26. Noviembre de 2019, Ísafjörður #2
—Es sopa de cordero de Súgandafjörður —dijo Tinna señalando la olla de tres litros de sopa —. Los hice cantar a todos durante la fiesta para separar las ovejas en septiembre. Hörður, el vecino, me trajo varios kilos de carne de cordero para sopa, como agradecimiento.
La tía Tinna preparaba la sopa de carne tradicional, con trozos grandes de carne sin limpiar; es decir, con los huesos y la grasa.
Hildur sopló la humeante cuchara antes de probarla.
Estaba deliciosa. El caldo se había cocido a fuego lento durante horas.
De ese modo, se extraía todo el sabor de los huesos y la carne quedaba blanda y exquisita.
Comieron en silencio. La tonadilla de las noticias de la televisión llegaba hasta la cocina. Pronto oirían cómo iban las cosas en el mundo. Cuando el reportero pasó de las noticias internacionales a los deportes, Hildur rompió el silencio.
—Cuéntame todo lo que recuerdes de la desaparición de mis hermanas.
Tinna se quedó inmóvil con la cuchara en la mano y miró a Hildur. Parecía confusa. Desconcertada, más bien.
—No creo que haya nada que no te haya contado ya.
—Vuelve a contármelo. Quiero oírlo todo de nuevo.
Hildur había pensado mucho en sus hermanas en los últimos días.
Hablar con Siggi, tan listo como desafortunado, le había despertado los recuerdos.
Dejó la cuchara en el plato y cruzó los dedos por debajo de la barbilla.
Cerró los ojos unos segundos y trató de poner en palabras sus embrollados pensamientos.
Viento del oeste a una velocidad de quince metros por segundo.
Lluvias en el sur que se volverán aguanieve a medida que avancen hacia el norte.
Alerta meteorológica amarilla en el sur y en el este.
Las rachas de viento se intensificarán por la tarde.
Se recomienda evitar la conducción de vehículos articulados.
La voz monótona del hombre del tiempo la relajaba. Apretó los párpados y enroscó los dedos de los pies bajo la mesa. Eso la ayudó a concentrarse.
—Tengo... Tengo la desagradable sensación de que no sé todo lo que debería saber. Entonces yo era muy pequeña, pero algo recuerdo. Recuerdo momentos y palabras sueltas, gente sentada a la mesa de la cocina con la cabeza gacha. Sé que hay algo que no logro recordar.
Ahora fue Tinna la que cerró los ojos. Respiró profundamente un par de veces antes de comenzar.
—Dos conductores vieron a dos niñas que caminaban juntas bajo la tormenta de nieve, pero, por algún motivo, los dos pasaron de largo.
Hildur recordaba todo aquello. Lo había leído en los comunicados de la policía.
—Se buscó a las niñas durante muchos días, pero no se encontró ni rastro de ellas. Ni objetos, ni ropa, nada. Muchos creían que habían muerto por la tormenta de nieve en las montañas —continuó Tinna.
—Esa idea es absurda. —Hildur lo soltó de pronto con tanta rabia que se sobresaltó ella misma —.
¿Por qué diablos habrían echado a caminar montaña arriba con aquel tiempo infernal?
Estoy segura de que entraron en el túnel, aunque aún no estuviera abierto al público.
Todo el mundo sabía que ya lo habían terminado.
La apertura del túnel se había celebrado en el pueblo por todo lo alto el verano anterior. En la plaza del mercado se instaló un puesto de perritos calientes y una banda tocó música tradicional islandesa. Se repartieron globos y palomitas a todos los niños.
Tinna se negó con de hombros con cara de impotencia.
—Ya. Estuvieron buscando por allí con los perros, pero el rastro de las niñas desaparecía justo en la entrada del túnel.
Hildur miró a su tía. Los años le habían pasado factura: se le habían hundido los ojos y su barbilla se había suavizado. La vejez no tenía piedad con nadie.
—En la entrada del túnel. Eso era lo que todos repetían. La entrada del túnel.
