Capítulo 33
En el cielo descansan las estrellas, como relucientes diamantes contra una tela negra.
Todas centellean, aunque algunas ya se han apagado.
En cierto modo, es hermoso que se sigan viendo, aunque ya no existan.
Una estrella no se apaga en un instante, igual que un diente de león no desaparece al romperlo: es necesario arrancarlos de raíz.
Sacar las raíces es el trabajo más arduo.
Muchos alardean de todo lo que están dispuestos a hacer por otras personas. De la gran trascendencia que tiene en su vida el hecho de ayudar a los demás. No son más que mentiras. La verborrea de los perezosos. No tienen lo que hay que tener. La mayoría no tiene lo que hay que tener.
Yo se lo he demostrado a mis seres más queridos y he ayudado a muchos. A todos. Los he ayudado a todos. He hecho mucho.
Mi plan ha funcionado. Ha sido un éxito casi completo. Me entró prisa en la playa mientras rompían las olas porque tuve que arreglármelas por mi cuenta. Sin que nadie me ayudara. Excepto esos dos. En mi corazón, ahora y siempre.
¡Ay, si la gente lo supiera todo, lo comprendería! Si sintieran la misma llama abrasándoles el pecho y el viento soplando en la meseta desierta, me comprenderían. Me alentarían. Me aclamarían. No querrían que me atrapasen.
Depredador y salvador. Son la misma cosa.
Según la palabra de Dios, el que es negligente en su trabajo es hermano del destructor. Yo tampoco tolero semejante negligencia. Eso les he demostrado a todos. Se lo he demostrado a ellos dos, los más importantes para mí. Los amo. Os amo.
Todavía me queda una tarea por completar. Es la más difícil de todas, porque es la última. Pero no tengo miedo.