24. Noviembre de 2019, Ísafjörður
Jakob asió el picaporte metálico y presionó hacia abajo, pero la puerta de madera de la tienda de lanas estaba cerrada.
Comprobó los horarios de apertura en el papel pegado en la puerta y miró el reloj deportivo negro que llevaba en la muñeca.
Después de la reunión, había salido corriendo para ir a la tienda, que debería cerrar en un cuarto de hora.
Vio que las luces estaban encendidas. En ese momento, una mujer apareció en la trastienda cargando una enorme caja de cartón. Le sonaba su cara.
Guðrún reparó en Jakob, que estaba forcejeando con la puerta.
—¡Empuja con fuerza! —gritó, para que su voz llegara al exterior.
Jakob volvió a presionar el picaporte hacia abajo mientras empujaba fuertemente con el hombro derecho. La puerta se abrió con un ruido sordo.
—En invierno siempre se hincha y se queda atascada. Debería cambiarla —dijo Guðrún, y puso la enorme caja de cartón sobre una silla junto a la pared.
En el lateral de la caja, con grandes letras negras, ponía «Ístex», que Jakob reconoció como la mayor y más antigua fábrica de lanas de Islandia.
La fábrica, propiedad de granjeros ovinos, compraba la mayor parte de la lana procedente de ovejas islandesas y hacía ovillos de distinta calidad con la lana esquilada en otoño y en primavera.
Los hilos de lana islandesa habían adquirido una enorme popularidad entre los círculos de tejedores de todo el mundo, y los colores más populares eran difíciles de conseguir fuera de Islandia. Quizá allí encontraría lo que buscaba.
Jakob echó un vistazo al establecimiento.
Metros de estantería con decenas de lanas Léttlopi de distintos colores y tonos.
La lana Álafosslopi, un poco más gruesa, sólo llenaba la pared trasera.
La lana fina Einband y la lana sin hilar Plötulopi estaban disponibles en varios colores.
En los percheros de ropa, además de jerséis y gorros de lana con patrones de frailecillos, había abrigos de lana para perros.
Un reloj redondo emitía su tictac desde la pared.
Jakob quedó sorprendido ante lo bien surtida que estaba la tienda siendo un pueblo tan pequeño. Estaba tan sumido en sus pensamientos que no había oído la pregunta.
—Te preguntaba si puedo ayudarte en algo, amigo —repitió Guðrún alegremente mientras se metía detrás de la oreja un mechón que se le había soltado del moño.
Jakob carraspeó tratando de elegir bien sus palabras.
—Bueno, nos conocimos en el avión hace unos días. Tú estabas trabajando —empezó.
La dependienta se irguió y se llevó las manos a la cadera.
—¡Por supuesto que te recuerdo! Eres el tejedor misterioso de Finlandia. ¿Ya te has recuperado del viaje?
Jakob soltó un bufido. Aún le daban escalofríos cuando recordaba los zarandeos de aquel vuelo terrorífico.
—Necesito un poco más de lana. No he conseguido encontrar esta rujbrún en ninguna parte. Necesitaría un ovillo.
Guðrún apretó los labios.
— Ruj ... ¿qué?
Jakob se sacó el móvil del bolsillo, activó la pantalla con el reconocimiento facial y buscó entre sus anotaciones el código de color correcto. 9427. Era la lana que necesitaba para terminar el jersey que tenía a medias.
A Guðrún se le iluminó la cara.
—¡Ah, Ryðbrúnn ! Haber empezado por ahí. Es un marrón óxido.
Jakob comprendió que Guðrún se burlaba de su mala pronunciación. Levantó las manos en señal de rendición.
—Has venido en el momento oportuno. Acaba de llegarme un nuevo envío de la fábrica. Ven a verlo —dijo Guðrún con una sonrisa socarrona. Le hizo señas con el dedo para que la acompañara.
Aquel flirteo tan directo pilló a Jakob por sorpresa. Guðrún cogió el cúter y cortó la cinta adhesiva que cerraba la caja de cartón. Volvió a meterse el cúter en el bolsillo de la bata de trabajo y fue levantando las solapas dobladas. Luego sacó varios paquetes de ovillos y se los tendió a Jakob.
—Éstos son tonos profundos y sencillos... —explicó Guðrún, que volvió a meter la mano en la caja de cartón.
