Capítulo 31
El viento del norte se intensificó al anochecer.
Por la tarde, con las suaves rachas que llegaban desde el mar hasta el desértico centro del pueblo, la nieve revoloteaba delicadamente de un lado a otro de la calle.
Al caer la noche, cuando hubo recabado suficiente fuerza, el viento golpeaba de forma despiadada, como una maza, los cristales de las ventanas.
Las farolas temblaban y la nieve se alzaba de los tejados.
La impredecibilidad del viento era la culpable de las duras condiciones meteorológicas de esa zona.
Hildur movía las piernas y los brazos para mantenerse en calor.
Llevaba casi una hora de pie en el mismo lugar esperando la llegada del equipo forense.
La barrera antiavalanchas la cobijaba del viento, pero contra la helada no podía hacer nada.
El frío se le había ido metiendo lentamente en el cuerpo.
Oyó el ruido de un coche y se movió un poco para ver el aparcamiento del bloque de pisos de abajo. El vehículo le resultaba familiar. La comisaría había alquilado varios coches a largo plazo a una agencia local. Todos eran Škoda Octavias blancos.
Hildur vio a Jakob, que bajaba del coche y se dirigía hacia la barrera antiavalanchas. Las tres personas que iban con él estaban sacando cosas de sus bolsas. Se pusieron los trajes protectores, de uso obligatorio entre los técnicos forenses para evitar la contaminación de pruebas.
Los tres se agruparon en torno a la víctima con la intención de reunir el máximo número de muestras.
Éstas se analizarían en el laboratorio forense de Reikiavik.
Una de las muestras fundamentales en una escena del crimen son las fibras: los forenses buscan puntos en los que pueda haberse producido un roce entre los textiles del asesino y de la víctima.
Lo más probable era que el asesino hubiera empujado a la víctima, por lo que la ropa de ambos habría estado en contacto.
Como, en general, las fibras no se podían distinguir a simple vista, lo más probable era que los técnicos forenses enviasen el abrigo de Freysi al laboratorio.
Jakob saludó a Hildur con un discreto movimiento de cabeza. Se detuvo a observar el paisaje nevado. Cuando sus ojos se posaron sobre el cadáver, tuvo un escalofrío. Luego volvió a mirar a Hildur, que se volvió un poco en otra dirección. Jakob se quedó allí de pie, mirándola.
—Lo siento —dijo al final.
Hildur se encogió de hombros.
—Beta me ha dicho que erais amigos.
Hildur volvió a encogerse de hombros.
Los dos se quedaron de pie en silencio. Ambos comprendían que nada de lo que pudieran decir en aquel momento tenía importancia. Lo único que importaba era que estaban allí los dos juntos. Hildur se levantó el cuello del abrigo y se obligó a quedarse un rato más. Unas horas más.
Sabía que corría el riesgo de derrumbarse más tarde.
Observaba esa posibilidad de manera analítica, preguntándose cuándo ocurriría y si conseguiría demorar un poco más su caída en el abismo.
Le habría gustado meter sus sentimientos en una bolsa de papel y dejarla en una estantería, esperando un momento más oportuno.
Ahora tenía que concentrarse en su trabajo.
Hildur reparó en las tres personas que se acercaban con sus trajes protectores blancos y sus bolsas de equipamiento. «No me jodas.»
—¿Por qué diablos ha tenido que venir Jónas? No es técnico forense.
—Jónas se acopló a sus colegas en el aeropuerto de Reikiavik y se metió en el helicóptero —explicó Jakob.
«Por supuesto. Nunca perdería la oportunidad de impulsar su carrera», pensó Hildur.
Estaba segura de que Jónas no haría horas extra para viajar a un fiordo remoto si no considerase que eso lo iba a beneficiar en algo.
Era un urbanita de pura cepa y desdeñaba todo lo que sucedía en las zonas rurales.
Desde que Hildur era capaz de recordar, Jónas había contado la misma historia sobre sus planes de jubilación en todos los eventos de la policía: se iría a vivir a Florida para pasar el día jugando al golf y no volvería jamás a esas tierras heladas.
«Ojalá se hubiera ido ya a perseguir bolas», pensó Hildur. En voz alta se limitó a pronunciar un saludo neutral.
Hildur les explicó los acontecimientos de la tarde mientras iba de un punto a otro de forma organizada y serena.
Les mostró el presunto lugar de la caída, el agujero en la valla protectora y la ubicación del cuerpo.
Avanzaba con precaución, como si caminara por una fina capa de hielo, tratando de no perder la firmeza mental.
—A juzgar por las huellas, sólo tres personas se han acercado a la víctima: el primer agente que llegó tras recibir la alerta y el médico que vino a certificar su muerte.
Señaló con la cabeza unas huellas más grandes e hizo una pausa breve. Tenía ganas de vomitar. Se le llenó la boca de saliva y los ácidos gástricos le burbujeaban en el esófago. Se sacó un chicle del bolsillo y se lo metió en la boca.
—Las terceras huellas, ésas más grandes, puede que pertenezcan al autor del crimen.
