Capítulo 30
Desde el aparcamiento, apoyado en el coche con los brazos cruzados, Jakob miraba la pista de aterrizaje del aeropuerto de Ísafjörður. El helicóptero estaba a punto de llegar.
Hacía apenas media hora que le habían pedido que fuera a trabajar.
La llamada lo había pillado en la ducha con Guðrún.
Se habían pasado la noche retozando. Primero, en el sofá del cuarto de estar, y de allí al dormitorio.
Al rato les había entrado hambre y se habían preparado unas tostadas en la cocina.
Guðrún se había sentado sobre la mesa y le había pedido que untara mantequilla en...
Jakob se reía solo. ¡Menuda mujer! Guðrún era una caja de sorpresas.
No se habían separado desde el episodio de la tienda de lanas, y de eso hacía ya varios días.
No salían de casa de Guðrún más que para ir a trabajar y a comprar comida, el resto del tiempo estaban pegados como lapas.
Esto era nuevo para Jakob. Por supuesto, había tenido más relaciones aparte de Lena: dos parejas serias y rollos de una noche.
Los alumnos de la academia de policía no tenían problemas para ligar en los bares de Tampere.
Pero nunca había sentido nada semejante, como si hubiera caído en mitad del paraíso.
Sin embargo, también le resultaba contradictorio. Era extraño ser feliz en aquellas circunstancias, mientras en la comisaría se investigaba un complejo caso de homicidio.
Como policía en prácticas, él no tenía muchas responsabilidades, y debido a sus limitaciones lingüísticas tampoco podía asumir tanto trabajo como Hildur y Beta.
Sin embargo, intentaba hacer lo posible por resultar útil en esa situación tan excepcional.
Había fregado las celdas, organizado el almacén y sustituido a un agente que llevaba varios días de baja por enfermedad.
A bordo del coche patrulla, Jakob había podido conocer un poco más las costumbres de aquel pueblecito.
«Me va a costar familiarizarme con todo esto», pensó.
Un día, durante un control de alcoholemia, su pareja de patrulla hizo parar y soplar a todos los conductores excepto a un hombre de pelo gris que conducía un Toyota rojo.
Al final del turno, cuando Jakob le preguntó por esa excepción, él lo miró extrañado.
El conductor del Toyota era su tío y su tío, nunca conducía borracho.
Por si esto fuera poco, tras la llamada de esa noche, la situación había empeorado.
Había un segundo homicidio y, si Jakob lo había comprendido bien por teléfono, esta vez la víctima era un amigo de Hildur.
¡Qué injusto! Mientras él estaba en la gloria, su compañera de trabajo más cercana sufría una tremenda pérdida.
Su compañera más cercana. Jakob se quedó pensando en aquellas palabras.
Hildur era más que una simple compañera de trabajo.
Hacía poco que se conocían, pero ya la consideraba su amiga.
Jakob no tenía muchos amigos, y no había hablado con nadie sobre Lena y Matias como lo había hecho con Hildur.
El ruido del helicóptero que se acercaba desde el mar hizo que Jakob volviera al presente.
El día no podía haber terminado peor. Se había encontrado un cadáver en la zona de senderismo del centro de Ísafjörður.
Beta le había pedido que fuera al aeropuerto a recibir al equipo de investigación forense de Reikiavik y los llevara al lugar del crimen.
Jakob miraba hacia el mar. El ruido aumentaba a medida que el helicóptero se aproximaba al pueblo.
Al cabo de unos minutos, el aparato viró hacia el aeropuerto, que se encontraba entre el fiordo y la montaña de Kirkjubólsfjall.
Jakob tuvo que taparse los oídos durante el aterrizaje.
Las palas del rotor levantaban remolinos de nieve en todas direcciones.
Por unos instantes, se vio en medio de una densa tormenta de nieve.
Una vez efectuado el aterrizaje, bajaron tres hombres con aspecto taciturno. Cada uno llevaba una gran bolsa negra. Jakob les saludó con la mano y les invitó a acercarse.
Después de presentarse en inglés, abrió el maletero del coche para que los hombres metieran su equipaje.
Las dos primeras bolsas entraron de forma holgada.
Con la tercera, Jakob tuvo que jugar un poco al Tetris.
Cuando consiguió cerrar el maletero, miró a los recién llegados con más detenimiento.
El de mayor envergadura fue el primero en abrir la boca.
—Soy Jónas Ingimarsson. Éstos son Sveinn Þórsson y Hörður Arnarsson, del departamento de investigación forense de la policía. Estuvieron aquí hace unos días examinando al hombre enterrado en la nieve.
Jakob los recordaba de la semana anterior; ellos también parecieron reconocerlo. Habían intercambiado algunas palabras en la escena del crimen. Uno de los hombres practicaba krav magá y el otro trabajaba como entrenador infantil de balonmano en su tiempo libre.
Sveinn y Hörður se sentaron en la parte trasera del coche mientras que Jónas, de mayor rango, se sentó delante.
—¿Qué cojones pasa en este pueblo de mala muerte para que necesitéis otra vez a los forenses? —exclamó Jónas.
Jakob percibió su soberbia, pero no dejó que eso lo incomodase.
Parecía un claro caso del síndrome «mayor presupuesto y mejor equipo».
El urbanita que llegaba a casa de su primo en el campo para ayudarle con un problema que el pueblerino no sabía solucionar por sí mismo.
Jakob había observado el mismo fenómeno en Finlandia.
Los expertos que llegaban del sur solían tener la misma actitud de salvadores del mundo que aquel individuo sentado a su lado.
