Huellas en los fiordos (Hildur 1) 23. Noviembre de 2019, Reikiavik
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23. Noviembre de 2019, Reikiavik

Lian tenía en la mano un cuchillo de hoja corta pero extremadamente afilado.

Lo clavó en la parte más tensa y abultada.

El cuchillo se deslizó con suavidad por la superficie.

Hizo un corte limpio y liso. Pasó el cuchillo por agua y lo dejó secando sobre un paño de cocina.

Sacó un plato blanco del armario y vertió el contenido del paquete.

Con un tenedor, aplastó la mezcla de pescado con patatas hasta lograr una textura uniforme.

Metió el plato en el microondas para calentarlo.

Dos minutos a máxima potencia deberían ser suficientes.

Lian miró el reloj. Estaba cansada. Ese día no había podido echarse su larga siesta antes del turno de noche.

A su marido, informático, le había salido una urgencia, algo relacionado con seguridad de datos, y saldría más tarde del trabajo.

Lian había llevado a sus hijas a gimnasia.

Las niñas entrenaban en horarios consecutivos en la otra punta de la ciudad.

Como no había autobús directo desde el colegio, eran los padres quienes las llevaban.

«En su caso, básicamente la madre», pensó Lian masajeándose el cuello.

Demasiada tensión acumulada, demasiadas responsabilidades.

Sonrió al pensar en sus hijas. Tenían un don para la gimnasia, en especial la pequeña, y siempre iban contentas a los entrenamientos.

No sólo hacían gimnasia, también estaban apuntadas a una extraescolar de fútbol.

Pero, por suerte, no había que ir hasta allí.

Un autobús del equipo las llevaba del colegio al campo de fútbol.

Lian había pasado la tarde en las gradas del gimnasio.

Se había tomado una Pepsi Max para tratar de mantenerse despierta durante esas dos largas horas.

Al llegar a casa, había preparado la cena y, tras una cabezadita de quince minutos en el sofá, se había dado cuenta de que ya era la hora de irse a trabajar.

Había cogido del congelador un paquete de plokkfiskur , un estofado de pescado precocinado, de la marca Grímur.

Comería un poco antes de empezar el turno y otro poco antes de la media noche, cuando era probable (o, al menos, eso esperaba) que los pacientes ya estuvieran durmiendo.

Las noches en el hospital psiquiátrico eran siempre diferentes.

A veces eran tranquilas, pero otras todo lo contrario.

Como enfermera especializada en salud mental, Lian veía un espectro de la vida humana desconocido para la mayoría de la gente.

Tampoco era necesario que lo vieran. Lian estaba contenta con su trabajo.

Le gustaba ayudar a los demás y proporcionar el tratamiento adecuado a cada paciente.

Hacía unos diez años que trabajaba en el hospital psiquiátrico de Kleppur; casi los mismos de su llegada a Islandia, el país de su marido, adonde había viajado desde su Filipinas natal.

Aparte de dos breves bajas por maternidad, había trabajado prácticamente siempre en ese mismo hospital.

Se encontraba a gusto trabajando allí. Había un ambiente amistoso, los supervisores eran agradables y, aunque se trataba de un puesto exigente, también era interesante.

A diferencia del personal de los hospitales y las residencias de ancianos, ellos no sufrían una carga excesiva de trabajo.

El hospital psiquiátrico contaba con recursos, al menos por el momento.

La alarma del microondas sonó escandalosamente.

El estofado de pescado estaba listo. Lian llevó el plato a la mesa de la sala de descanso del personal.

Lo sazonó con pimienta negra y añadió un par de cucharaditas de mantequilla batida.

Lo probó: estaba delicioso. Nada podía superar la comida hecha por otra persona.

Comía con una mano y con la otra organizaba la pila de periódicos esparcidos sobre la mesa.

Al final, abrió el del día anterior. La tasa de desempleo había pasado de 0,3 a 3,8 por ciento.

Lian sonrió. Eso era prácticamente nada.

En Islandia era fácil encontrar trabajo.

Incluso una extranjera como ella, sin ningún conocimiento del idioma, había conseguido un empleo enseguida.

