Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

El puerto estaba desierto. No había luz en los camarotes de los barcos. Las enormes embarcaciones de pesca aguardaban la próxima salida. Las barcas más pequeñas se mecían al ritmo de las olas. Unos cuantos veleros, majestuosos, descansaban en su amarre alzando sus mástiles desnudos.

Magnús se encontraba en el borde de la dársena con las manos en los bolsillos. La border collie esperaba órdenes sentada a su lado.

Esta raza era muy popular en la isla. Estos perros pastores, enérgicos, vigilantes e inteligentes, se utilizaban en las granjas islandesas casi tanto como los perros pastores autóctonos.

De hecho, muchos perros pastores de la isla eran un cruce de pastor islandés y border collie .

Hildur pensó que Molli debía de ser de pura raza, aunque no habría puesto la mano en el fuego; en realidad, era algo que le traía sin cuidado.

La cálida luz de la farola teñía de naranja la nieve a su alrededor.

Un transeúnte habría podido pensar que se trataba de un hombre normal y corriente que estaba paseando al perro y se había parado a admirar las luces del puerto.

Los puertos por la noche tenían algo fascinante.

A lo largo del día, un sinnúmero de personas iba y venía, se agarraba al pasamanos, traía cosas consigo y se llevaba recuerdos.

Durante la noche, todo se detenía y la calma se apoderaba del puerto; únicamente el mar continuaba su movimiento eterno.

Hildur no sabía si a Molli le gustaría que una extraña le rascara la cabeza, así que se conformó con elogiarla. La perra la miró con indiferencia y continuó mirando hacia el mar.

—¿Usas el mismo perro para rastrear en tierra y nieve?

Magnús asintió, visiblemente complacido por el hecho de que, a juzgar por su pregunta, Hildur parecía saber algo de perros de rescate.

Los perros de avalanchas se usaban para buscar a las personas desaparecidas bajo la nieve.

Los perros rastreadores se guiaban por su olfato para seguir el recorrido de una persona que hubiera dejado su rastro en el terreno.

Los perros bombero rastreaban y localizaban a los heridos atrapados en lugares de difícil acceso, como entre las ruinas después de un terremoto.

Algunos perros de rescate y sus adiestradores dominaban una modalidad, mientras que otros controlaban varias a la vez.

— Molli tiene un olfato muy preciso y yo trato de mantenerme siempre al día. En este trabajo, lo más difícil no es el adiestramiento del perro, sino la formación del adiestrador —explicó Magnús, y le dio a la perra unos tiernos golpecitos en el lomo.

La policía de Islandia tenía sus propios perros policía, pero en Vestfirðir no había ninguno. Allí, como en el resto de las zonas escasamente pobladas, las actividades de búsqueda y rescate con perros quedaban en manos de profanos en la materia.

Hildur miró al mar, fijándose en las pequeñas olas que golpeaban el embarcadero en la negrura de la noche. «Así que el asesino de Freysi ha pasado por aquí», pensó. Allí terminaban las huellas. En línea directa desde la barrera de avalanchas hacia el borde del puerto.

—La persona rastreada o ha caído al mar por aquí, o tenía una embarcación esperando —dijo Magnús mientras acariciaba el cuello de Molli .

La perra estiró la cabeza, complacida.

—Voy a llamar a los buzos y a hablar con el capitán del puerto. Vigilaremos el tráfico marino —murmuró Hildur para sí misma.

Magnús se masajeó el gorro, que se había hundido hasta casi cubrirle los ojos. La perra se quedó mirando a su amo, como si le preguntara cuándo se irían a casa.

—Mañana toca madrugar. Por la mañana temprano, voy al norte a adiestrar perros de avalanchas —explicó Magnús, como si eso justificara su deseo de marcharse.

—Por supuesto. Gracias por venir —respondió Hildur, y trató de forzar una sonrisa antes de continuar —: Oye, Magnús. Antes de que te vayas, me gustaría hacerte una pregunta sobre un caso antiguo.

El adiestrador se inquietó, como si le urgiera desaparecer. El agobio se reflejó en su cara, de pronto parecía muy cansado.

—Ah, sí... Lo sé, esa multa por exceso de velocidad. Es que no he tenido tiempo de pagarla.

Hildur sacudió la mano.

—No te estoy hablando de ninguna multa; yo de eso no sé nada. Me refería a un caso mucho más antiguo.

Le habló de sus hermanas, que habían desaparecido hacía más de veinte años durante el camino de vuelta a casa después del colegio. Magnús recordaba el caso, naturalmente. Todo el mundo lo recordaba. Era imposible que alguien no se hubiera enterado de la desaparición de dos niñas pequeñas.

—Mi tía recordó que tú participaste en las tareas de búsqueda y dijo que, en aquella época, tenías un perro con aspecto triste.

Magnús asintió y una sonrisa se le dibujó en el rostro al recordar a la perra.

— Lísa . Era una perra apacible y trabajadora.

