Capítulo 29
La elasticidad y la fuerza habían desaparecido por completo.
Era como si le hubieran cortado todas las líneas de suministro del cuerpo de un hachazo.
Hildur intentó correr más rápido, pero sus piernas se negaban a obedecer.
Eran como dos gruesas columnas que no se doblaban como deberían.
Se decía que, ante un trauma repentino, a la gente de pronto le pesaban las piernas.
Ella no había experimentado algo así, al menos, no desde la desaparición de sus hermanas.
Entonces se había sentido completamente sin fuerzas.
Pero en aquel momento no era más que una niña, y tampoco habría podido hacer nada; no habría podido participar en las labores de búsqueda ni ayudar de ningún modo. Ahora era adulta.
Sentía como si estuviera protagonizando una película a cámara lenta. Le ardían los pulmones a medida que se acercaba al aparcamiento de delante del único bloque de pisos de la calle Urðarvegur.
Urðarvegur era una calle corta en las afueras del pueblo, al borde de la montaña.
Era la última calle antes de las barreras antiavalanchas que se habían construido para proteger las viviendas.
Se componía, principalmente, de casas de un solo piso y adosados de dos pisos; al final de la calle había un bloque de viviendas que eran propiedad del municipio.
Los habitantes de los pisos en alquiler cambiaban constantemente, puesto que la mayoría eran estudiantes o trabajadores de los barcos pesqueros que se alojaban en el pueblo de forma temporal.
Hildur conocía el edificio. Había hecho numerosas visitas a esas viviendas, ya que las ruidosas fiestas caseras y las peleas violentas daban bastante trabajo a la policía.
En las casas también volaban los puños, pero allí no tenían vecinos pared con pared que pudieran ser testigos auditivos de la violencia.
Cuando llegó al aparcamiento, vio la primera señal de que lo que acababa de oír por teléfono era verdad.
El corazón le latía con fuerza; las luces de emergencia de los vehículos parados de la policía penetraban la oscura noche invernal con la misma violenta rapidez que sus latidos.
Sin televisión ni interrupciones publicitarias, la vibrante luz azul hacía que todo resultara demasiado real.
Hildur rodeó el edificio hasta llegar al otro lado, pues desde el patio trasero salía el camino más corto hacia la barrera antiavalanchas.
Hacía sólo un momento estaba sentada en la cocina de Freysi leyendo revistas antiguas de atletismo.
Después de haber pasado una hora esperando, había empezado a preocuparse.
Por lo general, las carreras nocturnas de Freysi no eran tan largas.
Lo había llamado varias veces. Cuando finalmente sonó el teléfono de Hildur, el mensaje fue breve y brusco.
Freysi había muerto y ella tenía que acudir de inmediato.
Su amigo había muerto. Hacía tan sólo dos días habían salido a correr por esa zona.
Acababan de hablar por mensaje. Y ahora él ya no estaba.
A Hildur le resultaba incomprensible. Como una broma de mal gusto de la que poco después todos se reirían a carcajadas.
Pero no era una broma. Por el tono de voz de Beta, Hildur había comprendido al instante que su jefa hablaba en serio.
Había salido disparada. Limpiar la nieve del coche le habría llevado demasiado tiempo, por lo que había hecho todo el trayecto corriendo.
Se sacó el frontal del bolsillo y pasó por debajo de la cinta policial que delimitaba el lugar del crimen. Mientras se aproximaba a la barrera antiavalanchas, pudo ver lo que acababa de oír por teléfono.
A varias decenas de metros de ella yacía un fardo que recordaba a una foca muerta con el vientre hinchado varada en la orilla. La figura, retorcida en una posición antinatural, aún llevaba el frontal encendido sujeto con una cinta a la cabeza. El haz de luz de la linterna penetraba en la oscuridad.
Una Beta con expresión seria caminó hacia ella negando lentamente con la cabeza. Levantó las manos para indicarle a Hildur que no se acercara más.
Ésta miró a su jefa: primero, a los ojos; después, a la cara.
Observó que se le había corrido el rímel por el párpado inferior.
Eso la hacía parecer más triste. Luego se fijó en la bufanda de Beta.
Estaba mal doblada y se había retorcido en un gurruño bajo la capucha del abrigo.
Hildur recorrió con la mirada los pliegues de la bufanda, centímetro a centímetro.
Fijó su atención en el rímel y en los pliegues de la bufanda porque eso era todo lo que era capaz de soportar en aquel momento.
—Voy a abrazarte —anunció Beta mientras daba un paso hacia ella.
Hildur apoyó la cabeza en su jefa, de menor estatura, y respiró. Inhalación, exhalación; inhalación, exhalación. Estuvieron en completo silencio unos instantes. Copos de nieve caían del cielo a su alrededor. Algunos se quedaban en sus cabellos.
