Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

El proyecto del túnel se había enfrentado a una fuerte oposición.

Los ecologistas alegaban que los trabajos de voladura producirían daños irreparables en el entorno.

Se sospechaba que el contratista encargado del movimiento de tierras pagaba en negro a sus trabajadores; más adelante, el sindicato local había demandado a varios subcontratistas por horas extra no remuneradas.

—El contratista principal hizo arreglar las paredes y eso nunca quedó registrado en ninguna parte —dijo Magnús negando con la cabeza.

Habían actuado siguiendo el tradicional método de trabajo islandés: no habían solicitado permisos, habían terminado de forma apresurada y, después, habían dejado que el episodio se sumiera en las tinieblas de la historia.

Llegaron al coche de Magnús, que estaba aparcado en el patio del hospital del pueblo. El adiestrador abrió el maletero y Molli subió de un salto a su jaula de transporte. Magnús arrancó el coche y empezó a rascar el hielo de las ventanas.

—¿Cómo sabes tú todo esto? —preguntó Hildur.

Magnús interrumpió la limpieza de la ventana delantera, enderezó el cuerpo y la miró a los ojos.

Más de veinte años atrás, el adiestrador llevaba una vida muy diferente.

Se había bebido todo su dinero y había perdido su casa en el pueblo por no pagar el alquiler.

Un amigo de un amigo lo había rescatado de la calle y lo había dejado vivir en la cabaña de su familia durante una temporada.

Por eso Magnús vivía en Ögurvík el mismo invierno en el que se había producido el incidente en los trabajos de excavación del túnel.

Ögurvík se encontraba a poco más de una hora en coche de Ísafjörður, en dirección a Reikiavik.

«Justo el invierno en el que mis hermanas desaparecieron», pensó Hildur mientras la melancolía se apoderaba de ella.

No estaba del todo segura de a qué debía atribuirla.

A Freysi, muerto ese mismo día, o a sus hermanas, desaparecidas hacía casi un cuarto de siglo.

Las personas cercanas a Hildur la abandonaban y ella se sentía de algún modo culpable, aunque no era capaz de explicar la razón.

No sabía de dónde salía esa culpabilidad, pero no podía evitarla.

Trató de centrarse en la historia de Magnús.

El entonces dueño de una granja vecina a la cabaña de Ögurvík regentaba en esa época un pequeño negocio de albañilería. El albañil salía de la granja cada mañana antes de las seis en dirección a Ísafjörður.

Magnús explicó que recordaba este tipo de historias porque no había otros habitantes en cien kilómetros a la redonda.

—Una mañana de octubre, la camioneta del vecino quedó atrapada en la nieve justo a la altura de mi cabaña.

Siguiendo el acuerdo no escrito de que siempre había que ayudar al vecino y a quienquiera que estuviera en apuros, Magnús había ido a sacar de la nieve el coche de ese hombre con ayuda del tractor que tenía en el patio.

—Me agradeció muchísimo la ayuda y alardeó de estar haciendo un importante trabajo secreto de reparación en el túnel de la carretera.

Al parecer, había un agujero en la pared del túnel que podía ocasionar daños por agua.

Me dijo que estaba trabajando en la reparación.

Entonces, se fue a trabajar y creo que nunca volvimos a vernos en persona —dijo Magnús, y limpió con la manga el retrovisor del lado del conductor.

Eso significaba que alguien había estado deambulando por el túnel. Alguien a quien habían contratado para arreglar un error del que nadie debía enterarse jamás. Hildur sintió un escalofrío. Estaba muy enfadada. ¿Por qué diablos todo aquello no había salido a la luz en su día?

Magnús suspiró profundamente; parecía comprender la ira de Hildur.

—A nadie le interesaba. Al fin y al cabo, dos niñas del pueblo habían desaparecido sin dejar rastro, así que los trabajos de albañilería de una pared agujereada no estaban muy arriba en la escala de importancia.

En el túnel no había nadie y punto. En aquella época, yo bebía demasiado y estaba en deuda con todo el mundo: nadie se creería los delirios de un alcohólico.

Magnús se sentó en el coche y se puso el cinturón de seguridad.

Hildur tenía frío, pero quería saber más.

Teóricamente el túnel estaba vacío. No obstante, un individuo no identificado había estado haciendo tareas de reparación en la pared.

Hildur se quedó esperando a que Magnús le contara más cosas sobre aquel albañil.

Cuando dos islandeses se conocían, inmediatamente trataban de averiguar qué cosas tenían en común.

Comparaban parientes, centros de estudios o trabajos de verano.

Siempre encontraban algún vínculo que los unía y que convertía a un forastero en un conocido.

En uno de ellos. Los conocidos en común creaban un contexto en el que ambos eran capaces de sentirse como en casa.

Hildur, al igual que todos los islandeses, había hecho esta misma pregunta decenas, si no cientos de veces anteriormente. Nunca hasta entonces le había parecido tan importante la respuesta:

—¿De dónde era su familia?

Magnús parecía desconcertado. No sabía cómo responder a la pregunta, pero trató de describir al hombre en cuestión.

—Era un tipo un poco extraño. Desaliñado y bastante callado. Nunca nos habíamos visto antes.

Magnús seguía teniendo en la mano el rascador de hielo. Se lo acercó a la cabeza y se dio con él dos leves golpecitos en la frente.

—Tenía una enorme cicatriz aquí.