Las huellas en la nieve se veían con toda claridad. Cuando el pie presionaba contra una superficie suave y moldeable, creaba hundimientos en tres dimensiones. Los forenses fotografiarían las huellas y harían moldes de ellas.
—¿Quién encontró el cadáver? —preguntó Jónas.
—Un vecino que estaba paseando al perro. El tipo no se acercó al cuerpo, sino que llamó inmediatamente a la policía. Ahora mismo está prestando declaración —respondió Hildur sin mirarlo.
—Vale, vamos a dejar que el chucho lo intente primero —dijo Jónas, y miró con suspicacia al adiestrador canino, que acababa de llegar, y al perro sentado dócilmente a su lado.
Hildur estaba rabiosa. En Islandia la policía no estaba limitada a actuar en el área de su circunscripción, pero eso tampoco significaba que pudiera llegar dando órdenes al lugar de trabajo de otro. Vestfirðir era su territorio y ella era la única inspectora de la zona.
Lo cierto era que la rabia era una emoción muy bienvenida en aquel momento, pues desviaba su atención y la ayudaba a centrarse en la tarea.
—Yo diré lo que vamos a hacer.
Hildur mantuvo un tono de voz frío y tranquilo que sacó a Jónas de sus casillas. Hildur vio cómo se le achinaban los ojos y se le tensaba la mandíbula. Sin perder la calma, dio instrucciones mientras miraba al perro y a su adiestrador.
Lo más probable era que el asesino hubiera bajado por la barrera antiavalanchas hacia el patio del bloque de pisos y, de ahí, hubiera seguido por el camino en alguna dirección.
Las huellas se distinguían bien en la nieve; sin embargo, al llegar a la carretera, se mezclaban con otras huellas.
Hildur no estaba segura de si el perro aún podría rastrear el olor, pero merecía la pena intentarlo.
—Magnús, vamos a dejar que el perro lo intente primero. Imagino que el asesino se habrá marchado de aquí hará un par de horas a lo sumo.
—Ven, Molli , vamos —dijo Magnús acercando a la perra a las huellas grandes mientras le hablaba con voz suave y calma.
Molli dio un par de vueltas en su sitio y movió la cabeza de un lado a otro en actitud de alerta. Entonces, entró en júbilo. Parecía haber atrapado el extremo de un hilo invisible y empezó a seguirlo totalmente concentrada.
—¡Llámame cuando averigües algo! —gritó Hildur a la espalda de Magnús mientras se alejaba.
El adiestrador respondió agitando la mano en señal de asentimiento.
La perra salió corriendo hacia el bloque de pisos con el hocico pegado a la nieve.
Los técnicos forenses y Jónas habían empezado a instalar focos por la escena del crimen para iluminar la valla agujereada y el lugar de la caída.
Comenzaron a fotografiar el lugar, analizar las huellas de pisadas y las huellas dactilares.
Moldearon masa de silicona para capturar posibles huellas de herramientas en la valla y cualquier otra cosa que pudiera revelarles algo sobre el asesino.
Hildur observaba el trabajo del equipo forense desde una distancia prudencial para dejar que hicieran en paz su trabajo.
No la necesitaban, y ella tampoco habría querido acercarse más.
Vio cómo los hombres se agachaban sobre el cuerpo desfigurado, tocaban la cabeza de la víctima y hablaban entre ellos.
Lo primero que hicieron fue buscar rastros de pelo rubio.
A partir de los retazos que llegaban hasta ella, Hildur fue reuniendo los detalles más importantes, a la vez que intentaba dejar fuera todo lo personal, como si hablaran de un cadáver anónimo en lugar del de Freysi. Aun así, le resultaba durísimo.
—El cuerpo aún está blando. Han pasado menos de tres horas desde la muerte —estimó Hörður.
—Sí, la boca se abre sin problema. Dame más luz en la cavidad. Voy a levantar la lengua.
Una mano cubierta por un guante desechable se introdujo en la boca del cadáver.
Con dedos ágiles, palpó la cavidad bucal, el paladar y la base de la lengua.
Durante unos segundos, nadie dijo nada. Sólo se oía el silbido del viento y el crepitar de las luces.
Los instrumentos tintineaban al chocar unos con otros.
Entonces, como por arte de magia, la preocupación de la cara de Sveinn se transformó en una sonrisilla del todo inapropiada.
—Aquí hay un pequeño mechón rubio —dijo, y lo levantó en el aire antes de meterlo en una bolsa hermética.
Analizarían los cabellos en el laboratorio.
Hildur sintió un dolor agudo en el pecho, como si una roca inmensa le golpease las entrañas.
Una idea espantosa se estaba apoderando de ella.
Le dolía, pero era la verdad. Era su culpa.
Había fracasado. El asesino ya había actuado en tres ocasiones y, esta vez, en su entorno más cercano.
Si lo hubiera cazado, Freysi seguiría vivo.
Le sonó el teléfono. Era Magnús.
— Molli ha venido directamente al puerto. El rastro acaba aquí, en el borde de la dársena situada junto al embarcadero de veleros.