—¿Está...? —susurró Hildur.
—Sí. Lo siento mucho. Freysi está muerto. Lo he visto.
Hildur retrocedió un paso y trato de enfocar la visión detrás de Beta.
—Ahora vendrá el médico y, después, los forenses. No te acerques más.
—¿Crees que aún lo podríamos reanimar? Si recibiera más oxígeno, ¿eso no ayudaría?
Hildur era consciente de la irracionalidad de sus preguntas, pero había algo que la forzaba a decirlas en voz alta. Como si se estuviera observando a sí misma, a Beta y toda la escena desde la distancia. Podía verlo y oírlo todo, pero no formaba parte de la escena.
Beta negó con la cabeza. En ese momento llegó el golpe.
Hildur trató de respirar, pero ese esfuerzo también parecía inútil.
Sus pulmones emitieron el mismo sonido estertóreo que aquella vez en la que, siendo niña, se había caído del caballo en el camino de tierra que llevaba a las montañas.
El dolor había sido tan fuerte que ni siquiera había conseguido gritar.
Entre estertores, Hildur cayó de rodillas y sintió que empezaba a temblar. Beta se agachó a su lado y la abrazó.
Hildur apretó los puños dentro de los guantes y se clavó las uñas lo más profundamente que pudo en la palma. El dolor localizado en un punto concreto era una pequeña ayuda. Desviaba su atención por unos instantes.
Sin dejar de tiritar, Hildur se puso en pie. Su respiración empezó a estabilizarse poco a poco y separó las uñas de la piel de las manos. Miró el estrellado cielo nocturno, en el que se reflejaban las luces de emergencia del coche policial que seguían destelleando allí abajo.
—Siento muchísimo haberte hecho venir. Cuando comprendí a quién habían encontrado, no quería llamarte. Pero tenía que hacerlo. No podía marcharme sin... —le dijo Beta con voz serena.
—Lo sé, ya lo sé... —respondió Hildur, desviando la mirada por unos instantes. Esperaba que llegaran las lágrimas, pero no llegaron. Al menos, no por el momento —. No hay... aquí no hay nadie más a quien llamar. Soy la única inspectora.
Hildur sabía que un agente de policía no debería investigar los delitos relacionados con sus allegados, pero Freysi y ella no estaban casados. Ni siquiera eran una pareja al uso.
—No teníamos una relación en sentido estricto. Quiero decir... que no éramos familia, por lo que no tengo impedimento legal para investigar este caso.
—No vas a seguir trabajando.
Beta hablaba de forma rotunda. Insistió en llevar a Hildur a casa y le dijo que iría por la noche a hacerle compañía.
—En cualquier caso, era tu amigo. Esto es algo gordo.
Hildur miró a su jefa y le empezó a hervir la sangre. No sabía qué era exactamente. Una oleada de injusticia y de odio. Su amigo había muerto, así que ella misma decidiría lo que iba a hacer a continuación.
—Por supuesto que voy a seguir trabajando.
Beta no quería ceder; se veía en sus gestos.
Había deslizado la mirada hacia el mar, hacia las casas de la orilla que buscaban cobijo entre ellas y hacia las calles silenciosas por las que sólo transitaba algún coche de forma ocasional.
Apretaba los brazos con fuerza contra los costados.
La capucha del abrigo de invierno enfatizaba su aspecto de crisálida.
Miraba furtivamente hacia el pueblo, como buscando una respuesta.
Hildur tenía la respuesta lista.
—Descansaré mañana, hoy no.
No sabía si su decisión era o no razonable, pero tampoco le importaba. Sencillamente, no tenía alternativa. Freysi estaba muerto. Lo único que Hildur podía hacer ahora era esclarecer lo que acababa de suceder allí.
El peso de las piernas se había desvanecido y se sentía más enérgica.
—Cuéntame todo lo que sepas.
Beta pareció evaluar la situación, pero decidió continuar. Levantó la mirada hacia la barrera antiavalanchas que se erguía ante ellas y le dijo a Hildur que habían retirado un tramo de la valla de seguridad.
—Estuvimos corriendo por aquí juntos hace unos días. La valla todavía estaba en su sitio.
Es decir, que alguien había tenido que hacer un agujero en la valla y empujar a Freysi montaña abajo.
—Freysi usaba siempre crampones cuando salía a correr en invierno. Estoy segura de que no ha caído de forma accidental.
Hildur miró a su jefa. Sabía que Beta estaba sopesando la probabilidad del suicidio.
En Islandia se cometían muy pocos homicidios, pero había muchos casos de suicidio.
Por lo general, estaban relacionados con las drogas o con problemas de salud mental para los que las personas no habían recibido ayuda.