Una exagerada expresión de asombro se reflejaba en su rostro mientras sacaba ovillos de lana de colores naranja y amarillo brillante.
—Y, como colofón, tenemos algunos tonos brillantes. Algo sorprendente en plena oscuridad invernal —murmuró con admiración, y miró a Jakob a los ojos —. ¿Te gusta lo que ves?
Con esa melena rubia enrollada en un moño alto, los hombros anchos y la amplia sonrisa, Guðrún parecía una guerrera de una película de acción, o una modelo de un cartel turístico de Islandia.
O ambas cosas al mismo tiempo. Sin embargo, lo que más fascinaba a Jakob eran sus insinuaciones directas y candorosas.
Guðrún no era agresiva, pero tampoco daba margen a las suposiciones.
La cosa era bastante sencilla: o lo tomas, o lo dejas.
A Jakob le resultaba a la vez extraño y agradable. Esa mujer realmente conseguía desconcentrarlo.
—Estoy segura de que aquí encontrarás lo que has venido a buscar.
Guðrún se agachó junto a una estantería, sacó con el pulgar y el índice un ovillo de lana de color marrón óxido y se lo lanzó.
Jakob lo atrapó al vuelo y lo miró con aprobación. Era justo el tono que estaba buscando.
—Sin lugar a dudas. Vamos a ver si entre esos nuevos paquetes encuentro algo que me guste. Podría comprar las lanas para el próximo jersey. Aquí tengo tiempo para tejer.
—¡Por supuesto! También he recibido las últimas novedades en libros de patrones.
Recibí una copia anticipada de una diseñadora la semana pasada y ya he podido echarles un ojo.
Hay un patrón que podría ser muy apropiado para ti, con fondo azul oscuro y tonos claros en el diseño —dijo Guðrún, y empezó a quitar el plástico de los libros que habían llegado con el envío de lanas.
Guðrún echó un vistazo al primer libro del montón.
Cuando encontró las instrucciones que buscaba, lo abrió del todo y se deslizó al lado de Jakob.
Se acercó tanto que le rozó la barba con el moño y un par de pelillos quedaron enganchados.
Guðrún le dirigió una mirada de disculpa, le quitó los pelos enganchados de la barba y se los colocó detrás de la oreja.
Jakob estaba seguro de que lo había hecho a propósito.
Entonces, reparó en su perfume. Tenía un toque de canela.
Jakob llevaba mucho tiempo sin salir con nadie y no estaba del todo seguro de cómo debía comportarse. Quizá debería simplemente dejarse llevar.
Guðrún le acercó aún más el patrón para que pudiera verlo mejor y aprovechó para apretar ligeramente su cuerpo contra el de Jakob.
No le quedaba otra opción que participar en el juego.
Él, al menos, no tenía nada que perder. Hacía tanto tiempo de la última vez que apenas podía recordarla.
Tomó aliento, se inclinó sobre el patrón y, como de pasada, rozó el brazo de Guðrún antes de poner el dedo sobre las instrucciones del jersey.
—Tienes razón, éste me gustaría probarlo.
Guðrún lo miró de reojo y sonrió misteriosa.
—Lo que pasa es que las instrucciones están en islandés, pero yo podría ayudarte a traducirlas.
—Me parece una idea estupenda. Me llevo todo lo necesario para este diseño.
—¿Incluido el servicio de traducción? —preguntó Guðrún, y empezó a meter ovillos de lana en una bolsa de papel.
—Sobre todo el servicio de traducción.
Jakob pagó las compras y siguió los movimientos de Guðrún tras la caja registradora.
Ella tecleaba rápidamente sobre el terminal de pago con sus uñas de color verde claro.
Tras completar el pago, el terminal escupió un estrecho recibo que Guðrún metió en la bolsa junto con las lanas.
Se mordió el labio inferior, le tendió la bolsa a Jakob, que se encontraba al otro lado del mostrador, y le propuso marcharse inmediatamente. Jakob aceptó.
Guðrún colgó la bata en el respaldo de la silla de detrás del mostrador, cerró la caja registradora y apagó las luces de la tienda. Cerró la puerta y se cogió del brazo de Jakob.
La nieve crujía bajo sus pies y la bolsa de papel crujía contra sus pantalones. Estaba exultante. Se sentía alegre y seguro de sí mismo, casi embravecido. Aún podía ser feliz, al menos por un momento.