Ahora ya hablaba islandés de forma fluida y también le habían subido el sueldo, al haber asumido tareas de más responsabilidad.

Al principio, se había dedicado a limpiar hospitales y residencias de ancianos en Reikiavik.

Cuando aprendió suficiente islandés, estudió para ser enfermera psiquiátrica.

Los titulares de la portada hablaban de las sospechas de corrupción de una gran compañía pesquera islandesa en Namibia.

Lian soltó un bufido. No se molestó ni en empezar a leer el artículo, ya sabía cómo solían evolucionar esas cosas.

Peces gordos de grandes empresas a los que pillaban cometiendo fraudes; el director ejecutivo era apartado temporalmente de su cargo; se iniciaba una campaña de difamación contra quienes habían destapado las irregularidades; el público se cansaba de seguir el caso; el director ejecutivo retomaba su tarea habitual, y el caso se quedaba acumulando polvo en las mesas del fiscal y de los abogados.

Lian consideraba que en todas partes había corrupción.

La había habido en Filipinas y la había también en Islandia.

Al pasar página y toparse con la sección de noticias nacionales, se atragantó con un trozo de pescado.

Empezó a toser de forma violenta. Con la cuarta tos intensa, consiguió que el trozo de pescado le volviera a la boca.

Una noticia breve la había sobresaltado y había hecho que se olvidara de masticar.

Lian volvió a intentarlo. Esa vez masticó con más cuidado y enjuagó la comida con un trago de agua.

Finalmente, volvió a leer la noticia. Lian hablaba islandés con fluidez, pero comprender el lenguaje periodístico oficial le resultaba difícil y le llevaba su tiempo.

Tuvo que leer varias veces algunas palabras para comprender la noticia.

El abogado Heiðar Arason, de cuarenta y cinco años, murió en Reikiavik la semana pasada. La policía sospecha que se trata de un homicidio, pero, debido a que la investigación está en curso, todavía no se han hecho públicos los detalles sobre la causa de la muerte.

Heiðar, Heiðar, Heiðar. De pronto, tenía mucho frío. Llevaba todo el día con escalofríos de cansancio, pero esto era distinto. Era un frío pesado y glacial, como si le hubiera caído encima un bloque de hielo y hubiera empezado a derretirse.

Lian tuvo que comprobarlo. Sacó el periódico que había puesto debajo de la pila y lo abrió encima de la mesa.

Lo había visto en la sección de noticias nacionales, igual que la del asesinato de Heiðar.

Era una noticia breve y no recordaba de qué hablaba exactamente, pero sabía que había visto un nombre conocido.

Una avalancha había destrozado varias cabañas de verano en el pueblo de Ísafjörður. Lian siguió leyendo... Ahí estaba. La memoria no le había fallado.

La avalancha se ha cobrado una víctima, Jón Jansson, de 68 años, que se encontraba en su casa, contraviniendo las normas, y quedó atrapado en la nieve.

Fue encontrado muerto y los intentos de reanimación resultaron en vano.

La policía, que no ha hecho declaraciones, agradece a todos los voluntarios su participación en las tareas de búsqueda y desescombro.

¿Encontrado muerto? ¿Por qué la noticia decía que había sido encontrado muerto y no que había muerto en la avalancha? ¿Estaría omitiendo algún detalle, la policía?

«Jón. Y luego Heiðar. Esto no puede ser casualidad», pensó. Tenía que llamar a la policía en cuanto acabase su turno. No. Tenía que llamar a la policía de inmediato.

En ese momento, se asomó por la puerta su compañera Klaudia, que hacía el turno con ella ese día. Klaudia parecía tener mucha prisa.

—En la habitación 5 hay algún problema. Preferiría no tener que ir sola.

Lian apiló rápidamente los periódicos y siguió a su compañera. El paciente de la 5, que había llegado la semana anterior, se comportaba de forma agresiva por las tardes. Se había acordado que siempre entrarían dos enfermeros en su habitación.

Aunque el paciente de la 5 había pasado a tener prioridad sobre cualquier otro tema, Lian no podía olvidar las dos noticias que había leído en la prensa. Heiðar y Jón. Llamaría a la policía por la mañana, en cuanto terminase su turno.