26. Noviembre de 2019, Ísafjörður
El sonido rítmico y silbante de la fina cuerda de saltar resonaba en la sala del gimnasio. A pesar de la oscuridad, no habían encendido las luces.
Después del calentamiento, Hildur se soltó el moño y la coleta le golpeó la espalda.
Agarró la barra y empezó a hacer series de peso muerto.
Piernas rectas, pies juntos, piernas separadas, agarre supino, agarre prono, agarre mixto.
Al final de cada serie se oía el ruido sordo de la barra cayendo sobre la alfombra de goma.
Con cada levantamiento, se le aceleraba la respiración y aumentaban los latidos. Puso más peso en la barra. Metió las manos en un cubo de metal y se las frotó con magnesio. Los rayos de sol que se colaban por la ventana iluminaban una pequeña nube de polvo que flotaba en el aire.
Hildur volvió a la sombra y agarró de nuevo la barra.
Se concentró. La espalda recta, los músculos tensos y el abdomen duro como una roca.
Primer levantamiento, segundo levantamiento, una mueca.
La barra pesaba demasiado, pero tenía que levantarla.
De lo contrario, sólo sentiría esa angustia que volvía a apoderarse de ella.
La maldita ansiedad había vuelto de forma especialmente intensa.
Hildur añadió dos discos de cinco kilos a la barra. Cuando los ciento veinte kilos de peso golpearon el suelo tras la quinta repetición, retumbaron con fuerza en las paredes del gimnasio vacío. La barra era pesada. Ella debería sentirse ligera, pero no era así.
Un poco más tarde, ya por la noche, Hildur se enroscó la banda reflectante en el brazo derecho, aplastando la manga del ligero anorak amarillo de plumas bajo la tira de plástico. Se puso el gorro y el frontal, colocó los crampones antideslizantes sobre los zapatos, cerró la puerta y echó a andar.
Era lunes, el día en que iba a cenar a casa de su tía Tinna.
Sólo faltaba a su encuentro semanal si estaba enferma o de viaje.
Tras la sesión de entrenamiento de la mañana se encontraba de mejor humor que al despertar, pero seguía con esa sensación de malestar.
Aun así, quería ir a casa de su tía. Quizá el paseo la ayudaría a relajarse y a aclarar las ideas.
Desde su jubilación, la tía Tinna se sentía un poco sola. Sin embargo, aquellas visitas no eran obligadas: a Hildur le encantaba estar con su tía. No sólo era su único familiar cercano que seguía con vida, sino que tenían una relación muy estrecha y se llevaban muy bien.
Hildur se llenó de aire fresco los pulmones y sacudió los hombros al exhalar.
Confiaba en que esa sensación de angustia desapareciera.
Había decidido ir andando, así que llegaría a casa de su tía en menos de media hora.
Giró hacia la izquierda en el cruce de su calle y se dirigió hacia el carril bici-peatón, que serpenteaba paralelo a la orilla del fiordo.
Saltó un par de montones de nieve para llegar al camino peatonal, que por suerte habían despejado de nieve.
No se veía a otros viandantes. Lo cierto era que ir caminando a los sitios era una costumbre muy poco islandesa.
Especialmente en zonas tan poco pobladas, la gente cogía el coche para cualquier trayecto, aunque fueran unos pocos cientos de metros.
En Ísafjörður a veces incluso dejaban los vehículos en marcha mientras bajaban a hacer algún recado.
Hildur nunca había comprendido la relación de sus compatriotas con los coches.
Ir en coche era la norma; los ciclistas eran pobres, jipis o tipos raros.
El aire frío en los pulmones le sentó de maravilla. A ella le encantaba hacer ejercicio: consumir energía hacía que se sintiera más enérgica. Un ejercicio tranquilo y de movimientos repetitivos era la mejor medicina para purgar sus pensamientos.
Aceleró el paso y su mente se centró en la investigación que tenían entre manos.
Ese día había estado hablando por teléfono con Jónas, que investigaba el homicidio del parking de Reikiavik. Jónas había sido tan arrogante y desagradable como Hildur lo recordaba, pero al menos había compartido con ella muchos datos interesantes sobre la investigación.
Heiðar, que había sido atropellado con su propio coche, tenía muchos enemigos.
La verdad era que nadie había dicho nada positivo sobre él.
Lo habían descrito como un hombre arrogante, egocéntrico e incluso mentiroso.
Era curioso que su viuda no hubiera mostrado la más leve consternación al enterarse de la noticia de la muerte de su marido.
Eso había llamado la atención de los detectives, ya que normalmente los culpables de homicidio se encuentran entre los círculos cercanos de la víctima.
Pero la viuda tenía una coartada para la noche del asesinato: había pasado la noche en casa y, en el momento de la muerte de Heiðar, se encontraba en una conversación de WhatsApp de dos horas con una amiga que vivía en Estados Unidos.