Los afectados salían de su callejón sin salida particular quitándose la vida: se ahorcaban, provocaban un accidente intencionado o tomaban una sobredosis de medicamentos.
La mayoría de los islandeses que cometían suicidio eran hombres de unos treinta años.
Hombres de la edad de Freysi. A lo largo de su carrera, Hildur había tenido que llevar la triste noticia de un suicidio a los allegados en varias ocasiones.
Todas habían sido igual de horribles. Algunos familiares se figuraban por qué había una agente de policía detrás de la puerta.
A otros, la noticia del suicidio de un ser querido los pillaba completamente por sorpresa.
Sin embargo, en la mirada de todos ellos se reflejaba el mismo horror infinito, al que seguían la pena y la decepción o, en ocasiones, el odio y el resentimiento.
—Sé que esto no ha sido un suicidio. Iba a salir a correr con Freysi, pero tuve que cancelarlo por motivos de trabajo.
Los homicidios cometidos en un arrebato de ira solían suceder en lugares privados y, con frecuencia, tanto la víctima como el autor estaban bastante borrachos.
En otras ocasiones, algún yonqui con comportamiento agresivo y un arma blanca perdía los nervios porque alguien trataba de saltarse la cola para entrar en algún bar.
Este caso era muy diferente. La valla de protección cortada y el lugar aislado eran claros signos de planificación.
—Ha tenido que ser alguien que conocía sus rutinas de entrenamiento. Por esta colina oscura no pasan viandantes ocasionales.
Hildur no tenía ni idea de por qué alguien habría querido matar a Freysi.
Un profesor de educación física de mediana edad cuyo único vicio era el tabaco.
A Freysi no lo perseguían ex novias celosas ni tenía deudas por drogas; tampoco le había hablado nunca a nadie de problemas mayores que sus dolores lumbares.
Cierto pensamiento se hizo paso en la mente de Hildur. Sintió un escalofrío.
—En las últimas semanas se han producido tres homicidios excepcionalmente extraños...
Hildur miró a Beta, que estaba pensando exactamente lo mismo.
—... que no parecen tener ninguna relación entre ellos.
Eso implicaría un pánico creciente, una gran atención mediática y el temor totalmente justificado a que pudieran darse más casos.
La prensa todavía no sabía nada de los mechones de pelo en las cavidades bucales de las víctimas de la avalancha y del aparcamiento.
Sólo era cuestión de tiempo que la información se filtrase por alguna parte.
¿Qué diablos estaba pasando en realidad?
El equipo de investigación forense acababa de salir de Reikiavik.
El tiempo era propicio para el vuelo, por lo que su helicóptero aterrizaría en el aeropuerto de Ísafjörður en menos de una hora.
Beta también había pedido que acudiera el perro de búsqueda con su adiestrador.
Había pasado tan poco tiempo desde el homicidio que quizá fuera posible obtener rastros de olor del autor.
—He llamado a una patrulla para que venga a vigilar el lugar hasta que llegue el equipo forense —informó Beta.
—Cancélalo. Yo me quedo.
Beta se encogió de hombros en señal de rendición.
—Muy bien; eso haremos. Yo regreso a la comisaría. El vecino que encontró el cuerpo estaba paseando con su perro: dijo que iba a llevar al perro a casa y después se pasaría por allí.
Hildur asintió. Su jefa empezó a bajar hacia el aparcamiento.
Hildur se quedó observando cómo su espalda se alejaba.
Cuando Beta se hubo marchado, se volvió hacia Freysi, que yacía en el suelo.
Le habría gustado acercarse más. Mirarlo y tocarlo una vez más.
Despedirse de él. Pero, por supuesto, no lo hizo.
Eso habría podido destruir las huellas y dificultar la investigación.
Aquel día tendrían que haber ido los dos juntos a ver una película después de salir a correr, enroscarse en el sofá bajo la manta blanca de lana y beber unas cervezas.
En lugar de eso, estaba mirando su cadáver, y todo a su alrededor parecía una escena sacada de una película con un guión incomprensible.
Varias lágrimas se le deslizaron por las mejillas.
Eran las primeras lágrimas de la noche, que el viento frío se apresuró a borrar.
La lluvia había cesado. La montaña que se erguía a su lado le pareció excepcionalmente grande, como si hubiera extendido los hombros para proteger a un caminante solitario en mitad de la noche.
Hildur nunca había tenido a nadie. No había contado con ninguna persona cercana, como les ocurría a la mayoría de los adultos en alguna fase de su vida.
Todos tenían mujeres, maridos e hijos o, al menos, parejas sentimentales.
Ella no tenía a nadie y lo cierto era que tampoco lo había echado de menos hasta entonces.
En aquel momento, sentía que le habían arrebatado algo que nunca había tenido.