Capítulo 25
Inhalo el aire invernal. Me gusta el olor a gasolina; huele a acción. La manguera negra vibra con el flujo del combustible. Le doy la espalda al viento del norte y echo la cabeza hacia atrás para que el aire no se me cuele por el cuello del abrigo. El viento no murmura, grita.
Dentro de poco, todos mis planes habrán llegado a puerto. Pronto todo estará listo y esto habrá terminado.
Arranco el coche. Con las luces apagadas, me alejo de la remota estación de autoservicio conduciendo con cautela. Creo que nadie me ha visto. Aunque, si alguien lo hubiera hecho, tampoco tendría demasiada importancia.
Me rodea la oscuridad. Desde la oscuridad, conduzco hacia la luz.
La palabra es luz. Recibo mi fuerza de la luz...
y de la palabra. Pablo escribió a su colega, el apóstol Timoteo, y le dijo que quien no mira por los suyos, especialmente por los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que los infieles.
Yo me he ocupado de los míos. ¡Todo lo que he hecho ha sido ocuparme de los míos! Hasta ahora, todo ha sido justo.
He eliminado el mal y le he hecho hueco al bien. He sacado la basura cuando todos los demás no habían sido capaces de hacerlo.
La siguiente tarea es bastante desagradable, pero es necesaria. La hago por los míos. Debo pensar en el conjunto.
Lo siento, Hildur. Preferiría no hacerte esto; ya has tenido que soportar demasiado. Perdóname. No me queda otro remedio. Tengo que hacerlo.