Capítulo 28
El teléfono empezó a vibrar y a sonar insistentemente sobre la mesa de la cocina e hizo tintinear la cuchara contra el recipiente de cristal.
Hildur reconoció el número enseguida. Se trataba de Tumi Jónasson, de la unidad de niños desaparecidos de la policía de Reikiavik.
Hildur estaba terminando la cena que había preparado la tía Tinna.
Se llevó el último trozo de postre a la boca.
Las peras en conserva horneadas y cubiertas con bombones de menta After Eight habían sido un postre muy popular en Islandia allá por la década de los ochenta.
Hildur no conocía a nadie aparte de su tía que siguiera haciéndolo.
—Hildur al habla.
—Lo sé. Te estoy llamando. ¿Todo bien?
Hildur le preguntó si llamaba por algo urgente. Al fin y al cabo, habían hablado esa misma mañana.
—Urgente es. De lo contrario, no llamaría en plena hora de la cena —declaró él jovialmente, alargando las vocales.
Tumi era el policía favorito de Hildur en Reikiavik.
No, era probable que fuera su policía favorito del mundo.
Se habían conocido hacía años, cuando Hildur trabajaba en Reikiavik y los dos se ocupaban de los casos de protección de menores.
Había sido precisamente Tumi quien la persuadió para que participara en la unidad de menores desaparecidos.
Después de recibir financiación para continuar con el proyecto piloto, Hildur había asumido la responsabilidad de los casos relacionados con protección de menores en la Islandia rural.
Tumi se encargaba en solitario de todo Reikiavik.
En una ocasión había calculado, a partir de las estadísticas, que, en determinados períodos, una media de diecinueve menores se escapaban de casa o de la supervisión de las autoridades. Él los conocía a todos por su nombre.
Tumi había hecho un trabajo pionero con los menores en Reikiavik.
Conducía un viejo coche civil y no llevaba el uniforme de policía.
Recorría las calles de la capital, buscaba a adolescentes que se habían escapado de casa o del centro de rehabilitación y trataba de ayudarlos y mantener el contacto con ellos por todos los medios.
Tumi nunca había traicionado la confianza de un menor.
Hildur recordó un caso que habían llevado juntos.
En un narcopiso habían encontrado a un adolescente desaparecido que era sospechoso de haber robado un coche.
Al ver a los policías, el chico había huido al balcón del piso y había amenazado con saltar si se lo llevaban a rehabilitación.
Tumi no había querido engañarlo. Con expresión neutral, le había dicho que primero lo llevarían a comisaría y, desde allí, al centro de rehabilitación.
Hildur recordó que el chico, finalmente, se había rendido y había decidido ir con ellos.
No lo había olvidado. Años atrás lo había visto en el aeropuerto de Keflavík. Era conductor de autobús.
Gracias a su trabajo perseverante e implacable, era probable que Tumi, por sí mismo, hubiera evitado más criminalidad juvenil que todas las unidades de policía de la capital juntas.
Tumi la llamaba por un caso. Estaba vigilando a dos chicas de casi dieciocho años. Unos días atrás, el colegio había informado de que no se las veía por el centro desde hacía semanas.
—Fui a casa de las chicas, pero allí nadie había reparado siquiera en su ausencia.
«La misma historia de siempre», pensó Hildur. Los padres debían de tener problemas con las drogas y no sabían en qué día vivían ni si era de día o de noche. La igualdad de oportunidades a la que aspiraba el sistema de bienestar estaba muy lejos de la realidad.
—El pasillo estaba lleno de bolsas de basura y cacas de perro.
Me llevé el perro a la protectora, pero no pude encontrar a las niñas.
Estuve preguntando un poco entre mis contactos y localicé a las chicas en un narcopiso cerca de la estación de autobús de Mjódd.
Las encontré, aunque ellas no estaban de humor para hablar.
Se limitaron a decir: «Que te follen, boomer. »
Tumi había seguido observando los movimientos de las chicas.
De vez en cuando, conseguía contactar con ellas por teléfono, pero las respuestas siempre eran escuetas.
No podía detenerlas porque tampoco le daban motivos para ello.
Las chicas no se encontraban en peligro inminente ni eran sospechosas de ningún delito.
—Y no es que tengamos sitio para retener a nadie por el simple hecho de estar borracho o faltar a clase.
A Hildur le agradaba conversar con Tumi, pero habría preferido salir a correr y aparcar las cuestiones de trabajo durante un rato.
Tumi le explicó que las chicas habían conseguido hacerse con un coche y habían abandonado la ciudad. Ninguna de las dos tenía carnet de conducir, por lo que suponían un peligro para la circulación.
—Les perdí el rastro a la altura de la gasolinera de Staðarskáli. Desde allí sólo se puede ir hacia el norte o en dirección a Vestfirðir.
Hildur negó con la cabeza. Tumi había seguido a las chicas durante unos doscientos kilómetros y la llamaba desde una gasolinera en mitad de la nada por la que pasaban dos de las principales carreteras de la isla. Una iba de Reikiavik hacia el norte; la otra, de Reikiavik a Vestfirðir.
—¿Podrías consultar en las cámaras de la Administración de Carreteras si puedes ver una furgoneta blanca Subaru? En caso contrario, continuaré desde aquí hacia el norte.
Por supuesto que Hildur iba a ayudar a su colega.
Seguir a las jóvenes por las carreteras de la Islandia rural parecía una tarea descabellada, pero lo cierto era que no tenían otras opciones.
En aquellas regiones escasamente pobladas había muy pocos policías y Tumi conocía el trasfondo del caso.
Quería ayudar a las chicas antes de que pudiera suceder algo peor.
Hildur oía música de fondo y era capaz de distinguir la letra. Se trataba de la pieza más conocida de Hljómar, una banda de rock de los sesenta: «Þú og ég.» Tú y yo. Hildur sabía que Tumi siempre escuchaba clásicos pop islandeses cuando iba conduciendo.
—Voy ahora mismo a comprobarlo. Ahora te llamo. Aprovecha para tomarte un café en la estación de servicio.
—¿En la estación de servicio? Mejor no. Tengo mi propio termo. El café de la gasolinera es un veneno que te deja el estómago revuelto durante varios días.
Antes de meterse el móvil en el bolsillo, Hildur le escribió un mensaje a Freysi.
«Me ha salido una urgencia; no puedo salir a correr. No creo que me lleve mucho tiempo. Nos vemos por la noche. Me paso por tu casa. H.»