Tinna negó con la cabeza con expresión compungida. Se le humedecieron los ojos. Hildur sintió pena por ella, y también por sí misma. No iba a su casa para hablar de cosas tristes, sino a pasar una tarde agradable y comer bien. Pero ese día necesitaba hablar; últimamente estaba preocupada.
—La policía tampoco sabía nada. Al menos, no he encontrado nada de interés entre los viejos informes —dijo Hildur.
Llevaba años dándoles vueltas a los mismos detalles.
Siempre la misma historia, contada de forma idéntica.
Eso la atormentaba, pero no la llevaba a ninguna parte.
Era como si cada noche la despertara la misma pesadilla.
Las niñas habían desaparecido sin dejar rastro.
Los vecinos del pueblo sospechaban que se habían perdido por la tormenta y habían muerto en las montañas.
Sin embargo, el perro no había detectado ningún rastro de olor que llevara hacia las montañas.
Hildur miró de reojo el plato de huesos de la mesa.
Era del tamaño de un plato de postre y sus bordes dorados contrastaba con el montón de huesos medio roídos.
Los miró más detenidamente; eran pequeños y delicados.
Huesos de niño. Los corderos tenían unos seis meses cuando se sacrificaban.
Hildur dejó de mirar y cogió el vaso de zumo de piña.
—Recuerdo al perro rastreador: una perra de ojos caídos llamada Lísa . Salía una foto suya en un artículo en la prensa sobre la búsqueda. Todos la elogiaban por ser una perra apacible y diligente —explicó Tinna.
Hildur se acordó de la perra Molli , que había participado en las labores de búsqueda de la avalancha de Fjallavegur.
—¿Quién era el adiestrador de Lísa ? —le preguntó Hildur.
—Era un tal Magnús, un tipo calvo y lampiño. En los entrenamientos de rescate conoció a una mujer de Reikiavik y se mudó a la capital antes del cambio de siglo.
Un repentino interés azotó a Hildur como una descarga eléctrica.
Estaba prácticamente segura de que el adiestrador del perro de rescate que había visto en la zona de la avalancha la semana anterior se llamaba Magnús.
Y no tenía barba. ¿Acaso Magnús había regresado al fiordo?
Hildur se quedó sumida en sus pensamientos.
Al día siguiente, interrogaría a fondo al adiestrador de perros, quien probablemente no podría contarle nada nuevo sobre un caso tan antiguo.
Pero Hildur iba a comprobarlo, por supuesto.
—¿Quieres postre? He hecho peras al horno —preguntó Tinna, aunque sabía que Hildur siempre tomaba postre cuando se lo ofrecían.
Mientras su tía llevaba las peras calientes a la mesa, sonó un mensaje en el móvil de Hildur.
«Hola, tesoro. ¿Te vienes a correr esta tarde? Cinco kilómetros de nada y quizá unos estiramientos... ;)»
Hildur lo leyó y esbozó una sonrisilla. Ya había entrenado, pero una segunda sesión no le haría ningún daño.
—¿Es ese simpático profesor de gimnasia? —preguntó Tinna.
Sacó las peras del horno y puso un enorme cuenco de nata montada sobre la mesa.
Hildur gruñó y siguió tecleando.
«Vale. Estoy en casa de mi tía. He venido andando. En ropa de deporte. ¿Nos vemos en la esquina de la fábrica de redes dentro de una hora?»
La respuesta no se hizo esperar.
«Allí nos vemos. Beso. F.»
Hildur bajó el teléfono y miró hacia la ventana de la cocina.
Afuera estaba oscuro. Entonces, volvió esa pesadumbre: la misma sensación de angustia de siempre, como si la cubriera poco a poco una pesada manta negra.
Mientras miraba fijamente esa oscuridad atravesada por la luz de las farolas, tuvo un fuerte presentimiento.
Supo que iba a pasar algo malo, pero no era capaz de señalarlo en un mapa ni en el calendario.
Algo no iba bien. Quizá salir a correr fuera lo más adecuado para acabar el día.
Se quedaría sin aliento y luego respiraría mejor.