Las cámaras de seguridad del parking del centro de Reikiavik no habían estado en funcionamiento aquella noche.
En el coche de Heiðar habían encontrado fibras de lana oscuras que no pertenecían al abogado, pero en todos los jerséis y bufandas de lana negros podían hallarse fibras similares.
Aproximadamente la mitad de los islandeses usaban ese tipo de prendas durante el invierno.
Tampoco se había encontrado ninguna huella dactilar en el vehículo.
El asesino de Heiðar había sido especialmente cuidadoso.
La policía de Reikiavik estaba entrevistando a los antiguos clientes de Heiðar, a sus adversarios y a sus colegas de la judicatura.
Quizá así consiguieran algo. Jónas le había prometido a Hildur que la mantendría al tanto de la investigación.
Ella, por su parte, había prometido contarle los nuevos giros en la investigación del homicidio de Jón.
También le había contado su teoría de que el asesino había aderezado la pizza de Jón con somníferos y le había rebanado el cuello una vez dormido en la cama.
A Jónas le había hecho gracia la teoría del ladrón de pizzas y había elogiado las habilidades de Hildur como cuentacuentos.
Sin embargo, recuperó la seriedad al oír que tenían una declaración de un testimonio con una descripción del posible asesino: un hombre alto, vestido con ropa oscura y una bufanda.
Los dos casos podían ser fruto de un arrebato sin ninguna lógica u homicidios muy bien planificados.
No estaban a más de un par de grados bajo cero, pero el viento del norte hacía aumentar la sensación de frío.
Hildur apresuró el paso. A la altura de la antigua fábrica de redes de pesca, un angosto camino de tierra subía hacia la zona de esquí de fondo en las montañas.
Ya había caído tanta nieve que pronto podrían trazar las pistas.
Freysi iba a dar un curso de técnica de esquí de varios días durante las vacaciones de Navidad, e Hildur se había apuntado rápidamente.
Lo cierto era que el atajo que atravesaba el patio de la fábrica no acortaba el trayecto en absoluto.
Además, la capa de nieve del patio le llegaba hasta la rodilla.
Pero en ese momento le apetecía vadear la nieve.
¿Para qué hacer las cosas de forma sencilla, pudiendo hacerlas con sudor y lágrimas?
Era una pregunta para la que Hildur no tenía respuesta.
El patio nevado estaba delimitado por una profunda zanja, por lo que al final no le quedó más remedio que subir al carril bici-peatón despejado y caminar los últimos cientos de metros como una persona, digamos, normal. Ya se veían las luces de la casa de su tía.
Le agobiaba no haber averiguado nada sobre el asesinato de Jón desde la charla con Siggi.
Había estado en contacto con el centro de rehabilitación juvenil del que se había escapado Pétur, el chico que habían encontrado en casa de Jón.
Un trabajador del centro le había dicho que, desde su regreso, Pétur había respetado las normas y no había abandonado las instalaciones sin permiso ni una sola vez.
Hildur había hablado con varios trabajadores de protección de menores.
El nombre de Jón era tristemente conocido en esos círculos.
Todos sabían quién era, que vivía en Vestfirðir y que engatusaba a jóvenes en situación de vulnerabilidad para que fueran a su casa.
Hildur también había contactado con la directora de los servicios de protección de menores de Akureyri, quien le había contado el caso de dos mellizos que habían ido a comprar hachís a casa de Jón y se habían quedado allí más de una semana.
La directora estaba segura de que algo había sucedido en la vivienda, pero los chicos lo habían negado todo.
En esos momentos, ambos vivían en Suecia con su madre.
Hildur también había llamado al Barnahús de Reikiavik. Los psicólogos de la casa de los niños ayudaban a la policía a investigar delitos cuyas víctimas, testigos o culpables fueran menores de dieciocho años. El nombre de Jón no había aparecido en ninguna investigación durante los últimos dos años.
Jón parecía ser como la materia gris: todos conocían su existencia, pero apenas tenían información relevante. Jón había vivido como una rata en su propia red de alcantarillado subterránea.
Hildur inhaló y exhaló profundamente un par de veces antes de abrir la puerta. Desconectaría del trabajo. Iba a pasar la tarde con su tía.
Como de costumbre, en casa de la tía Tinna se respiraba un ambiente tranquilo y acogedor.
El tictac del reloj de pared resonaba por todas las estancias.
El reflejo de la luz de la televisión de la sala de estar llegaba hasta la cocina.
Hildur se sentó en su sitio de siempre, delante de un humeante plato de sopa de carne grasienta.
Tinna se sentó al otro lado de la mesa de la cocina y le pidió a su sobrina que sirviera zumo de piña en los vasos.