Molli es familia de Lísa . Se parecen mucho —dijo Magnús mirando con orgullo a la border collie , fielmente sentada a su lado —.

Fue una tragedia horrible para todo el pueblo que nunca se encontrara a las niñas.

No me puedo imaginar lo que fue para tus padres. Y para ti.

Hildur asintió. Magnús le dirigió una mirada bondadosa mientras acariciaba a Molli con movimientos suaves y controlados.

El adiestrador irradiaba calma y tranquilidad.

Aunque hubiera tenido prisa en ese momento, no se le hubiera notado.

La ausencia de cabello, cejas y pestañas lo hacían parecer, de algún modo, eterno. Perpetuamente viejo.

—¿No recordarás dónde terminaba el rastro de las niñas exactamente?

Magnús estuvo un rato pensando en silencio. Miraba el velero que se mecía suavemente en el embarcadero.

—Lo recuerdo muy bien porque me pareció muy extraño.

Algo se movió en el interior de Hildur. Fue como si recibiera un montón de pequeñas descargas eléctricas mientras escuchaba el relato de Magnús. Quería saber todos y cada uno de los detalles que no hubiera oído o visto antes.

Magnús le contó que Lísa había seguido el rastro hasta el interior del túnel. La perra había olfateado el rastro desde el centro del pueblo hasta la abertura del túnel, donde terminaba abruptamente, como cortado de un hachazo.

—¿A qué profundidad del túnel os encontrabais?

A Hildur ese detalle le parecía de vital importancia, porque en los informes policiales no había hallado ninguna mención al respecto.

La perra se había detenido justo al lado de la boca del túnel. Magnús estimó que no habrían avanzado más de diez metros.

—¿Hacía algún tipo de giro el rastro?

—Eso es lo que me pareció extraño. El rastro no continuaba hacia ninguna parte; simplemente, terminaba. Recuerdo que Lísa se sentó en el suelo y se miró las patas con la cabeza gacha. Siempre lo hacía cuando estaba desconcertada.

Hildur le preguntó si las niñas habrían podido dar media vuelta y salir de nuevo del túnel. Magnús miró el mar mientras pensaba seriamente su respuesta.

—La perra habría olido el rastro. Simplemente... terminó —dijo con gran seguridad.

Molli se agitaba inquieta. Hildur propuso continuar la conversación de camino al coche de Magnús. El frío no tardaba en calar hasta los huesos cuando uno se quedaba de pie sin moverse.

Pasaron por delante de un montón de contenedores de plástico de varios metros de altura. El aire olía a pescado. Los contenedores cuadrados de color marrón claro apilados delante de las oficinas del puerto se usaban para conservar en hielo el pescado fresco.

—Si quieres mi opinión, era muy extraño que un rastro tan evidente terminase de pronto.

Hildur dejó que continuara. A Magnús parecía agradarle que alguien lo escuchara con tanta atención.

—El rastro de olor que llevaba hasta la boca del túnel no tardó en olvidarse, porque la mayoría de los que participaron en la búsqueda creían que las niñas habían echado a andar por el paso de montaña en dirección a casa.

Hildur observó que había usado la palabra «mayoría». Se aferró a ella. «La mayoría.» «La mayoría creían.»

—¿Tú no lo creías?

—No. Pero lo que dijera una sola persona no tenía ninguna importancia.

Los demás querían enviar al equipo de búsqueda a la meseta, así que allí fueron.

El túnel no les interesaba porque todavía no se había abierto al tráfico.

Todo el mundo daba por sentado que nadie deambulaba por él, pero yo eso tampoco lo creía.

Los trabajadores que habían participado en los trabajos de construcción se movían por el túnel.

Lo habían terminado de excavar el verano anterior y en otoño la carretera ya estaba lista. Sin embargo, todavía no lo habían abierto al tráfico porque aún estaba pendiente la inspección final. Unos grandes portones de metal impedían el paso de los coches.

—¿Qué trabajadores? Los trabajos de construcción del túnel habían terminado hacía tiempo —dijo Hildur.

—No del todo. Había una cascada de la que tenían que hacerse cargo.

A Hildur empezaron a escocerle las puntas de los dedos, quizá por el frío. ¿De qué cascada estaba hablando? Sabía que el agua potable del pueblo procedía de un manantial que brotaba del interior de la montaña, pero nunca había oído hablar de ninguna cascada.

Magnús continuó su relato. Al empezar a extraer piedra para abrir el túnel, se habían topado con una increíble cantidad de agua: una cascada que fluía en el interior de la montaña.

La fuerza del caudal había sorprendido a todos los ingenieros del proyecto.

Se tuvo que reparar la pared cavada en la roca para evitar que el agua fluyera a lo largo de los varios kilómetros de túnel.

—Los que se habían encargado de los trabajos de movimiento de tierras no montaron mucho alboroto por los daños causados por el agua para no hundir todo el proyecto. Proyecto que, por lo demás, no estaba exento de otros muchos problemas.