—Lo mejor será que vayamos a averiguarlo —se limitó a contestar antes de arrancar el coche.
Ese colega debía de ser el tipo desagradable del que Beta y Hildur habían estado hablando en la comisaría. Jónas confirmó las sospechas de Jakob con su largo monólogo.
—Bueno, yo no soy de ningún departamento forense.
Soy el inspector jefe de la policía judicial de Reikiavik.
He venido a supervisar a los chavales, pero me gustaría saber qué diablos está pasando aquí.
¡Es la segunda víctima de homicidio en dos semanas!
¿Es que en este pueblo los criminales son más listos que la policía?
—dijo Jónas, que se golpeó el muslo y soltó una ruidosa carcajada.
En el asiento de atrás, Hörður y Sveinn no podían ocultar su agobio.
Un turno de noche por sorpresa en el fiordo más remoto del país no era como para gritar de alegría.
A todas luces, lo último que les apetecía hacer en ese momento era salir a recoger pruebas en bolsas minigrip .
O quizá los tres estaban sufriendo el mismo dolor de cabeza: ese fanfarrón vocinglero que iba de copiloto.
Jakob dirigió el coche hacia la carretera que llevaba del aeropuerto al pueblo. El monólogo de Jónas no cesaba ni por un momento.
— Jæjja , chico. ¿Cómo has venido a parar al quinto coño?
Jakob no se sentía con fuerzas para mantener esa conversación, pero no tenía alternativa.
Aquel tipo continuaría sentado a su lado durante los siguientes kilómetros, así que le repetiría la misma historia que ya había contado en las últimas semanas al vigilante de la piscina, al trabajador de correos y a sus compañeros de trabajo.
Era un aspirante a policía de Finlandia, cautivado por la naturaleza y el silencio de Islandia, que hacía prácticas en la comisaría local de Ísafjörður.
—Pues tu plan no parece haber tenido mucho éxito. Mira, yo hacía años que no venía por estos parajes, y desde que has llegado ya he estado aquí dos veces. ¿No serás tú el asesino?
Jónas estalló en una escandalosa risotada. Sveinn y Hörður no le rieron la broma. No habían dicho absolutamente nada; se limitaban a mirar en silencio la oscuridad. Jónas giró la cabeza para ver a sus colegas y los exhortó a que se soltaran un poco.
—Cuando terminemos el trabajo, nos vamos al bar del pueblo a tomar un par de copas y relajarnos.
Estos lugares pequeños también tienen su encanto.
Los hombres de la capital somos una buena alternativa a los carretilleros de la piscifactoría.
Creedme, chicos, que yo ya me recorrí estos fiordos en su día.
La irritante risa de Jónas volvió a llenar el coche. Jakob estaba exasperado. ¿Es que ese hombre no podía estar ni un minuto callado?
—Voy a aparcar ahí, junto a las barreras antiavalanchas —dijo Jakob mientras señalaba en dirección al pueblo.
Esperaba que hablar de trabajo hiciera callar a aquel bocachancla.
Les contó lo que sabía del caso: un hombre de unos cuarenta años que vivía en el pueblo había salido por la noche a correr por el camino que serpenteaba junto a la barrera antiavalanchas y se había caído.
Alguien había hecho un agujero en la valla protectora.
El irritante policía de Reikiavik se mesó los pocos milímetros de barba incipiente que le decoraban la barbilla.
—¿Estáis completamente seguros de que ese tipo no quería liberarse de este mundo? Muchos caen como moscas cuando empieza la temporada de oscuridad —dijo con tono de suficiencia.
Jakob comprendía que la muerte de Freysi pudiera tomarse por un suicido. Pero también sabía que no era el caso. Sobre todo por el agujero en la valla protectora. Un suicida habría escalado fácilmente el metro de valla para pasar al otro lado.
—Además, lo conocíamos. La víctima había quedado con nuestra inspectora después de la carrera.
Jónas se enderezó y volvió a estallar en carcajadas.
—Vaya, vaya. Así que la ha palmado el chorbo de Hildur —dijo como para sí mismo, encajándose el gorro negro aún más en la cabeza.
Jakob miró por el retrovisor a los jóvenes forenses de atrás, que escuchaban con cara de circunstancias. Parecían avergonzados por el comportamiento de su colega, pero no dijeron nada. Jakob negó con la cabeza sin disimular su enfado.
—Espero que terminéis el trabajo con rapidez y sin demoras —dijo secamente, dispuesto a continuar en silencio el resto del trayecto.
Jakob aparcó en el patio del bloque de pisos, salió del coche y abrió el maletero. Jónas sacó una de las maletas y se marchó a grandes zancadas hacia la zona acordonada. Hörður y Sveinn cogieron sus maletas y le dieron las gracias a Jakob por el trayecto.
—Ese tío es un auténtico gilipollas. Nos jode mucho que se haya autoinvitado a venir con nosotros —dijo Sveinn a modo de disculpa —.
Pero Jónas está convencido de que hay alguna relación entre el abogado al que atropellaron en el aparcamiento, el pedófilo que quedó enterrado en su cabaña de verano y este corredor.
Jakob ya había caído en la cuenta durante el trayecto en coche.
Al detective del departamento de delitos violentos de Reikiavik no le interesaba un profesor de educación física que se había resbalado en un pueblo de mala muerte.
Había viajado con los técnicos forenses para ser de los primeros en ver la nueva escena del crimen.
Quería ser él quien atrapara al asesino en serie.