba; entonces, recuperaba las fuerzas y era capaz de concentrarse para resolver casos y ayudar a los demás.

El día anterior, al volver del puerto, se había encontrado muy mal.

Había empezado como un dolor de cabeza que se había ido extendiendo al pecho y el estómago.

Jakob la había ayudado a entrar en casa y se ofreció a hacerle compañía, pero ella prefería estar sola.

Le quitó el sonido al móvil, apagó el portátil y le dijo a Beta de que se tomaría un día libre.

Sabía que saldría adelante. Ya lo había hecho antes.

La comida desaparecía del plato a un ritmo constante. No tenía otra alternativa. Si no comía, no recobraría las fuerzas. Cuanto más rápido comiera, más rápido podría irse a dormir y antes lograría recuperarse.

Hildur quería controlar sus pensamientos y empezar a moverse.

Lo deseaba más que nunca; tenía que ponerse a investigar.

¿Qué le había pasado a Freysi? ¿Qué les había pasado a sus hermanas?

Hildur había reconocido a Jón en la descripción de Magnús.

La cicatriz de la cara era un rasgo definitivo.

¿Quién había sido ese Jón en realidad, con su cicatriz y sus camiones de hormigón?

Echó un vistazo por la ventana y después miró el enorme cuadro de punto de cruz de la pared de la cocina. Había sido un regalo de su tía Tinna por su decimoctavo cumpleaños. Era su nombre bordado en punto de cruz, acompañado de su significado en la mitología nórdica.

«Hildur. Batalla. Valkiria al servicio de Odín. Espíritu de guerra y doncella de la muerte encargada de decidir a quién le tocaba ganar y a quién morir en las batallas.»

Un vientecillo empujó la cortina hacia la labor de punto de cruz. Hildur se echó a reír. Conque una valkiria.