Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Hildur llevó las botellas al centro de reciclaje antes de regresar a la comisaría. Beta había programado una reunión para las cuatro y media.

Hildur se quitó el abrigo y se sentó a la mesa de reuniones. Jakob llegó a la sala con tres tazas de café y dos paquetes de galletas de chocolate bajo el brazo. Lo dejó todo sobre la mesa.

—Eran éstas las buenas, ¿no?

Beta, visiblemente complacida, eligió el paquete de las de triple capa de chocolate.

—¿Me has leído el pensamiento? Casi se habían acabado las galletas de la oficina.

Jakob tomó asiento y sacó la labor de su bolso. Después de estar todo el día hurgando entre las ruinas de la casa de Jón, había pasado por la tienda de lanas en el camino de vuelta.

—Como becario, debo intentar seros de alguna utilidad, puesto que de la casa de Jón no tengo nada que reportar.

Jakob había revisado todas las pilas de objetos rescatados de entre la nieve, pero no había encontrado ninguna pista.

El objeto más interesante había sido una taza roja descascarillada de los Mumin.

Mamá Mumin con un delantal recogiendo bayas, para ser exactos.

Le sorprendió; no sabía que los islandeses también coleccionaran tazas de los Mumin, como los finlandeses.

Era posible que fuera de Jón, pero quizá se había colado en aquel montón y era de otra cabaña.

Beta, sin embargo, tenía mucho que contar sobre los resultados de la autopsia.

Mientras la escuchaba, Hildur pescaba las migas de galletas de la mesa con el dedo índice.

Los acontecimientos de los últimos días le parecían irreales.

Era algo bastante insólito que se hubieran producido dos asesinatos relacionados entre sí presumiblemente cometidos por la misma persona.

No recordaba que en Islandia hubiera sucedido nunca nada similar.

No después de que Axlar-Björn ahogara y matara a hachazos a casi una veintena de islandeses en el siglo  XVI .

Al mismo tiempo, Hildur se sentía aliviada. Era bastante improbable que Siggi tuviera nada que ver con la muerte de Jón. Hildur habló de las fotografías que Jakob y ella habían hallado y de su reciente encuentro con el joven pizzero.

—Pero, si la muerte del jurista adinerado de Reikiavik y la muerte de Jón están relacionadas, la teoría de la víctima de Jón ya no me parece demasiado probable.

A menos que este abogado asesinado en el parking haya defendido en alguna ocasión a Jón ante los tribunales y algún tipo furioso haya decidido cargarse a los dos.

—Heiðar no llevaba este tipo de casos. Se movía más en los círculos de la jurídica de empresas —dijo Beta, y explicó que había hablado con el inspector que investigaba el asesinato del abogado.

Los mechones de pelo encontrados en la boca de las víctimas indicaban que se trataba del mismo autor.

A pesar de eso, habían decidido investigar los casos de forma individual, al menos al principio.

El asesinato de Jón se investigaría en Ísafjörður, mientras que del asesinato de Heiðar se encargaría la policía de Reikiavik.

—Sin embargo, hemos acordado que trabajaremos en estrecha colaboración y nos mantendremos al día de ambas investigaciones. Si existe una conexión entre las víctimas, la encontraremos.

—¿Quién se encarga de la investigación del caso en Reikiavik? —preguntó Hildur.

—Jónas Ingimarsson.

—¿Ese capullo? Estás de broma, ¿no?

Por desgracia, Jónas era un viejo conocido de Hildur.

Tras graduarse en la academia de policía, Hildur había trabajado durante algún tiempo en el mismo departamento que Jónas.

Ya en su primer día de trabajo se había dado cuenta de que no podía soportar las tonterías de ese chovinista vigoréxico.

Jónas se comportaba de forma condescendiente con las mujeres y daba constantemente su opinión.

El odio de Hildur hacia su colega había aumentado tras oír las historias de otros trabajadores del cuerpo.

En la policía todos sabían que se habían recibido varias alertas por violencia doméstica en la casa de Jónas.

La violencia había sido imposible de demostrar porque la mujer de Jónas nunca le había mencionado a nadie una sola palabra sobre malos tratos, sino que siempre repetía la misma historia: las contusiones en la cara se debían a una caída por la montaña o a que había tropezado en la escalera.

El ruido que habían oído los vecinos siempre procedía de la televisión.

—Jónas es uno de los detectives con más experiencia de Reikiavik, pero en su tiempo libre se dedica a golpear a su mujer —dijo Hildur, que respondió a Jakob antes de que éste tuviera tiempo de preguntar nada.

Beta la miró con reticencia, como diciéndole que no era un tema que debieran tratar en ese momento. Hildur levantó ligeramente la barbilla en señal de protesta, sin embargo accedió a retomar el asunto que tenían entre manos.

—Tengo los datos del teléfono y de la cuenta bancaria de Jón.

Las llamadas y los mensajes de texto no revelan nada que no supiéramos ya.

Es cierto que pedía una pizza todos los lunes.

Sin embargo, los datos bancarios han sido tan contundentes como una tormenta del norte. Ese tipo nadaba en la abundancia.

Beta se hizo un moño rápido, pero se le abrió al poner las dos manos sobre la mesa. Le resultaba sorprendente la manifiesta riqueza de aquel hombre con pinta de vagabundo.

—¿De qué cantidades estamos hablando?

—En el momento de su muerte, el tipo tenía en el banco veinte millones de coronas. Las tenía desde hacía varios años. Dos veces al mes retiraba grandes cantidades de efectivo.

La lana se deslizaba ágilmente entre los fibrosos dedos de Jakob, que trasladaba los puntos de la manga a las agujas auxiliares. Hasta ese instante, se había limitado a escuchar la conversación.

—El efectivo no deja rastro. Usaba el dinero para comprar marihuana y para las fotos.

—Tenemos que analizar con más detalle el origen de los fondos. Quizá eso nos dé alguna respuesta —dijo Hildur, y compartió la escasa información que había obtenido en su ronda por el vecindario. Las señas distintivas que le había dado Siggi sobre el visitante misterioso tampoco eran de mucha ayuda.

—En invierno todos los islandeses se corresponden con esa descripción —dijo Jakob.

Hildur opinaba lo mismo. No tenían suficientes rasgos distintivos para identificar a aquel desconocido. Pero sí una hipótesis: el tipo había mezclado los somníferos en la pizza y, una vez que Jón murió, había rematado la tarea con un cuchillo.

—Quien haya matado a Jón sabía que pedía pizza todos los lunes. Era alguien que conocía sus costumbres.