Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Diez segundos a buen ritmo, acelerando hacia el final.

Treinta segundos de trote tranquilo. Quince segundos a ritmo rápido, acelerando hacia el final.

Treinta segundos de trote. Treinta segundos a ritmo rápido.

Treinta segundos de trote. Ya sentía el ardor en los pulmones.

Con los ejercicios de intervalos por el camino nevado, le aumentaban las pulsaciones y la transpiración.

Seguía las pisadas de los vecinos que sacaban a pasear al perro por la ruta de senderismo que discurría por encima de la zona de casas adosadas.

Fuera de la ruta, la nieve le habría llegado por encima de las rodillas, pero allí las pisadas la habían apelmazado formando una base sólida.

Aun así, correr por esa zona era muy duro.

Con cada pisada se le hundía el pie varios centímetros.

Se detuvo unos segundos para tomar aliento y sacarse los trozos de nieve de entre los crampones antideslizantes de las suelas.

Miró montaña abajo, hacia el pueblo cubierto de nieve que resplandecía bajo la luz de las farolas.

Algunos vecinos ya habían colgado las luces de Navidad en las ventanas y los canalones.

En las ventanas de la residencia de ancianos se veían unas sencillas estrellas blancas.

Un Papá Noel relleno de bombillas rojas escalaba la pared de una casa.

Estas decoraciones luminosas de colores actuaban como armas contra la oscuridad: los vecinos de Ísafjörður envolvían sus casas con ellas a principios de noviembre, y los muñecos de nieve seguían saludando desde las ventanas hasta que volvía el sol, momento en que daban paso a la decoración de Semana Santa.

Salir a correr era terapéutico. Hacía un tiempo que Freysi estaba algo decaído, pero, por suerte, el ejercicio le ayudaba.

Lástima que no hubieran podido correr juntos por culpa del trabajo.

No podían hacer nada al respecto. Los dos daban mucha importancia al trabajo y se esforzaban por desempeñarlo lo mejor posible.

Era difícil separar vida y trabajo, porque en ambos casos estaba en juego el bienestar de las personas.

A veces, los estudiantes llamaban por la noche pidiendo consejo; a veces, protección de menores necesitaba ayuda para hacer una visita urgente a domicilio.

El trato con personas era duro y gratificante al mismo tiempo.

En algunas ocasiones era posible ayudarlas, en otras no.

Pero con que fuera posible algunas veces ya era suficiente.

Pensó en ellos dos con más detenimiento.

Había decidido contárselo; ya no podía seguir posponiéndolo.

Había tenido la intención de sacar el tema ese mismo día.

La conversación habría sido mucho más fácil mientras los dos iban a la carrera.

Corriendo resultaba sencillo hablar de cosas difíciles porque no era necesario mirarse a los ojos.

En cualquier caso, ahora deberían tener esa conversación cara a cara.

¿Qué podía salir mal? Era capaz de hacerlo.

Durante el siguiente kilómetro mantuvo una velocidad lenta y uniforme. Hizo varios movimientos circulares con los brazos y sacudió los hombros.

Decidió hacer otro ejercicio de intervalos antes de emprender el tranquilo trote de vuelta a casa.

Llegó al camino que subía por la barrera antiavalanchas.

La última vez que habían salido a correr los dos juntos habían pasado por allí.

En aquella ocasión, el camino estaba cubierto de nieve, por lo que habían decidido rodear la barrera y continuar por terreno llano.

Ahora alguien había recorrido ese trayecto y había abierto el camino.

Sentía la exaltación del ejercicio, como pequeñas descargas eléctricas por todo su cuerpo.

El acelerón cuesta arriba sería el colofón a la carrera.

Las luces del pueblo no llegaban a lo alto de la gran barrera antiavalanchas, pero tenía el frontal y los crampones antideslizantes y no le dio mayor importancia.

Empezó a subir la cuesta. Derecha, izquierda.

Derecha, izquierda. Conseguía ahorrar fuerzas dando pasos breves y entrecortados.

Ya sentía arder los muslos. Diez metros más y llegaría a la planicie de la cima, donde podría acelerar el ritmo varios cientos de metros antes de tomar la cuesta abajo de regreso al pueblo.

Miró el terreno con satisfacción. El viento había limpiado la nieve sobrante del camino, que ahora era una pista por la que resultaba agradable correr. Observó que tenía compañía. La noche invernal había atraído a otros aficionados al aire libre.

Allí arriba estaba tan oscuro que no podía ver al paseante con mucha precisión.

El excursionista no llevaba ropa convencional para correr ni parecía estar paseando a ningún perro.

Salía a correr con frecuencia y reconocía a la mayoría de los vecinos por la ropa de deporte o por el perro atado a la correa.

Continuó con sus ejercicios sin darle más vueltas.

Las barreras antiavalanchas más recientes se habían instalado para proteger al pueblo hacía más de diez años.

Construidas con piedrecitas y tierra, tenían varias decenas de metros de altura en su punto más alto.

El borde del lado este bajaba en una pendiente suave hacia el pueblo.

En verano crecían lupinos y heno en la ladera.

Ahora estaba cubierta de nieve. Había nevado tanto que los niños ya podían bajar por ella con sus trineos.

Por el contrario, el borde del lado oeste era bastante escarpado.

La pared vertical se mantenía sujeta por una estructura de red metálica que la cubría por completo.

El propósito de aquella pared de varios cientos de metros de largo por varias decenas de metros de alto era retener la nieve que bajaba rodando montaña abajo para evitar que arrasara con el pueblo a su paso.

En el abrupto borde de la parte oeste había una valla protectora de más de un metro de altura.

O debería haberla. Observó que faltaban al menos unos veinte metros de valla, lo que le pareció muy extraño.

¿Acaso el departamento técnico del pueblo había estado acondicionando la valla y el trabajo había quedado a medias?

Algún incompetente había olvidado colocar una señal al principio de la cuesta advirtiendo de que faltaba una valla.

Se estaba acercando lentamente a aquella figura del abrigo largo.

El individuo no parecía tener ninguna intención de dejarle sitio en el camino, así que tuvo que reducir el ritmo y tener cuidado para no pasar demasiado cerca del borde escarpado de la barrera antiavalanchas.

Le irritaba profundamente la gente maleducada.

Por muy estrecho que fuera el camino, siempre había que ceder el paso a los demás.

Llamaría al ayuntamiento por la mañana en cuanto llegara al trabajo y les cantaría las cuarenta a los del departamento técnico. Tendrían que ir de inmediato a arreglar la valla, o al menos a colocar las advertencias pertinentes.

Entonces, con un gesto tan rápido que ni siquiera lo vio llegar, la figura dio un giro brusco e impactó violentamente contra él.

Si hubiera podido prepararse, habría tensado el cuerpo y ofrecido resistencia ante la masa que se le echaba encima, quizá incluso habría podido esquivarla. Pero no le dio tiempo a reaccionar.

No pudo hacer nada. Por primera vez en su vida, sintió que perdía por completo el control de su cuerpo.

Era como un potrillo recién nacido de patas enclenques que se tambaleaba al intentar ponerse en pie.

Tanteó el aire con las manos y los pies, pero no encontró nada a lo que aferrarse.

La tierra había desaparecido bajo sus pies.

«Llamaré mañana a primera hora. A primera hora al ayuntamiento. A primera hora.»

Fue su último pensamiento antes de estrellarse contra el suelo.

La luz del frontal siguió perforando la oscuridad.